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Archive for the ‘Man’ Category

Mi barrio es el mundo

Monday, November 24th, 2008

¿En qué mundo vivo? Me lo pregunto porque quiero saberlo. Leo libros y periódicos, veo la televisión, navego por internet, escucho la radio. Recibo una impresión general de la situación, sé lo que está pasando allí fuera. Pero no es suficiente. Necesito conseguir mis propios datos, comprobar la realidad de un modo directo. Quiero saber en qué mundo vivo y abro la ventana todas las mañanas para asomarme, mirar y sentir. La meta final es ver, saber.
Vivo en Barcelona, a pocos metros del Camp Nou. Ayer hubo partido y está todo lleno de basura. Me gusta mucho el fútbol. Es un espectáculo fabuloso. La habilidad combinada de los jugadores produce destellos de auténtica magia. Me gusta tanto ver un buen partido como aborrezco a las masas enardecidas que disfrutan con las buenas jugadas de su equipo pero sufren con las genialidades del contrario. Se diría que, presas de una pulsión primitiva, tribal, nacionalista, son incapaces de gozar del buen fútbol. Solo les satisface el fracaso del contrario. En las gradas del Camp Nou no puedo demostrar que me dan placer los aciertos de Figo, Raúl o Zidane. Tengo que disimular, para evitar ser linchado por la turba enfebrecida. Prefiero que gane el equipo de mi barrio, pero no tanto como para dejar de apreciar el arte del oponente: debo ser un bicho raro.
Hace poco instalaron en la zona los contenedores para residuos orgánicos, identificados con el color naranja. Pusieron anuncios en todos los portales avisando dónde y cuándo funcionarían los centros de información referentes al nuevo servicio. Fuí, me dieron un cubo especial, unas cuantas bolsas y los datos pertinentes. A partir de entonces en casa separamos la basura orgánica y la tiramos donde corresponde. ¡En ese contenedor no he visto ni una sola de las bolsas naranjas y sí montones de latas, botellas, cartones, etc! Al parecer, mis vecinos no están por la labor. ¿Cómo se llamaba aquella película en la que un ama de casa sonriente asesinaba a los vecinos que no reciclaban? No llegaría tan lejos, pero me gustaría decirles un par de cosas. Vivo en un mundo en el que la gente critica por norma a los políticos, dando por supuesto que todos están ahí para enriquecerse y medrar. Pero son incapaces de untar el pan con tomate y reciclar los restos para preservar a nuestro planetita azul del desastre que se nos viene encima. ¡Ay!
Abro la ventana, salgo a la calle, hablo con la gente. Intercambio información insustancial con la panadera y el kiosquero. El texto puede ser anodino, pero el subtexto es material de primera. Las sonrisas de ida y vuelta están hechas de la mejor de las sustancias. En mi escalera hay rumanos, colombianos y argentinos. Se habla catalán y castellano. Vivo en un mundo impuro y me gusta.
Tengo tantas razones para despotricar contra la humanidad como para reconciliarme con ella. Detecto la misma cantidad de señales preocupantes y alentadoras. Pensando en frío, la suma de las estupideces colectivas parece conducir a la debacle. Sin embargo, el intercambio directo con la vida circundante produce un sentimiento cálido que propicia una visión optimista.
No será fácil, pero creo que saldremos de ésta. Es probable que nos aguarde un futuro mejor. Incluso si el Barça no gana la Liga.

El viaje

Monday, November 24th, 2008

Vuelo de Buenos Aires a Madrid. De día: no conseguí pasaje nocturno. Doce horas de viaje. No me puedo concentrar en la lectura, no tengo con quién charlar. Hace más de diez años que no tomo ninguna sustancia de las que alteran la conciencia. No tengo sueño. No hay escapatoria.
Mi miedo a volar no es patológico, pero casi. Vuelo, pero no puedo evitar pensar en lo indefenso que estoy. Me creo capaz de reaccionar bien en un accidente de coche o de tren. Podría saltar una décima de segundo antes de que la chapa se clavase en mi carne. O en caso contrario hacerme un torniquete con un pedazo de camisa y respirar hondo mientras llegan los bomberos con sus grandes tenazas. Creo honestamente que hubiera sobrevivido al tsunami indonesio. Sé nadar, tengo sangre fría. A veces me pongo histérico por gilipolleces, pero en los accidentes sale lo mejor de mí.
En un avión estoy jugado. Soy una marioneta en las manos del destino. Me enfrento a mi condición de mortal, constato mi fragilidad.
Quizá sea posible hacer de este atolladero una experiencia positiva. ¿Qué necesito para lograrlo? En primer lugar, aceptar que estoy en las volátiles manos del azar. Ya está.
Contemplar la posibilad de palmarla me hace sentirme muy vivo. Después de todo, ya sabía que la muerte tiene un lado bueno: le da sentido a la vida. Lo que quieren los inmortales es morir. Eso queda muy claro en el cuento de Borges.
Soy.
Oye, es una sensación agradable. Soy una persona y no tengo miedo. Me gusta ser. No me hace falta pensar en otra cosa. Puedo dejarme invadir por el hecho básico de ser un hombre y disfrutar de la idea como si fuera la primera vez.
No sé si tengo la mente en blanco o de algún otro color, pero me está invadiendo una especie de placidez. El pensamiento parece ralentizarse, pero en realidad es que me estoy relajando. Me parece que puedo elegir en qué pensar, sin ansiedad.
Elijo pensar sobre el pensamiento. Visualizo el yo como un mecanismo luminoso, complejo y ultraveloz que va de aquí para allá, a sus anchas. Es el fenómeno más alucinante del universo y tengo uno dentro de la cabeza. ¡Soy rico!
Mi mente va mucho más rápida que el avión. La mía y la de todos. Detecto dos cosas muy alentadoras: 1) no tengo por qué sacar grandes conclusiones ni redescubrir la pólvora; 2) estoy colocado y no he tomado nada. Voy por buen camino.
Retomo la contemplación de mi propio yo. Soy el protagonista y el observador del aparato más fascinante de la naturaleza. No hay ninguna otra cosa en el mundo que sea más fantástica y misteriosa. Me monto en esa nave electroquímica y de pronto el interior de mi cráneo es un espacio gigante, poblado de estructuras que parecen ciudades de otra galaxia.
Hago un vuelo de reconocimiento: esta es La Memoria, allá está La Imaginación. Aquella especie de fortificación un poco tenebrosa debe ser El Miedo. Puedo acercarme y sobrevolar sus dominios sin temor.
Hacía tiempo que no me sentía tan bien.
Debo haberme quedado dormido, porque están sirviendo la cena. ¿Fue un sueño? No: parece que estoy avanzando un poco en la tarea de llevarme bien conmigo mismo.
Y si ahora están leyendo esto es porque el avión no cayó.

Una batalla interior

Monday, November 24th, 2008

El camino que lleva a ser una persona decente está sembrado de dudas y otras trampas tan oscuras como las noches sin luna.

Me resulta imposible olvidar su nombre: Paisarn Totsanambat. Era un tailandés flaco y altísimo, la estrella del grupo. Éramos un equipo de vendedores -modalidad puerta fría- que viajábamos por Estados Unidos intentando engatusar a la gente para que se suscribiera a las peores revistas del mercado. Las buenas se vendían por su propio peso y las otras necesitaban de los subterfugios que empleaban sujetos como nosotros.

Me tocó compartir habitación con Paisarn. Se cocinaba su propia comida en un hornillo y aquello apestaba. Probablemente el cerdo con cebolla y un mogollón de especias esté muy rico en un restaurante tailandés con mesas de bambú, pero después de golpear puertas y recibir portazos todo el día yo quería tumbarme y descansar. No tardó en surgir el conflicto. Nuestro manager me cambió de habitación y desde entonces Mr. Totsanambat cesó de dirigirme la palabra. Me dirigía, en cambio, unas miradas torvas que no presagiaban nada bueno.

Recordé este incidente el otro día, después de leer dos artículos sobre la entrada de Turquía en la Unión Europea, uno a favor y otro en contra. ¡Ambos tenían razón! Me dí cuenta de que no me resultaba nada fácil hacerme un criterio propio al respecto. Entonces me pregunté, en la soledad de mi habitación. ¿Soy racista?

Por supuesto que presento al mundo un frente políticamente correcto, faltaría más. ¿Cómo va a ser racista un tipo como yo? Soy un mil leches: mis abuelos eran rusos, moldavos y lituanos, con mezcla judía y cristiana. Nací en Buenos Aires, llevo más de media vida en Barcelona. Soy de izquierdas.
¿Cómo va a ser racista un tipo como yo?

No, no soy racista, pero no llego hasta ahí simplemente abriendo una puertita de bondad absoluta que hay en mi corazón de oro. Me cuesta trabajo. Me lo tengo que currar. Dentro mío hay un animal egoísta que le muestra los dientes a cualquiera que se acerque a mi madriguera. Hay un tipo bruto, básico y elemental que desprecia los olores, sabores, sonidos y costumbres de los de un poco más allá.
También albergo un hombre culto y generoso que sabe que las corrientes migratorias son consustanciales a la historia de la humanidad, que disfruta con la diversidad cultural del mundo y que prefiere los reportajes de MAN de mulatas a los de escandinavas.
Estos personajes opuestos están en lucha continua. Es una batalla entre el pasado y el futuro, entre el animal y el hombre, entre el odio y el amor. También es una lucha entre un sentimiento muy simple y muy antiguo y una idea compleja y moderna. Es una película en la que ganan los buenos, pero ese triunfo no es un paseo. Si finalmente no soy racista es porque pienso, porque creo que no está bien serlo. Y porque no bajo la guardia: tengo que mantener la vigilancia de mis conductas para evitar deslizarme hacia la abyección.

No puedo evitar que se cruce por mi mente la sospecha de que los del colmado paquistaní de la esquina podrían estar recaudando fondos para Al Qaeda. Pero me relajo, les compro, converso, sonrío y apuesto por todo lo contrario. Sé que los terroristas islámicos son una minoría exigua. Y que los del colmado han venido a Barcelona buscando una vida mejor: son iguales que yo.