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Archive for the ‘El País’ Category

El paso del tiempo

Monday, November 24th, 2008

El 25 de mayo de 1810 los criollos del Virreinato del Río de la Plata arrebataron el poder a los representantes españoles. Ciento cincuenta años después nos explicaron en el colegio que festejábamos la efemérides del Sesquicentenario. Un año era una eternidad tan rotunda que 150 no me entraban en la cabeza: un concepto inabarcable.
En esas fechas se inauguró un puente conmemorativo que unía –y une- dos parques de Buenos Aires: el puente del Sesquicentenario. Me fabriqué un carrito de rulemanes (rodamientos) con el que me lanzaba puente abajo casi volando, embriagado con la profundidad del presente.

Cuarenta años más tarde, para bien y para mal, tengo una idea formada respecto al paso del tiempo: el universo se formó hace unos 15.000 millones de años, la Tierra hace unos 4.500 millones, el hombre domesticó a las plantas y los animales hace aproximadamente diez mil y justo encima de la Ganivetería Roca, en la Plaza del Pino de Barcelona, se encuentra el local del antiguo gremio de Tenderos Revendedores de Barcelona, fundado en 1447 por orden de la reina María Cristina, esposa de Alfonso el Magnánimo. Ha seguido funcionando desde entonces, reconvertido en su momento en la Asociación de Socorros Mutuos de Previsión Social.

El local de la Asociación debería figurar en los recorridos turísticos de Barcelona. No hay cruces, pero el mobiliario y los retablos recuerdan a una iglesia de hace tres o cuatro siglos. La primera impresión es la de entrar en la sede de una logia masónica o alguna secta aun más añeja y misteriosa.

¿Por qué resultan bonitas las cosas antiguas? Recuerdo que mi padre, conocido como El Ingeniero, señalando un libro de György Lukács en lo alto de la biblioteca, me explicó que los estudiosos de la estética no lograban ofrecer una explicación cabal al respecto. No sé si la cuestión se habrá despejado algo en estos años. Lo cierto es que el encanto de la Plaza del Pino ha crecido desde que conozco el tesoro que alberga ese primer piso.

Joan Rovira, el actual presidente, atildado y amable caballero, me recibe para contarme la historia del antiguo gremio.
“En principio se trataba de regular las actividades de los minoristas de arroz, miel, cebada, sardinas, anchoas, higos, dátiles, etc., básicamente instalados alrededor del Borne. Y de socorrer a los comerciantes enfermos, dirimir litigios, enterrar a los muertos. En 1613 se empezó a exigir un examen de admisión, que consistía en acreditar la honorabilidad, la buena conducta. En 1835 la revisión de Mendizábal incautó los bienes de la Iglesia y abolió los gremios. Fue entonces cuando nos convertimos en una mutua, conservando el nombre con la fórmula ‘antes Gremio de Tenderos Revendedores de Barcelona’. El capital acumulado hasta ese momento –razonablemente invertido- aún nos permite asistir a los asociados sin cobrar ninguna cuota.”
¿Me lo podría repetir, por favor?
“Así como suena. Todos los miembros de la Mutua lo somos de modo hereditario. No puede entrar nadie que no descienda de los agremiados originales. Y se cumple a rajatabla. Actualmente, más que comerciantes tenemos médicos, arquitectos, gente así. Hasta 1970 heredaba el puesto el hijo mayor; luego se cambió a ‘hijo o hija’. Somos 143 socios. Aquí en la sede tenemos los registros desde el año 1835. Si queremos rastrear una entrada anterior tenemos que ir a la Casa del Arcediano, donde se conservan nuestros archivos. El primer lugar de reunión de los Tenderos Revendedores fue una capilla del convento de San Antonio Abad, en el Raval. Poco después nos trasladamos a una capilla lateral de la Iglesia del Pino, con el permiso de la reina. En 1630 nos mudamos a otra capilla de la misma iglesia, que aun conservamos. Y en 1678 el gremio decidió hacerse con un local propio para sus reuniones. Compramos esta finca a las monjas clarisas y aquí estamos, siempre bajo la advocación de San Miguel Arcángel, que es nuestro patrón”.
Supongo que provenir de apellidos catalanes encadenados en una sucesión de más de cinco siglos da cierto lustre…
“Bueno, sí, pero es sobre todo una cuestión sentimental. Mi antepasado era un sencillo chocolatero venido de Manresa. No tenemos nada que ver con la aristocracia. Hay socios ricos y pobres. Hace poco incluimos una cláusula en los estatutos por la cual un miembro puede nombrar a su heredero aunque no sea su hijo o hija. Lo hicimos porque cada vez somos menos. Una mutua puede existir con cincuenta miembros, según la legislación, pero no es cuestión de ir menguando y menguando. ¿Quiere conocer nuestra capilla?”.
El señor Rovira coge unas llaves de buen tamaño y cruzamos la Plaza para entrar en la Iglesia del Pino. Franqueamos la verja del oratorio y pasamos por detrás del altar a una habitación algo polvorienta, llena de ecos seculares. Entrecierro los ojos e intento imaginar una reunión de los Tenderos Revendedores en la época en la que los aztecas tomaban su amargo chocolatl a salvo de los conquistadores españoles.

Nidito de amor

Monday, November 24th, 2008

Lunes: resulta estimulante empezar la semana con una reunión de alto nivel. Trepo al último piso del Hotel Arts sumamente intrigado. ¿Qué querrá consultarme esta vez el enviado de Kofi Annan? El ascensor sube y sube y de pronto veo a un tipo muy guapo en el espejo. ¡Jolines, si soy yo! La cosa promete. Vuelvo a mirar y no,ya no parezco el galán maduro de hace unos segundos. Por suerte viajo solo, porque las poses grotescas que despliego buscando la imagen huidiza de ese tipo pintón no son compatibles con lo que se espera de un asesor de Kofi. Cuanto más miro menos guapo me encuentro. ¡Yá está! La belleza existía mientras era un hombre distraído que subía pensando en la difícil situación mundial. En cuanto me convertí en un narcicista ansioso e inseguro dejé de ser guapo. “La belleza no se busca, se encuentra”. Se lo solté al enviado de Kofi en cuanto se presentó la oportunidad.

Martes: supongo que todo el mundo entiende que no puedo revelar el contenido de la reunión de ayer. Hoy soy un simple reportero, como Clark Kent. Salgo a recorrer la ciudad en bicicleta, buscando historias palpitantes para contar a mis conciudadanos. Vivo en Barcelona, una ciudad surcada por un buen número de carriles-bici. Una ciudad con un sector –el Gayxample- en el que viven y trabajan un mogollón de homosexuales de sexo masculino. ¿Tienen un barrio las lesbianas? Habrá que investigarlo. De momento me apeo de mi Cannondale azul marino y entro a una tienda de ropa. Calzo zapatos de potro verde, de Toni Miró, pantalones a cuadros azules y blancos, de Dolce y Gabanna, camisa blanca de Issey Miyake y perfume del mismo diseñador. El encargado, un pelirrojo monísimo con una melena que parte con la pana, me mira de arriba abajo y me sonríe. “¿Te puedo ayudar en algo?” Le confieso mi misión y el tío me lo cuenta todo con pelos y señales. ¡Y no es nada! O sea nada de nada: no hay noticia. Ni una anécdota, ni un incidente, ni una agresión, ni una incomprensión, ni un escándalo. Parte de la comunidad gay/hombre se concentra entre Gran Vía, Aragón, Villarroel y Balmes y eso es todo. Lo que resulta malo para el periodista es bueno para el resto de los ciudadanos. Dejaré que la realidad arruine una noticia interesante.

Miércoles: recibo cartas de un amigo argentino que es periodista y vive en California y de otro amigo argentino que es baterista y vive en Oslo. Ambos nombran a los Beach Boys. ¿Una simple casualidad? ¿No será una señal del destino? En ese caso, ¿qué demonios podría significar? Si me lo preguntaran Kofi o su enviado especial improvisaría una respuesta enigmática y resultona, pero estoy solo en casa y no sé qué pensar. Si llegara Maite le pediría ayuda: es filósofa amateur, siempre sabe todo. Pongo “Pet Sounds” e intento abrir las puertas de la percepción a ver si recibo ondas cósmicas o algo.

Jueves: la población de argentinos en Cataluña ha pasado de 10.000 a 20.000 individuos en pocos meses. Mi viejo amigo Luis está de vuelta. Se vino en 1976. Fundó la editorial Dilema. Conoció a una francesa en el Zurich. Se fué con ella a París. Cuando se restableció la democracia cometió el error de volver a su Buenos Aires querido. Se especializó en la reproducción de camaleones, que por lo visto no son muy proclives a copular en cautividad. Luis sabe convencerlos. Ahora está de vuelta. Es un naturalista eminente que busca trabajo. Juntos recorremos los escenarios de nuestras correrías barcelonesas y encajamos como podemos el vértigo del paso del tiempo.

Viernes: nos mudamos a Les Corts, justo enfrente del Camp Nou. Maite es filósofa, yo asesor secreto de Kofi; nos gusta un buen partido de fútbol de vez en cuando, pero nos horroriza todo lo demás. ¿Habremos cometido un error? ¿Moriremos pisoteados por las hordas futboleras? ¿Serán culés la verdulera y el informático, la farmacéutica y el mecánico? ¿Nos habremos auto-abducido a un planeta blaugrana de encefalograma plano? ¡El domingo hay partido!

Sábado: desempaquetamos mis discos y sus libros de Kant y Heidegger en un clima de tensión apenas disimulada. Plúmbeos presagios enrarecen el ambiente. Hablamos lo justo, solamente tecnicismos del día después de la mudanza. Miro al Camp Nou de reojo, como vigilando a un monstruo que podría eructar un viento ardiente en cualquier momento.

Domingo: el día D. Ya están instalados los tenderetes de banderines. Algunos miembros de la avanzadilla hooliganista, enfundados en absurdas camisetas del Barça, beben cerveza en la puerta de los bares. Maite y yo permanecemos en silencio en el balcón, tomados de la mano, esperando el Apocalipsis. Hacia la caída del sol empieza el desfile de aficionados. Me recuerdan a la migración de los ñues, en la sabana africana. Entran, gritan, salen. Se van. ¡No ha pasado nada! Abrazo a Maite y le digo:”este será nuestro nidito de amor, darling”. Se levanta un viento fresco. Docenas de bolsas de plástico, abandonadas por la horda futbolera, bailan una danza de bienvenida en el aire.

La misión del esteta

Monday, November 24th, 2008

Considero al diseño de parques y jardines como una de las Bellas Artes.
Por algo Dios, el decano de los creadores, no montó el paraíso en un estadio de fútbol o en una academia de nuevos valores musicales, sino en El Jardín del Edén, que era un jardincillo de lo más mono, con su estanque, sus flores y sus árboles frutales. Había víboras, sí, como también pulularían jilgueros, musarañas y grillos, con toda naturalidad.
En ese modelo me baso para desarrollar mi labor como –autoproclamado- crítico de arte.

No me importa romper el suspense y adelantar el final: el Parque de Diagonal Mar obtendrá un aprobado con mención.
Y eso a pesar del primer trago: los grotescos macetones con apliques cerámicos pop art resultan desmesurados, están aquejados de sobrepeso. No levitan, aunque algunos de ellos floten sobre las cabezas de los viandantes. Engarzados en unas estructuras metálicas casi idénticas a las de la Avenida Icària –aquellas que parecen vías de tren destrozadas por un huracán o un terremoto- su obstinación seudo gaudiana se digiere mal, con profusión de alka-setzer.
¿Porqué inspirarse en Gaudí en lugar de pergeñar algo totalmente original? ¿Acaso esa es la mejor manera de homenajear su legado? ¿Qué diría Don Antonio si viviera? ¿Eh? ¿Y porqué repetir los raíles retorcidos de la Barcelona olímpica? ¿Es que sobró material?
Pasaron las Olimpíadas y la Diagonal llegó hasta el mar: un motivo más que suficiente para apostar por la creatividad absoluta y quedar como Dios. Podrían haber conseguido un sobresaliente, pero no consultan y así les va.

En fin, supero el mamotreto con un suspiro y me adentro en la enorme superficie –14 hectáreas- del parque.
Un lago irregular, caprichoso, con desniveles que provocan cascadas murmurantes, poblado por plantas acuáticas y miles de peces anaranjados y atravesado por un sinuoso puente de madera, reconcilia al crítico con la obra.

“Prohibido liberar animales en el lago”, reza un insólito cartel. Varias tortugas bien adaptadas demuestran lo inútil de la instancia. Los perros no lo harían, pero las tortugas sí: ellas te abandonarían sin remordimientos ante un mejor proveedor de lechuga fresca. O sea que a buscarse la vida, coleguitas.

El crítico de arte es un ser volátil y narcisista. Su meta principal es demostrarle al artista que sabe más que él sobre su propio arte y que es más culto, más sensible, más sofisticado, más todo. Los autoproclamados no somos excepción.

Lo que hace un momento era reprobable –la repetición de un elemento arquitectónico u ornamental- ahora, por arbitrio incontestable del crítico, resulta que va a ser bueno. Se trata de las tortillas de cemento ondulado que también se encuentran en el Parque de la Estación del Norte. ¿Sofá o escultura? No hace falta ser contorsionista para comprobar lo bien que se acomoda el cuerpo al inefable artilugio. Repantigarse sobre los pliegues de la tortilla junto a otros ciudadanos rompe el hielo hasta puntos insospechados. Una legión de nuevos barceloneses podría ser concebida sobre los pétreos armatostes, al abrigo de las sombras del atardecer…

Siguiendo a las libélulas rojas, las estrellas del baile, voy paseando al tuntún y apuntando nombres de árboles: acacia de Constantinopla, alcornoque, árbol del amor o árbol de Judas, ciprés de los pantanos, granado, drago de Canarias. Este último tiene 150 años y está sostenido por una estructura de madera; el conjunto diluye los límites entre el arte y la botánica. En realidad, medita el crítico, resulta placentero dejarse caer justo ahí, donde ambas disciplinas se confunden.

La Montaña Mágica es una colina artificial con grandes toboganes de acero –para delicia de los niños- y una cima con bancos desde la que disfrutar de un panorama particularmente auspicioso. El futuro parece prometedor visto desde aquí.

Ahora bien: no es cuestión de hacer un inventario exhaustivo de las instalaciones. ¡Faltaría más! La misión del esteta es capturar la esencia y para ello, oye, bastan unas pocas pinceladas maestras.
Como broche de oro una charla de tú a tú con el conservador del parque, Antonio García, funcionario que entró a Parques y Jardines como peón y hoy es el responsable de las 16 personas que están a cargo del mantenimiento y la gestión de Diagonal Mar. Un tipo macanudo –hay tantos argentinos que no hace falta traducir el término- que parece muy encariñado con su trabajo.

Las libélulas rojas, Antonio y el autoproclamado recorremos los floridos senderos y nos detenemos frente a un cartel explicativo en el que el artista/diseñador del parque nos cuenta qué pretendió decir con su obra: “es como un árbol que nace del mar”. Será a vuelo de pájaro, porque los usuarios de a pié, o sea los que no llegan en helicóptero, difícilmente percibirán el intenso lirismo de la alegoría.

“Un árbol que nace del mar”. ¿Qué piensa Antonio García del audaz símil? El conservador hace honor a su título y se escapa hábilmente por la tangente, evitando mojarse y concediendo una sonrisa irónica de la que no quedará más constancia que esta crónica.

¿Mensajera?

Monday, November 24th, 2008

No, no le exagero. Mi amigo Luis García tenía un kiosko de prensa en Buenos Aires. A su hija le regalaron unos peces de colores. Uno murió. Ella lloró. Luis le compró otro y lo observó. ¿Viviría, moriría? ¿Qué determinaba que se adaptara y sobreviviera o que estirara la aleta? Luis cuidó de ese pez y su vida cambió radicalmente. Siempre le habían gustado los animales. ¿Y a quién no? Se compró una pecera más grande. Al principio capturó peces en su casa de recreo de Tigre, en el delta del Paraná, modificando los anzuelos para moderar el daño. Aprendió a ambientarlos, alimentarlos y curarlos. Dirigió la reproducción de sus cautivos. Se convirtió en un experto. Al cabo de un tiempo se dio cuenta de que sabía más que los espabilados que le vendían los artículos de acuarismo.

En esa época su casa ya era una enorme pecera. No tenía televisión. Miríadas de peces multicolores nadaban en silencio, ondulando como gasas y tules. Él se sentaba en su sillón y los miraba. Esos momentos eran perfectos. Unos años más tarde había enfocado su atención hacia los reptiles. Ofidios, saurios y quelonios le revelaron sus secretos. En los arbustos de su jardín evolucionaban parsimoniosos los camaleones que había logrado reproducir en cautividad. Luego se dedicó a los batracios. Se sintió atraído por los arácnidos. Estudió naturalismo en la Universidad.

Finalmente decidió convertir su pasión en profesión y abrió un local llamado Vivarium. No era la típica tienda de mascotas. En lugar de vender los bichos consabidos y engatusar a los incautos para sacar la máxima pasta posible, encaró el negocio como si todo el mundo fuera bueno y entendiera de verdad en qué consiste la relación del hombre con los demás animales. Tenía pitones como muslos, arañas como manos, escorpiones ambarinos y translúcidos, ranas venenosas rojas, verdes, amarillas y negras. Y peces sutiles, para iniciados en los húmedos misterios del acuarismo. Repartía su sabiduría, regalaba sus consejos.

Así le fue. La puntilla la puso la crisis del 2002. Luis y su familia volvieron a Barcelona, donde habían vivido años. Ahora él trabaja en el Hospital Sant Pau, manipulando las ratas de laboratorio con las que Jaime Kulisevsky desarrolla sus experimentos de investigación neurológica.

Hace pocos días Luis encontró una paloma herida. Era mensajera. Se hizo cargo de ella. La llevó a su casa, la limpió, desinfectó, alimentó y confortó. Puso un par de palabras clave en el buscador Google –como “colombofilia” y “Cataluña”- y se la devolvió a su dueño.

José María Ferreras es policía municipal de Mataró. Y colombófilo de primera. En España hay unos mil poseedores de palomas mensajeras. Una cuarta parte están en Catalunya. Ellos y sus animalitos son uno de los tantos mundos que hay dentro de este mundo.

“La paloma que encontró tu amigo fue probablemente atacada por un halcón. No pienses que por eso les tengo manía. Al contrario, me encantan. Si no criara palomas me dedicaría a los halcones. Cuando te inicias en esto los demás colombófilos se vuelcan, te regalan los primeros casales. Actualmente tengo 75 palomas”.

¿Cómo se hace para que los vecinos de escalera no protesten por tener un palomar gigante en el terrado? “No he tenido una sola queja. Las alimento una vez por día, cuando regresan de su hora de vuelo diaria. De ese modo comen y evacúan dentro de las jaulas. Y si una coge el vicio de pararse en las antenas, me deshago de ella. Los vecinos ni se enteran. Pero si algún día surgiera algún problema, me marcharía con mis palomas a algún sitio donde pudiera tenerlas. Es una afición muy fuerte, una especie de oasis relajante en el que me sumerjo para evadirme de las presiones de la vida cotidiana”.
Las competiciones consisten en sueltas simultáneas de ejemplares que vuelan de regreso a sus hogares. Una anilla conectada a un sistema informatizado permite determinar cuál ha llegado primero. Una campeona mundial puede llegar a cambiar de manos –los compradores suelen ser japoneses- por unos 120.000 euros. El ejército español no solo mantiene sus palomas, con las que concursa como uno más, sino que se encarga de registrar todos los palomares de mensajeras del país. Por lo visto las siguen considerando material sensible, con valor estratégico.
“Pues sí –comenta Ferreras- es más fácil intervenir una llamada telefónica que detectar y neutralizar a una paloma. En París, hasta hace muy poco, algunos laboratorios las usaban, en casos urgentes, para enviar los resultados de los análisis. Una moto puede atravesar París en veinte minutos: una paloma en cinco. Para un trayecto de cien kilómetros, por ejemplo, un par de palomas sigue ofreciendo las máximas garantías. Si un halcón te pilla una, la otra lo consigue, seguro. El mayor peligro, como en todo, es la gente. Los cazadores. Aunque las palomas están protegidas por la ley, muchas veces te llegan con perdigones. Los halcones y los azores, en realidad, son un estímulo natural que hace que tus palomas vuelen más alto, más rápido”.

Permanezcan atentos a esta sección, lectoras y lectores, que pronto contaremos la historia de Buby Vasina, amigo de la infancia, criador de halcones peregrinos y cetrero de pro. No les exagero.

El barrio

Monday, November 24th, 2008

Tiendo a suponer que los lectores de El País son más cultos que el promedio de los españoles. Un ejemplo: seguro que muchos de ustedes saben cuál fué el escritor ruso que dijo aquello de “pinta tu aldea y serás universal”. ¿Dostoievsky? ¿Tólstoi? ¿Chéjov? El asunto es que me propongo honrar a mis orígenes eslavos siguiendo esa premisa al pié de la letra.

Nos hemos mudado a Les Corts. Vivimos frente al Camp Nou, detrás de los Jardines Bacardí. Voy a intentar epitomizar (los lectores de El País suelen saber qué significa esta palabra) el mundo en que vivimos (caminando lo menos posible).

Cruzando el parque hay un colmado que pertenece a un joven paquistaní llamado Zahoor, aunque lo atiende básicamente su mujer, Mariana, nacida en Ecuador. Y lo hace siete días por semana, hasta las diez de la noche. Él tiene un locutorio junto al mercado de San Antonio, o sea que éste es su segundo negocio. Se conocieron hace dos años, en la parada del bus nocturno. Luego se fueron viendo por el barrio y la cosa fué a más, hasta que él “con más ternura que los chicos de aquí, que te besan directamente” le declaró su amor. Ella le dijo que sí y por eso lleva un brillante en la nariz, equivalente a nuestro anillo de compromiso.

Mariana no se fué de Ecuador escapando de la pobreza, sino por otros motivos que prefiere no revelar. Es anestesista diplomada y ejercía esa profesión en su Guayaquil natal. Como sus padres la educaron “de un modo bastante tradicional” no le resulta tan difícil aceptar las limitaciones impuestas por la concepción del matrimonio que sustenta Zahoor. No puede salir sola de casa, (“pero él me acompaña siempre que se lo pido”), no se puede bañar en la playa ni usar ropa que muestre partes de su cuerpo y en general él es el que manda.
A Mariana se la ve encantada de la vida y según Zahoor “ respeta el ayuno del Ramadán y está estudiando los preceptos del Corán con unos folletos en español”. Ella no menciona nada –los entrevisté por separado- respecto a su inminente conversión al islam. Si nos guiamos por el sonido de su risa –profunda y musical- Mariana es perfectamente feliz.

A pasitos casino en ligne français bonus sans depot del colmado multirracial, en los jardines Bacardí, hay un par de canchas de petanca. Cada domingo por la mañana acuden dos equipos con sus respectivas banderas y uniformes. Éstos consisten en chandals de diferentes colores. Suelen ser verde loro los de un bando y fucsia Río de Janeiro los del otro. Los contendientes derrochan entusiasmo. Cuando un jugador consigue un buen tiro sus compañeros festejan ostentóreamente el acierto y todos y cada uno se acercan a golpearle las palmas al estilo de los deportistas afroamericanos. La lluvia no solo no interrumpe el match sino que le agrega un plus de morbo, cuando las bolas plateadas caen sobre los charcos provocando salpicaduras de mercurio. En esto la petanca se parece a la lucha femenina, que resulta mucho más atractiva sobre el barro.

A la vuelta de la esquina la Gran Vía de Carlos III se desdobla y desciende caracoleando hasta la Ronda del Mig. Es un espectáculo fascinante para el que le gusten las autopistas, el cemento y el humo de los motores a explosión. Algún genio del mobiliario urbano colocó justo ahí un banco fijo -de una plaza- y un arbolito escuálido. Algún día ese árbol crecerá y dará sombra. Pero jamás podré entender qué sentido tiene propiciar tal contemplación solitaria, como no sea la de aumentar la tasa de suicidios proveyendo a los indecisos de una antesala sumamente idónea. Me imagino la escena en el cielo. Llega un alma y le preguntan de qué murió. “Estaba que sí, que no…hasta que me senté en Carlos III con Avenida de Madrid, junto a la entrada de la Ronda”. Ah, claro.

Rodeando el Camp Nou hacia la Diagonal está la zona de Las Chicas. Paso cada noche frente a ellas al volver andando del gimnasio DIR Campus. Me llegan ráfagas de risas locas y fragmentos de conversaciones en lenguas eslavas que me remiten a la infancia, cuando escuchaba a mis abuelos hablar en ruso. Tengo que pintar mi aldea y ser universal, pero me cuesta ejercer de reportero intrépido con estas desenfadadas ninfas del este. Por fin junto valor, trago saliva y me acerco a una morenita de piel blanca como la estepa siberiana. En ese momento caigo en la cuenta de que no había consultado precios para eso desde mi primera vez, hace 35 años, en un lúgubre prostíbulo de las afueras de Buenos Aires. Me sale aquella voz quebradiza de adolescente. “Ejem…por si algún día me decido…¿cuánto cobras por tu servicio?”. Ella no se inmuta e informa: “En el coche, 30 euros”.
¡Ay! Supongo que luego están los extras, pero…qué lejos quedan el caviar y las balalaikas; sobre todo si hay un chulo búlgaro de intermediario.

En fin, este es mi nuevo barrio. Como en el resto del mundo, la libertad es un proyecto y media una cuadrita nomás entre la felicidad y el suicidio.

Maite y el Universo

Monday, November 24th, 2008

A Maite y a mí nos encantaría conocer todo el Universo. Es un sueño que compartimos. No sé, nos hace ilusión……le tenemos cariño. Después de todo, es el único que tenemos ¿no? Es un poco así nuestro entorno. Sabemos que conocerlo todo-todo es imposible. Incluso el 90% es como muy cuesta arriba y tal. Podemos parecer un par de soñadores, pero el caso es que somos muy realistas. No perdimos ni un minuto en lloriqueos inútiles y pusimos manos a la obra. Leímos “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder y “Más Platón y menos Prozac”, de Lou Marinoff. Adquirimos conocimientos básicos de filosofía con el primero y supimos cómo emplearla para ser felices con el segundo. Iniciativas de Maite, que es una mujer muy práctica. Y muy inteligente: si compra un libro de autoayuda no es de pirámides de cuarzo ni esas chorradas anticientíficas.

Aprendimos grandes verdades, como que el Universo contiene infinitos puntos. Pero -y aquí está el truco del almendruco- cada punto contiene todo el Universo. Algunas escuelas de pensamiento considerarían a esta última afirmación como voluntarista, pero el asunto es que a nosotros nos funciona de puta madre. Si no podemos viajar a las Seychelles, las Maldivas, Venus y los agujeros negros haremos de Barcelona nuestro punto de acceso a todo el Universo.

Imbuídos de este espíritu y montados en sendas bicicletas, nos lanzamos a la aventura. Lo primero que descubrimos fué una nueva plazoleta, ubicada al final del Moll de la Fusta, mirando el mar a la izquierda. Era un atardecer cálido de otoño y había un solitario señor pakistaní, rodeado de latas de Voll-Dam. Pasamos frente a él y soltó “¿porque tú tan viejo y ella tan joven?”. ¡El Universo empezaba a revelar sus misterios! El mayor de todos es la mente humana. No pude evitar observar la mía propia, la intensa actividad que desarrollaba mientras la vista se perdía en el puente del Maremagnum y en las aguas aceitosas del puerto. Me sentó mal que me llamara viejo. Me sentó bien que notara cuánto más joven es Maite. Sentí solidaridad con el inmigrante solitario que se refugia en el alcohol, ya que hace veinte años yo estaba en el mismo muelle, bebiendo la misma marca de cerveza. Me pregunté qué haría nuestro insolente amigo de hallarse en Pakistán. ¿A favor o en contra de Osama? ¿Integrista, policía, militar golpista, currante que ahorra para emigrar a Barcelona? La mente, una de las maravillas del Universo.

Gracias a Maite, Gaarder, Marinoff y las nuevas estaciones de la línea verde del metro pude conocer el Parque del Laberinto de Horta. Confieso avergonzado que en 23 años de barcelonés adoptivo jamás lo había visitado. Podéis estar seguros de que compensaré ese error con abundantes expediciones de aquí en adelante. Es un sitio formidable, ideal para visitar entre semana. Obviamente un explorador intergaláctico necesita marcar distancias con el público dominguero. Allí fuimos Maite y servidor, y entre ¡ohs! y ¡ahs! trepamos hasta el límite superior del parque. Nos llamó la atención que dicho límite consistiera en una cerca electrificada. Hay por allí arriba una especie de alberca sobre la que revoloteaban unas inmensas libélulas de cuerpo dorado y esmeralda. No hace falta estar iniciado en filosofía aplicada para admirar a estas cumbres voladoras de la creación. Las libélulas son máquinas mucho más perfectas que cualquier helicóptero. Vuelan hacia atrás, cambian de dirección en una fracción de segundo y pueden cazar una mosca al vuelo. Son depredadores temibles, los tiburones del reino de los insectos.

En aquel rincón acotado de la Sierra de Collserola no se escuchaba el ruido de los coches. Junto a la alberca de las libélulas mantuvimos uno de esos silencios idílicos que tanto nos unen. A la belleza del momento se unía la satisfacción de comprobar que nuestras teorías eran ciertas. Sí, es posible recorrer todo el Universo a través de cualquiera de sus puntos.

Seguimos paseando por el parque y de pronto me detuve frente a un poco de tierra removida. “Esto parece obra de los jabalíes”, comenté dándome aires de naturalista intrépido. “¿Cómo va a haber jabalíes dentro de un parque público que está a cuatro calles de la nueva estación de Mundet de la línea verde?”, contraatacó esa adalid del sentido común que es Maite. “Es verdad; pero así deja el terreno el jabalí cuando holla”, concedí con reparos. Un rato más tarde nos cruzamos con un honrado y esforzado funcionario de Parques y Jardines que hacía la ronda walkie-talkie en mano. Le preguntamos porqué estaba electrificada la cerca y nos lo explicó. “Ahora está apagada; la encendemos cuando se cierra, por el tema de los jabalíes: entran y hacen destrozos”. Para qué voy a intentar engañar a los lectores de El Pais, que si eligen este periódico es porque tienen dos dedos de frente.. Ni los benditos puntos del Universo ni el bello silencio de las libélulas de oro se pueden comparar con el gustito que sentí al ver la cara de Maite. La chavala estaba realmente impresionada. Y no me extraña, ya que aprendí a reconocer las huellas de los jabalíes en un periplo solitario por el fin del mundo, charlando con el guardabosques de un parque natural de la Patagonia, junto a la Cordillera de los Andes. Los viajes filosóficos están muy bien, y vamos a profundizar en ellos, pero no hay como un explorador de verdad para inundar la atmósfera con el inconfundible perfume de la testosterona.

Maite en Buenos Aires

Monday, November 24th, 2008

No pocos lectores de estas crónicas están familiarizados con la figura emblemática y señera de Maite, la Obrera Filósofa. En su doble condición de trabajadora y pensadora se ha convertido en guía y ejemplo para miles de ciudadanos de Cataluña y Baleares. Y nos consta que sus andanzas son seguidas a través de Internet por una abultada legión de habitantes de otras tierras.

Esta vez las vueltas de la vida han llevado a nuestra protagonista a las lejanas costas de la convulsionada Argentina, más concretamente a Buenos Aires, la otrora Reina del Plata, una ciudad de quince millones de habitantes e incontables –y furiosos- contrastes. Resultará aleccionador asomarse a las reflexiones y emociones que esta gran ciudad ha provocado en Maite.

La primera sorpresa llegó del reino vegetal. “¡Los árboles son gigantescos!”, exclamó, boquiabierta y maravillada. “¡Mira, éste es un ficus, como el que tenemos en casa, solo que el tronco tiene seis metros de diámetro!” La Obrera Filósofa es tremendamente sensible a la presencia de todo tipo de plantas (según ella una brizna de hierba encierra toda la belleza y todo el misterio del universo). Las calles de Buenos Aires están pobladas de árboles descomunales que nadie poda. De vez en cuando cae una rama sobre los porteños y sus pertenencias, pero con la de palos que les han ido cayendo en los últimos años, se diría que pasan inadvertidas como gotas en un océano de dolor.

Maite y su cronista consorte no salieron de ciertos barrios que forman una enorme isla de bienestar en la que viven la menguante clase media, la clase alta y la muy alta. Motivos de seguridad –y otros que no vienen al caso- así lo aconsejaron. Llegaron una mañana muy temprano y se movieron de un lado a otro con celeridad. “Esto me recuerda aquél álbum de Supertramp, ‘Crisis, ¿qué crisis?’”, comentó al pasearse entre el europeizado gentío y contemplar las voluptuosas pastelerías y suculentas fruterías. “Los edificios son altísimos y tienen unas entradas llenas de mármoles, bronces y sillones de cuero verde inglés, super elegantes. Casi todas cuentan con porteros muy solícitos que mantienen las aceras impecables. ¿Dónde está la crisis?”

Al atardecer, cuando las hordas de cartoneros llegados del extrarradio comenzaron a remover la basura, Maite encontró, conmovida, la respuesta. Si la Obrera Filósofa es sensible a las briznas de hierba, lo es mucho más aún al sufrimiento de los desposeídos.
El barrio de la Boca es una típica atracción turística. Tanguero, arrabalero y ribereño, sus viejas casas de chapa ondulada están pintadas de rabiosos colores primarios. Allá fueron Maite y el cronista consorte, a cumplir con el consabido ritual de transitar por la calle Caminito entre cantantes milongueras y otros reclamos for export. Todo fue muy mono y colorista hasta que decidieron asomar la nariz un poco más allá, donde se acaban los colorines y empieza el gris parduzco de la Boca real, la de la frustración y la guita cero. Solo cincuenta metros fuera del área turística fueron suficientes para encender la alarma roja de la supervivencia: el aire se cortaba con cuchillo, las miradas eran torvas y los movimientos de los lugareños no presagiaban el nacimiento de una gran amistad.

Recular es de sabios y Maite lo es; por algo la llaman la Obrera Filósofa. El siguiente paso en la exploración de Buenos Aires sería la insólita Reserva Ecológica de la Costanera Sur. Hace unos treinta años se iniciaron unas obras destinadas a ganarle terreno al Rio de la Plata (el más ancho del mundo, ¿viste?). Por esas cosas que tiene el subdesarrollo, aquellos cimientos tipo polder holandés quedaron abandonados. Y entonces la majestuosa naturaleza sudaca dijo su verdad. Plantas y animales llegados por agua, tierra y aire crearon un ecosistema exuberante. Hay más especies de aves allí que en toda Gran Bretaña. Son 350 hectáreas salvajes en pleno centro de la ciudad, convertidas en una reserva que se puede visitar y disfrutar de modo gratuito. Y seguro. Con el escalofrío de la Boca bien presente, Maite y consorte se detuvieron a charlar con un par de policías/bomberos/eco-guardianes apostados en la entrada. “Si tienen tres trabajos deberían cobrar tres sueldos”, supuso ella, tan ingenua como voluntariosa. “¡Já!”, replicó el pluriempleado público, “de eso mejor ni hablemos”. Con el orgullo de los que se saben pobres pero honrados, el buen hombre pasó a describir las medidas de seguridad que garantizarían un paseo sin sobresaltos.

Y así fue. Los animales saltaban a la vista: tortugas de agua, garzas y garcetas, nutrias, cuises. Y un sinfín de ricinos, la planta-talismán del cronista, por sobre los cuales sobresalía el skyline porteño, erizado de rascacielos. Imposible imaginar un contraste más pronunciado.

A solo treinta kilómetros de la capital se encuentra la localidad de Tigre. Allí desemboca el río Paraná, formando un delta de infinitas islas e islotes. En otros tiempos fue el refugio predilecto de los fugitivos de la justicia, por lo inextricable de sus miles de riachuelos y canales. Hoy es una especie de Venecia agreste y fluvial en la que algunos viven y otros tienen su segunda residencia. Es un mundo acuático en el que los autobuses son lanchas y para cruzar la calle hace falta un bote. Maite estaba embelesada, sumida en uno de sus silencios místicos, que solo rompió para decir “tú debes sentir una nostalgia terrible de todo esto…”.

Por algo la llaman la Obrera Filósofa…

Lujo en Canaletas

Monday, November 24th, 2008

La vida es un camino. Vivir es caminar, pero la senda no siempre está alfombrada de pétalos. Guijarros, espinas y arenas ardientes ponen a prueba a nuestros pies. Una vez que empiezas a proteger ese pellejo ya no puedes parar. Si impides que ese cuero se curta, deberás cuidarlo para siempre. Por otra parte, las personas acostumbradas a caminar descalzas no soportan el calzado.

Los zapatos, entonces, son la base y el sustento del hombre en su camino hacia la civilización y el progreso. ¡Uy, qué mal que sonó eso! Como la patada de un marine en la entrepierna de un civil en Bagdad. ¡Ay! Como la puntera metálica de la bota de los skinheads al linchar a un indigente (negro y gay). ¡Ouch!

Sin embargo, los zapatos no solo evocan la marcha de los ejércitos y el aplastamiento de las cabezas de los débiles. También son El Gato con Botas, Las Botas de Siete Leguas, los mocasines de Pocahontas, el zapatito de Cenicienta, los borceguíes de ante verde de Peter Pan, las sandalias de Jesucristo, los escarpines de raso magenta del bardo florentino, las babuchas de Alí Babá, los bicolores con chapas de Fred Astaire y los blue suede shoes. Los zapatos también pueden llevarnos por un camino de ensueño: el que conduce a la fraternidad universal.
A este cronista le molan mazo. Ya lo dijo esa gran pensadora que es Lydia Delgado: “te puedes poner un vestido de fiesta de Chanel y un collar de esmeraldas de Tiffany’s, pero si usas un calzado cutre, irás fatal; en cambio con unos tacones de aguja de Manolo Blahnik, un tejano roto y una camiseta blanca estarás super elegante”. ¡Gran verdad! El cronista ha de confesar que- aunque su corazón palpita junto a los desposeídos- en materia de zapatos está más cerca de Imelda Marcos que del Subcomandante homónimo.

Así las cosas, resulta que en Barcelona, en la esquina de Tallers con Rambla de Canaletes, hay una zapatería que es un flagrante desafío a la lógica. Entre punkis guarros que soplan flautas desafinadas y los tufos de la comida rápida, Casas International ofrece botas para hombre puntiagudas y caladas a 665 euros, por ejemplo, y toda una desconcertante variedad de zapatos extremados y saladísimos.
Intrigado, el cronista pregunta a la encargada por el responsable. “¿El artista? Ahora mismo lo llamo”. El cronista imagina a un excéntrico y caprichoso hijo de papá (sabe que Casas es una gran cadena de zapaterías) que sueña con conocer a Elton John (o, en su defecto, a Boris Izaguirre) en una fiesta de Donatella Versace. Pero no. Oriol Casas es un enfocadísimo ejecutivo del sector –responsable de producto de todas las zapaterías de la empresa- que llega en bicicleta y cuenta su verdad:
“La primera zapatería de la familia surgió en Terrassa, en 1924, cuando a mi abuelo le pagaron una deuda en zapatos. La cosa fue a más, pasó la guerra y mi padre y mi tío abrieron la primera tienda en Barcelona. Ahora tenemos 24 en Cataluña y una en Valencia. Esta, Casas International, es distinta, probablemente la zapatería más elitista de España. O sea, con la oferta más amplia de calzado elitista. Trabajamos con los diseñadores más vanguardistas y exclusivos, para ambos sexos. Y la apuesta fuerte es hacerlo aquí, en las Ramblas. Es un desafío personal, sustentado en el constante crecimiento del turismo. Sin embargo, cada vez son más los españoles que se animan”.

Mientras tanto, un aceitado equipo de trileros monta la parada en el bulevar. Increíblemente, todavía hay macro-panolis que pican. Sería una aventura apasionante poder observar el cerebro de una víctima de la trila: seguro que hay sitio de sobra dentro de esos cráneos. Más de una vez Oriol Casas ha visto tirones delante de la tienda. Del interior han volado algunos bolsos. No tiene sentido robar un solo zapato, que si no…En babilónico contraste, puede bajarse rauda de su limusina Whitney Houston, las espaldas guardadas por dos roperos nubios, y hacerse con tres o cuatro modelitos que pondrán los dientes largos a Mariah Carey, digna heredera del trono de Imelda. Y es que los zapatos de esta tienda no son clásicos, ni convencionales, ni sobriamente elegantes. Parecen más bien destinados a estrellas de rock, drag queens con amante pastoso y/o millonarios excéntricos. El modelo más caro –por si alguien tiene esa curiosidad morbosa- cambia de manos por módicos 1.100 euritos de nada.

¿Le provoca algún problema de conciencia a Oriol Casas vender artículos de lujo en un mundo lacerado por la miseria? “No: si no lo hiciera yo lo haría otro. Hay un segmento del mercado que quiere consumir esta clase de productos. Es una cuestión de oferta y demanda”. Ni más ni menos.

Para terminar, marchando una ración de fetichismo. Hagamos sitio para la vertiente fálica y lúbrica de la puntera y el tacón, para el poder afrodisíaco del charol, para las lenguas que lamen, golosas, botines acordonados color azabache. ¿Comulga nuestro ejecutivo en bicicleta con esa rama del erotismo? “Soy de los que le ven ese potencial a los zapatos, sí, pero sobre todo porque vivo de esto”. ¿Y personalmente? “También”.

Saciada la curiosidad, el cronista se despide deseando que el próximo presidente sea Zapatero.

El hijo de El Ingeniero

Monday, November 24th, 2008

Siempre fuí un metrosexual, o sea un heterosexual “sensible, con toques femeninos, educado, a quien le gusta el ambiente de las grandes ciudades…….y coleccionar zapatos” (Suplemento Domingo de El País, 11 de enero de 2004, página 9). La ventaja es que ahora sé cómo se llama.

Habiendo tenido a Mick Jagger como modelo en la vida no puedo evitar pensar que tales inclinaciones han tardado decenios en convertirse en un estereotipo, pero más vale tarde que nunca: bienvenidos al tren.
Poseo tres tipos de cepillos para zapatos de ante y más perfumes y abalorios que mi mujer, lo cual no es de extrañar si recordamos que ella es Maite, la obrera filósofa.

Heredé de mi padre -un notorio dandy comunista a quien todos llaman El Ingeniero- la preocupación por el destino del hombre y el gusto por la buena ropa. ¿Conocen a alguien que se haga los gemelos por encargo y que tenga dos cajones camiseros especialmente adaptados para su almacenamiento? Comparado con El Ingeniero, soy un eremita.
¿Por dónde pulula un metrosexual barcelonés? Irá allí donde haya color, pero es fácil verlo en la esquina de Rambla de Catalunya con Provenza. Subiendo a la derecha, en Groc, se deja la pasta la izquierda. Subiendo a la izquierda, en Aramis, suelta los morlacos la derecha.
Tengo cuatro americanas compradas en esa esquina, durante algún golpe de bonanza. Y otras diez agenciadas en Humana, la cadena de tiendas de ropa usada. Las primeras costarían ahora unos 500 euros la pieza. Las segundas, todas juntas, no sobrepasarían los 180. Y aquí viene lo más importante: desafío a cualquier árbitro de la metrosexualidad a que distinga las unas de las otras, cuando voy todo emperifolladito con mis galas domingueras. Apuesto un bote de crema hidratante La Prairie a que no lo consigue.

El truco consiste en invertir tiempo y tener algo de ojo. Por suerte la ropa de segunda mano está a la orden del día y ni siquiera un cliente habitual de Aramis se sentiría incómodo buscando chollos en Humana. Si es un próspero empresario podría encontrarse con el creativo publicitario que le cobró una fortuna por la última campaña. Y tan amigos.

Hay más. Una prenda flamante resulta rígida y desangelada, le falta la chispa de la vida. Los caballeros ingleses, desde siempre, ceden sus chaquetas nuevas al mayordomo para que les haga el rodaje. Recién entonces adquieren la pátina adecuada, la elegancia digna de un señor.

Recuerden los lectores que soy hijo de El Ingeniero. Eso significa que por cada alarde de frivolidad metrosexual habrá una prueba de compromiso candente con el dolor del mundo, lo cual nos remite directamente a Lenin. Vladimir Ilich se preguntaba qué hacer. Yo me planteo investigar qué hace Humana, porque sé que hay algo detrás de la venta de ropa usada.

Después de tres días de insistencia logro que el responsable de información, un biólogo llamado Rafael, se ponga al teléfono.
Y averiguo lo siguiente. Se definen como una organización humanitaria sin fines de lucro, aunque tienen 160 empleados. Forman parte de una federación de asociaciones similares, agrupadas bajo el nombre Humana People to People. En su página web (www.humana-spain.org) el apartado La Federación está “en construcción”. Su declarado fin último es promover proyectos de desarrollo en el tercer mundo. Actualmente hay en marcha acciones humanitarias en Angola, Mozambique, Zambia, Zimbabwe e India.

En España cuentan con 17 tiendas y cuatro mil contenedores para recoger ropa usada. “Tenemos el monopolio de la ropa de segunda mano”, según Rafael. También tienen su propia flotilla de camiones y hace poco han llevado a África, para que vieran la obra con sus propios ojos, a los alcaldes de unos cuantos municipios, entre ellos los de L’Atmella del Vallés, Tortosa, Amposta y San Feliú de Guixols

Los de Humana parecen muy buenos, pero yo no lo soy tanto y por eso desconfío. ¿No serán una empresa comercial que dedica una pequeña parte de sus ganancias a la beneficencia para poder contarlo y quedar como unos santurrones?, le espeto a Rafael.

Con la cadencia casi monótona de quien está acostumbrado a desmentir acusaciones de ese cariz, afirma “aquí nadie se está haciendo rico; una vez pagados los gastos y los sueldos, lo demás se dedica íntegramente a los proyectos de cooperación; tenemos enemigos, claro, gente que sabe que hay un gran negocio en la ropa usada y a la que no le dejamos sitio; los fundadores de Humana son unos maestros daneses que han levantado polémicas en su país por el modo en que funcionan sus escuelas; muchos se aprovechan de eso para criticarnos, pero hacemos dos auditorías por año y ahí están los aproximadamente 900.000 euros que hemos invertido en África en 2003, solo de Humana España”.
Ajá. Me lo creo. Puede que algo huela a podrido en Dinamarca, pero si esa pasta gansa se ha invertido en aliviar en alguna medida la miseria africana (y asiática), no seré yo el que se ponga escéptico, habiendo tantas empresas que no hacen nunca nada por nadie.

Olvidaba comentar que también conseguí en Humana dos gabardinas y un abrigo de 30 euros cada uno que parecen comprados en Furest.
Y a metrosexuar, que son dos días.

En busca del vuelo perfecto

Monday, November 24th, 2008

Buenos Aires. Encuentro con mi viejo amigo y compañero de colegio Bubi Vasina. Todos los hombres de su familia se llaman Wenceslao, por el santo patrón polaco. Cuando todos se llaman Wenceslao, nadie se llama Wenceslao. Los apodos resultan imprescindibles. Bubi siempre fue un tipo macanudo, que en lunfardo significa enrollado. Era un traga –empollón- pero se juntaba con los quilomberos –gamberros- como este cronista. Una vez hizo de valedor, de garante, para evitar que me expulsaran del colegio. Funcionó: era capaz de muchos desfases, pero no podía defraudar a Bubi.

El trabajo de mi amigo consiste en limpiar los aeropuertos de pájaros peligrosos. Un ave tragada por una turbina puede causar enormes pérdidas de vidas y bienes. Para evitar la onerosa tragedia se emplean muchos métodos: cañones de sonido, pirotecnia, venenos, diversas alteraciones del habitat y…halcones. Bubi Vasina es una autoridad mundial en lo que atañe a los halcones peregrinos y un maestro del arte de la cetrería.

La primera vez que fui a su casa –tendríamos doce años- me lo encontré cosiendo una caperuza de cuero. Tenía un halcón en el jardín y lo estaba amaestrando. Es un lento trabajo por el cual el hombre acostumbra al ave de presa a su presencia y a comer cuándo y cómo convenga al amo.

“Mi primer recuerdo relacionado con los halcones es un relato de mi abuela paterna –austrohúngara- sobre cómo su hermano había atrapado un ave rapaz en el bosque. Tendría seis o siete años y me impactó la imagen del pájaro sobrevolando los árboles. Compré mi primer halcón a los once, en una pajarería que estaba frente al Café de Los Angelitos, en Rivadavia y Rincón”.

La atracción por los halcones es un camino de ida. “Once a falconer, always a falconer”, dicen. El deseo de manejarlos, tenerlos a mano, hacerlos volar, compartir a discreción sus actividades en el campo, es una pócima superadictiva que intoxica a los cetreros de una vez y para siempre.

En las vacaciones todos nos íbamos a la playa. Bubi volaba solo (su padre era oficial de la aeronáutica) a una zona de Chile en la que se suponía que había una gran concentración de halcones peregrinos.“El primero que ví iba en la barca de unos pescadores de marisco, en una caleta perdida. Tenía las alas cortadas. Lo compré. Conviviendo con esa gente descubrí que aprovechaban cualquier ocasión para diversificar su dieta de frutos de mar. Cuando encontraban un nido de peregrinos…¡se comían a los pichones!”

Bubi se licenció en Ingeniería Industrial. Durante 26 años –además- trabajó en el Museo Argentino de Ciencias Naturales, estudiando, entre otras cosas, la conducta de las aves de rapiña.
Aunque la cetrería se puede practicar con águilas, aguiluchos, gavilanes y azores, los halcones peregrinos son los “pura sangre” de esta antiquísima disciplina desarrollada en Oriente. Un halcón en vuelo picado es el animal más rápido del mundo. Puede alcanzar los 400 kilómetros por hora. Los cetreros más exquisitos de Argentina –Bubi y sus colegas- emplean horas y días para lograr las condiciones óptimas de cacería. La situación ideal es una laguna con aves acuáticas. En la provincia de Buenos Aires hay cientos de ellas. Una vez localizada, conviene espantar a ciertos patos; luego conseguir que otros remonten vuelo. En el momento exacto, cuando están regresando a la laguna, se suelta al halcón, que puede elevarse hasta 300 metros. Entonces elige una presa y se lanza sobre ella con vértigo de proyectil. En la naturaleza, una vez derribada su víctima devora sólo los músculos del pecho, los que sirven para volar, y desprecia lo demás. Los halcones cautivos comen lo que sus amos deciden que coma. Pueden premiar o castigar a su socio de cacería, según su desempeño.

El placer de los cetreros radica en contemplar el vuelo de su halcón. Su trayectoria traza un dibujo fugaz en el cielo. Como una pincelada minimalista japonesa o la verónica de un artista del toreo, es algo difícil de explicar a los no iniciados.

Bubi y sus colegas pueden pasar horas comentando tal o cual vuelo. “El cetrero suele ser un tipo soñador, idealista, apasionado. Invierte mucho para conseguir algo efímero, muy etéreo. Su mente viaja por el aire, junto a sus pájaros. Encuentra la belleza en el cielo. Está siempre en busca del vuelo perfecto”.

El Café de Los Angelitos –ya lo dice el tango- está en Rivadavia y Rincón. En la siguiente esquina, Rivadavia y Ayacucho, hay un magnífico edificio de finales del siglo diecinueve o principios del veinte, recientemente restaurado. En la cúpula refulgen los óvalos de unos ventanales abovedados y compuestos, como los ojos de la moscas. Un poco más abajo, en la base de esa cúpula, hay una frase escrita en grandes letras de molde: “NO HI HA SOMNIS IMPOSIBLES”.