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Archive for the ‘El País’ Category

Volare

Monday, November 24th, 2008

El plan era dormir hasta tarde, pero me despertó el graznido de las gaviotas. El primer pensamiento –por llamarlo de alguna manera, ya que se trataba del roce de cuatro neuronas- fue agradable: vivo en la ribera marina, me llegan ecos salobres con reminiscencias de ánforas griegas, piratas corsos y amaneceres en la playa. Pero entonces se agregaron otras cuatro neuronas al ensamble y tuve una segunda visión, ligeramente más escéptica. La gaviota, además de figurar en el logotipo del PP, ha encontrado una fuente de alimentos más cómoda que la mar salá: los vertederos. Cada vez se la encuentra a más kilómetros de la costa, mostrando que no es fiel a las olas y la espuma sino a la comida basura. Llevaba unos segundos semidespierto y ya se me había caído un mito.
Apreté los ojos, intentando volver al limbo, y se me aparecieron dos manchas negruzcas. ¿Los túneles que me llevarían de regreso a la dulzura del inconciente? No, los cisnes negros de Aguas de Barcelona, en el Paseo de San Juan. Ahí estaban en toda su renegrida majestad, abriendo las alas y atusándose las plumas. Confinados en su estanque de dos metros cuadrados, parecían completamente felices. Otro mito caído: a los pájaros no les interesa la libertad, ni la exploración, ni nada que no sea el alimento, la reproducción y el refugio. Si lo encuentran en un metro cuadrado, jamás se moverán de allí.
¿Qué me estaba pasando? ¿Porqué no podía dormir, o al menos creer en algo?
Puestos a descreer de la mitología avícola, nadie nos prestará un mejor servicio que los patos del Parque de la Ciudadela. ¡Qué mala leche gastan esos palmípedos! Exigen limosnas con sus agrios trompeteos y si no las consiguen se acuerdan de pronto de que es la hora de marcar el territorio. Así, unos picotazos en las rodillas de los intrusos les servirán de venganza. He visto a más de un niño huir despavorido, perseguido por un pato, con la ilusión hecha trizas y un súbito rencor que prometía una futura afición al paté.
Así no había quien durmiera. Quería volar por los abismos de la nada, dejar de ser, disolverme como un azucarillo. Entonces comenzó –y no era un sueño- la cruel cacofonía de las cotorras argentinas. Medio atontado, me sentí culpable por las molestias que pudiera causar esa invasión. Yo también vine de Argentina y me puse a cantar. Por favor, que nadie me señale con el dedo. No tengo nada que ver con la chirriante plaga. Yo no fuí, no solté a la primera pareja reproductora. En algunas ciudades los ayuntamientos se están planteando medidas para la eliminación de las cotorras. Pretendo que esos mismos ayuntamientos me contraten como cantante. O al menos –rogué- me gustaría olvidarme y dormir un poco.
Dormir es fácil cuando uno está distraído. En mi caso, un ataque digno de Hitchcock me lanzaba a la más lacerante de las vigilias. Vale, me dije, si el cerebro se empeña en pensar, pensemos. ¿Hay algún pájaro en Barcelona que mantenga el resplandor de su propia leyenda? Las urracas. Negras, azules y blancas. Elegantes, desconfiadas y discretas. Emparejadas de por vida, trabajan siempre en dúo (dinámico). Si ves a una, la otra estará unos metros más allá, vigilando desde la copa de un árbol. Suelo observar a las del Palau de Pedralbes mientras dan saltitos por el césped, buscando algo para llevarse al buche. Los fines de semana el espectáculo se vuelve algo bochornoso, ya que las dignísimas urracas tienen que competir por el sitio con otras parejas, a mi juicio tan decorosas como un número ajado de Diez Minutos en la sala de espera del podólogo. Se trata de las huestes de adocenados casamenteros que acuden al Palau a hacerse el vídeo de la boda. Que las urracas sean todas iguales es un regalo del cielo. Pero que tantos recién casados rueden el mismo vídeo parece un anticipo del infierno. Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen.
Creo que se llaman estorninos, pero podrían ser vencejos. Son pequeños y oscuros. A veces visitan Barcelona en grandes bandadas y nos dedican una danza inolvidable sobre la Plaza Cataluña. ¿Cómo se las arreglan para cambiar de dirección sincronizadamente? Lo consiguen, y entonces parecen un cardúmen de puntas de flecha nadando en el aire. Se puede ver a muchos peatones absortos y maravillados con la exhibición de acrobacia aérea. Los ornitólogos no saben bien para qué sirve esa danza. Algunos suponen que su fin es la mera reafirmación del vínculo que une a los miembros del grupo. Otros, que estarían practicando para cuando llegue el momento de despistar a un depredador. El hecho es que parecen guiados por una sola mente: el cerebro de un coreógrafo celestial.
El mío, a todo esto, seguía revisando la fauna plumífera sin darme tregua.
A veces veo pájaros en Barcelona que nunca había visto y de cuyo nombre no tengo ni idea. Esos son los que más me gustan. Los miro hasta que desaparecen y luego los echo a faltar.
Y claro, con tantos pájaros en la cabeza no hay quien duerma.

Trenes, caballos, burros y pollos

Monday, November 24th, 2008

Me establecí en Barcelona en 1978. En ese mismo año se abrió al público el Parc de l’Oreneta, situado en la primeras estribaciones de la Serra de Collserola, detrás del Monasterio de Pedralbes. Tardé 26 años en descubrirlo, lo cual tiene dos lecturas. Teniendo en cuenta lo que me gustan los parques barceloneses, he mostrado una falta de agilidad que deberé corregir en el futuro. El lado positivo es la sensación de que la ciudad me va a seguir sorprendiendo siempre.

Me monto en mi scooter y tardo unos cinco minutos en llegar. Son 17 hectáreas de bosque mediterráneo. Hay eucaliptus, olivos, pinos, algarrobos, mimosas, cipreses, chumberas suculentas y un montón de arbustos cuyo nombre me encantaría conocer.

Para un adulto dado a la contemplación y amante de los rincones solitarios en el bosque, es una maravilla, sobre todo si dicho adulto puede permitirse ir entre semana.

Para un niño, sea de carne y hueso o el que llevamos dentro, el parque cuenta con un par de atracciones aun mayores: alquiler de ponis y trenes en miniatura.

El Centro de Estudios de Modelismo de Vapor es una asociación cultural sin fines de lucro. Ellos eligen, construyen, mantienen y conducen los modelos a escala que circulan por el parque los domingos y festivos. Se visten con uniformes ferroviarios, tocan la campana anunciando la salida del convoy, hacen sonar el silbato del tren y se lo pasan en grande.

Algunos de los miembros son adolescentes, convenientemente entrenados para conducir los modelos a escala. Los pasajeros -niños pequeños con sus padres – ríen abiertamente mientras dura el trayecto. Los jóvenes maquinistas, sin embargo, permanecen serios: no me cabe la menor duda de que disfrutan más que nadie.

La nota inquietante la ponen cuatro docenas de puñaladas asestadas en las puertas de la mini estación. Me gustaría tener un par de palabritas con el tarado que se entretuvo vandalizando las instalaciones de este cúmulo de buen rollo.

No lejos de allí se encuentran los establos y el picadero del Poni Club Barcelona. Hay caballos muy pequeñitos y también un poco más grandes, aptos para iniciarse en los placeres de la hípica en serio. El alma del club es Juan Carlos Docal, entrenador de larga trayectoria, con más de un/a saltador/a premiado/a en su haber. Además del típico y entrañable paseíllo en poni, las riendas llevadas por algún adulto, se ofrecen varias modalidades de clases de equitación.

En el establo, dos presencias estelares. Por un lado tenemos a la burrita Victorina, traída de Holanda, super diminuta y más cuchi-cuchi que el mismísimo Platero. Es de color gris claro y dan ganas de abrazarla, regalarle zanahorias, llevarla a casa y ponerla en la mesa de luz. No se me ocurre que pueda existir una mascota más adorable.

La otra estrella es Bruno, un burro apenas un pelín más grande. Está atado y bien atado. Pregunto por qué. No hace mucho dejó preñada a una yegua bastante más alta que él. ¿Cómo lo logró? Cuando llama el deseo….los amantes despliegan el ingenio que tienen y más. Si fue ella la que se agachó, aquella postura debería figurar en un hipotético Kama Sutra del reino animal. Fuere como fuere, el fruto de ese amor en teoría imposible es un mulito liliputiense color caramelo que corretea junto a su bien dispuesta progenitora: para comérselo.

De pronto vuelvo a tomar conciencia de que la sabrosa mezcla de aromas que produce un establo entre los pinos está a solo cinco minutos de casa. Acaricio la idea como si fuera un amuleto y sigo paseando.

Un poco más allá, en un promontorio que forma varias terrazas desde las que la ciudad se despliega con esplendor panorámico, hay un asador de pollos que también despide olores muy excitantes.

¿Por qué tardé tanto en descubrir todo esto? Trenes, caballos, burros, pollos…Como ejemplo de lo que me estaba perdiendo, el establecimiento dispone de tumbonas que pone a disposición de la distinguida clientela. Con el recalentamiento planetario cada vez contaremos con más días para yacer blandamente, los ojos entrecerrados y la panza atiborrada de pollo y patatas.

Volviendo a la clientela. ¿Es realmente distinguida? Estamos en pleno barrio de Pedralbes, pero un atento estudio sociológico me lleva a la conclusión de que al Parc de l’Oreneta acuden representantes de todas las clases sociales. El veloz pero efectivo trabajo de campo se basa en tres objetos de estudio: 1) los tejanos; 2) las gafas de sol y 3) el modo de hablar. Si en los dos primeros indicadores el científico podría llamarse a engaño, el tercero es prácticamente infalible. Es bastante probable que los habitantes de Pedralbes estén ahora mismo comiendo perdices en sus masías del Ampurdán. Aquí está el pueblo.

Toma candela

Monday, November 24th, 2008

La gente cambia. Un individuo que hasta hace un tiempo buscaba emociones fuertes al salir de los after-hours y las encontraba en apartamentos tapizados en rojo con argollas en la pared, el cráneo palpitante de narcóticos, hoy halla sensaciones de intensidad equivalente en una plácida charla a media tarde con un molt honorable botiguer. Hey, ojo, que lo de antes tampoco llegaba a los niveles de Exuperancia y su armario mágico. El individuo en cuestión jamás probó esa droga que hace que uno desee ser sodomizado por una amiga con un dildo -¿como prueba de amistad?- y eso que el individuo cree haber probado todas las drogas.

El individuo soy yo y estoy en la Baixada de la Llibreteria, 7, hogar de la Cerería Subirá, la tienda -con el amoblamiento original- más antigua de Barcelona (junto a la Herboristería del Rei, sita en la Calle del Vidrio), La dedicación de los Subirá al fascinante mundo de las velas se remonta a 1761. La fecha figura en letras doradas por debajo del escudo de la Ciudad Condal, presidiendo la doble escalera palaciega por la que –en cualquier momento- podría descender Sissí Emperatriz para entregarse a los brazos de su galante húsar prusiano.
La tienda es una preciosidad y un orgullo para Barcelona. Me siento afortunado al entrar a esta especie de tarta de crema rococó y ser atendido por su dueño, Don Jordi Subirá i Rocamora, un hombre amable y muy catalán que se expresa en un florido castellano. Presidente del Colegio de Cereros y de la Federació Catalana D’Entitats Corals (esto no me lo cuenta pero lo pone su tarjeta de visita), se vuelca en el relato de los pormenores de la historia de la vela y su relación con los correspondientes escenarios políticos y religiosos. Soy todo oídos.

Hay mucha más cera que la que arde, gracias a las suculentas enseñanzas de Don Jordi. Veamos. La cera se divide, para su mejor estudio, en tres grandes grupos, a saber: a)mineral, b)vegetal y c)animal. El sebo, que es grasa animal prensada, ya no se usa y es casi un sacrilegio nombrarlo en presencia de un cerero de estirpe. La parafina, un derivado del petróleo y por lo tanto perteneciente al grupo a), ha reemplazado prácticamente a los demás materiales utilizados para la confección de velas. La cera de abeja, durante añares la oficial de la Santa Iglesia, ha quedado como un capricho de purpurados florentinos. Cuando las abejas segregan cera, no hacen miel. En el tiempo que les toma exudar un kilo de cera elaborarían cincuenta de miel. Los apicultores, por lo tanto, reciclan la cera, la estampan con el clásico formato hexagonal y se la facilitan a las abejas para que no distraigan ni una pizca de energía productiva.

En la posguerra la vela estaba desprestigiada; era símbolo de escasez y racionamiento. Si actualmente goza de buena salud es por diversas razones, dos de las cuales apunta Don Jordi: 1) el factor hippie/cantautores, o sea la vela con mensaje, encendida como estandarte de la lucha compartida en pro de un mundo mejor y 2) la influencia noreuropea, o sea la vela mona como elemento de interiorismo y detalle de calidez hogareña. En Cataluña se diseñan y fabrican el 90% de las velas españolas. ¡We got the power! Hay fabricantes con diseñador en plantilla y está a disposición del público exigente la línea de velas firmadas por los diseñadores de más renombre, como Mariscal y compañía. ¿Llega la cosa, Don Jordi, a lanzar colecciones de Otoño/Invierno y Primavera/Verano? Casi sí, nos explica, ya que cuando se acerca el buen tiempo el cerero eficiente hace hincapié en la conveniencia de aprovisionarse de velas para jardín y piscina, sin olvidar las muy sugerentes velas flotadoras para estanque.

Una opción elegante para las cuatro estaciones es el candelabro de plata con velas negras, utilizadas por algunos con fines menos confesables que la decoración hogareña. ¿Rituales satánicos, Don Jordi? Le consta que sí, y que las hay con pelos de animales en su interior, destinadas a oscuras brujerías, aunque en la Cerería Subirá no se vende esa clase de velas. Nuestro experto en cirios se explaya sin disimular el orgullo y la emoción. La llama de un vela encendida –nos dice- sirve para conectar al hombre con su esencia y acercarlo a los demás y a Dios. Ese fuego epitomiza todos los fuegos y representa el hogar, la luz, el vínculo con el más allá y la vida misma. ¡Vaya! Bajo la influencia de tan apasionado discurso miro a mi alrededor y me dejo atrapar por una nube de sensaciones navideñas. Velas, velas, velas…. Las hay de todos los colores, aromas y formatos imaginables. Las tradicionales o de iglesia son las menos. La mayoría son de las que invitan al festejo y la cena de luxe y suscitan ecos de intimidades y placeres mundanos. Por cada vela pía hay nueve lúbricas, carnosas, non sanctas. Este individuo supone que aquellas de ahí, tan majas, que recuerdan a un torpedo, son las que usaría Exuperancia para una de sus entrañables muestras de amistad. El individuo lo piensa pero no lo dice, porque la gente cambia.

Tic-tac

Monday, November 24th, 2008

Hace 24 años Luis García, hijo de gallegos nacido en Buenos Aires, echó un vistazo al reloj giratorio del BBV de la Plaza Cataluña, aunque no había quedado con nadie. La costumbre. Se sentó en una mesa del bar Zurich. Christine Delforge, francesa del Canal de la Mancha, sentada en otra mesa, se fijó en él. Las mujeres suelen ser las que eligen. Un rato más tarde compartían la mesa y, desde entonces hasta hoy, la vida.
Tras el furibundo flechazo caminaron hacia la Plaza Urquinaona, rumbo a la casa de Luis. Al pasar por la Vía Layetana él le mostró el reloj luminoso que surge de la acera, una de las curiosidades de la muy cosmopolita Barcelona.
Luis compartía ese piso de la calle de Trafalgar con otros dos inmigrantes argentinos: Gustavo Imberti, descendiente de italianos y nacido en la provincia de Salta, y el cronista, híbrido de lituanos, moldavos y rusos; su apellido materno es Levín, lo cual lo emparenta con una de las doce tribus originales de Israel.
Había transcurrido un tiempo y las cosas se empezaban a enderezar, pero cuando se mudaron a ese piso los tres amigos dormían en el mismo colchón de una plaza –a lo ancho- con las piernas protegidas de las frías baldosas por capas de ropa y periódicos.
El Doctor Kulisevsky, de origen judío y centroeuropeo, nacido en Salta, Argentina, hoy un eminente neurólogo, era uno de los visitantes habituales de ese refugio de atorrantes, como ya ha sido relatado en éstas crónicas.
En esa época de shock adaptativo y búsqueda de tareas remuneradas el gallego, el italiano y el híbrido con pedigrí bíblico solían pasear por la ribera para fumarse un porro que otro y comentar la jugada: para darse ánimos. Alguno de ellos aún recuerda los repentinos silencios que se producían, durante aquellas conversaciones, al quedarse con la mirada fija en el reloj de la torre marítima de la Barceloneta. ¿Qué hora era en ese momento en Salta y en Buenos Aires?
Quien más, quien menos, todos prosperaron. Luis y Christine se fueron a vivir a Castelldefells. Ella se quedó embarazada. Tenía 22 años. Decidieron probar suerte en París, donde nació Marina García. En 1987 Luis, Christine y Marina regresaron a Argentina, que aparentaba atravesar un buen momento. En 2002, ante la grave crisis económica y social, volvieron a Barcelona, donde residen actualmente.
Marina García, una chica argentina nacida en París de padre gallego y madre francesa, conoció a Santiago Arroyo, un barcelonés del barrio de Gracia. Se enamoraron y se fueron a vivir a Castelldefells. Quedó embarazada a la misma edad y en el mismo lugar que su madre, qué casualidad.
A todo esto, Gustavo Imberti, el ítalo-salteño, había regresado a Argentina y había vuelto a volver a España, con su mujer y sus hijos. Ellos también viven en Castelldefells.
Hay que ver las vueltas que tiene la vida. El mundo gira como las agujas de un reloj. Los continentes van a la deriva por el océano. La India sigue incrustándose bajo la China, haciendo que el Himalaya sea cada vez un poco más alto. ¿Quién puede parar esto? ¿A quién le interesa detener el eterno discurrir de las partículas animadas e inanimadas? ¿Alguien se cree capaz de volver a aplastar el Everest?
Está en la naturaleza de las plantas, los animales y las personas el moverse de un lado a otro, buscando las mejores condiciones para desarrollar su vida. Pero aunque los atenazara un inmovilismo de un millón de años, acabarían lejos de casa, llevados por el desplazamiento de la corteza terrestre. Quizá haya por ahí algún universo estático. El nuestro es básicamente inquieto, marcado por la migración y el mestizaje (de las estrellas y los escarabajos). En la Tierra la cosa va in crescendo, en la medida en que la población aumenta y el globo se achica.
Hablando de achicar, Nicolasa Achicallende tenía 126 apellidos vascongados. Seguramente la adornaban un mogollón de virtudes, pero –a la vista de los hechos posteriores- es lícito suponer que fue su pureza racial lo que más conmovió a su marido, Sabino Arana.
Ver lejos, tener perspectiva histórica, es lo contrario de estar cegado por una perspectiva histérica.
Pero no nos internemos en berenjenales y volvamos a Barcelona, ciudad abierta. Como inmigrante que ama al país que lo acogió, el cronista se permite recomendar un par de paseos. El primero es para contemplar una escultura sita en la calle de Numancia, casi tocando la Avenida Diagonal. Forma parte del edificio de L’Illa y ocupa una escalera de entrada a las oficinas. Es un enorme reloj de metal dorado del que –diríase- han salido disparados los números, que entonces aparecen salpicados por aquí y por allá. Es una obra llena de humor y desparpajo, una de esas apuestas audaces que caracterizan a Barcelona.
La segunda recomendación es pasear por la calle de Taulet, encima del Cementerio del Este. En el número 17 hay una antigua masía con un reloj de sol y vestigios de frescos sobre la fachada: ahí la corriente de las horas solo se interrumpe los días nublados.
Relojes rústicos, artísticos, marineros, luminosos y giratorios. Cualquier rincón servirá para ver pasar a la gente -cada vez más variopinta- que puebla la ciudad y comprobar que el paso del tiempo puede ser un agradable cosquilleo.
Brindemos por el mundo que viene, un mundo en el que nadie debería sentirse extraño.
Feliz Navidad.

La Sinagoga Mayor de Barcelona

Monday, November 24th, 2008

Voy paseando por el Call de Barcelona –el antiguo barrio judío- con Miguel Iaffa, el factótum de la sinagoga de la calle Marlet. Me cuenta su historia.

“Mi padre era argentino, de Buenos Aires. En 1937 vino como voluntario a las Brigadas Internacionales. Llegó a ser Capitán Sanitario del Ejército Republicano, dirigiendo un hospital de campaña, en Marçà-Falset. Ahí nací yo, de madre catalana, en 1939. Mi padre estuvo un año preso, pero tuvo suerte, ya que era amigo de la infancia del chófer del presidente argentino Ortiz, a través del cual consiguió, primero, que no lo fusilaran, y luego, que lo liberaran. Cuatro años más tarde, después de unas cuantas peripecias novelescas, pudimos llegar a Buenos Aires. Allí crecí en el seno de la familia de mi padre, judíos de Lituania y Ucrania. Mi padre y sus hermanos llevaban su judaísmo con un gran orgullo. A veces, incluso, con un orgullo agresivo.

Me instalé en Barcelona en 1975. Desde chiquilín he sido un apasionado de la Historia; he leído mucho. Entre el ’72 y el ’73 hice un curso de Historia Medieval de Francia, en París, en la Escuela de Altos Estudios Históricos, dependiente de La Sorbone. Tengo una gran biblioteca sobre el tema de los sefarditas, un asunto que me interesa especialmente. La familia materna de mi madre sabía, por tradición oral, que eran judíos conversos. Descubrí al llegar a Barcelona que –desde el punto de vista de los estudios históricos- había un gran vacío en lo referente a su pasado judío. Los principales historiadores habían aportado datos muy escasos sobre la cuestión.

Yo paseaba todos los días por el Call intentando encontrar algún indicio que apuntara a la Sinagoga Mayor de Barcelona. Leí en el Talmud que las sinagogas debían tener uno de los frentes orientados hacia Jerusalén, con ventanales para que entrara la luz que ya había pasado por la Ciudad Santa. Eso me puso un poco sobre la pista. En 1985 me compré una brújula muy primitiva y seguí recorriendo el Call, hasta que un día descubrí, en la calle Marlet, un edificio que cumplía con todos los requisitos: un muro, entre dos ventanales, apuntaba al sudeste.

En 1987, el gran historiador Jaume Riera i Sants publicó un folleto editado por la Generalitat, llamado ‘Cataluña y los judíos’, en el que se incluía una foto del edificio que yo había identificado. Estaba basado en un documento del año 1400 en el que constaba el recorrido de un cobrador de impuestos del Call. Acababa justo en esa esquina de la calle Marlet. Me dije ‘bueno, yá está, ahora harán lo que hay que hacer para rescatar a la sinagoga’. Pero pasó el tiempo, pasó el ’92 y comprobé que no se hacía absolutamente nada.

Un día, en 1996, pude asomarme al recinto, ya que la puerta estaba abierta. Era un depósito de material eléctrico lleno de cosas obsoletas: un desastre. Averigüé. Estaba en venta. Con la ayuda de un buen amigo, pude comprar el edificio. Limpiarlo, llegar a ver piedras, fue un trabajo muy arduo. Pero ahí estaban…

Conocí a Jaume Riera i Sants, quien volvió a escribir un artículo sobre el Call y el recorrido del recaudador de impuestos. Tengo que decir que, a lo largo del proceso, la reacción de las instituciones fue desigual, aunque la nota dominante fue el escepticismo. Aunque quienes debieron haberse ocupado no lo hicieron, parecía que les molestara que la Sinagoga Mayor de Barcelona estuviera en manos de un particular. Pero claro, yo nunca imaginé que acabaría asumiendo ese rol; si lo hice fue para llenar un vacío.

Con unos cuantos amigos formamos una asociación para la recuperación de la sinagoga: Associació Call de Barcelona. Hicimos dos prospecciones arqueológicas por cuenta propia. Luego, a través de Pilar Rahola, a la sazón Regidora de Turisme y Comerç, conseguimos que el Ayuntamiento financiara la tercera exploración arqueológica. Sacamos sesenta toneladas de tierra y acabamos de corroborar, in situ, que nuestras previsiones eran correctas. Por supuesto, las obras costaron mucho más caras que lo que cubría la subvención, con lo cual aún estoy endeudado. A cada santo una vela, como dice el refrán.
Llegar a ver las antiguas piedras fue un éxito. La segunda gran satisfacción fue comprobar, mediante una cata arqueológica, la presencia de restos de la época romana. Es muy probable que el recinto ya fuera sinagoga en el siglo tres -un edificio público orientado hacia el foro romano- lo cual la convertiría en la presencia judía más antigua de Europa”.

Hay un milenario y todavía vibrante componente judío en el alma de Cataluña. El cronista recuerda como sintió la vigencia de ese espíritu al llegar a Barcelona, su sorpresa al descubrir la coincidencia de tantos rasgos idiosincráticos. ¡Si hasta los mismos chistes que escuchaba en su juventud porteña, nieto de judíos lituanos, rusos y moldavos –chistes sobre judíos- los volvió a escuchar aquí convertidos en chistes sobre catalanes!

La antigua Sinagoga Mayor de Barcelona, primorosamente recuperada, se puede visitar en la calle Marlet, 5. Para consultar horarios y actividades, llamar al 93 317 0790.

Sienta la cabeza

Monday, November 24th, 2008

Me analizo porque lo necesito y para honrar la tradición. Provengo de Villa Freud, un barrio de Buenos Aires popularmente rebautizado así porque cuenta con la mayor proporción de psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras y psicogaitas por habitante del mundo entero.
Natalia Idelsohn, la psicoterapeuta que lleva mi caso, me sugirió que escribiera sobre la psicóloga Fafá Franco. Ellas no se conocen por afinidad profesional sino porque la hija de Natalia, Diana Machado –mi compañera de clases de claqué en otro barrio de Buenos Aires, hace casi 30 años- realizó un vídeo sobre el espectáculo “Sienta la cabeza”, protagonizado por Fafá, Cécile Ribas y Nick Prescott.
La cita es en la calle de Bellafila, al costado del Ayuntamiento. Llego a la zona con una hora de antelación, para explorarla. Cada vez que lo hago flipo con la flipación flipógena, para entendernos. Mi primer hogar en Barcelona estaba a pocos pasos de aquí, en la calle de Marquet. Hace 26 años esto era un hervidero de yonquis y bolsas de basura reventadas contra los adoquines. Cada portal oscuro que servía de refugio al club de la jeringa es hoy una galería de arte, una tienda sofisticada o un bar en el que apetece tomarse un capuccino. Como en los cascos antiguos de las principales ciudades europeas.
Los miembros del trío me cuentan su vida.
Fafá Franco es oriunda de Sâo Paulo, Brasil. Trabajaba en una peluquería y decidió estudiar psicología. Una vez licenciada consiguió un puesto en una clinica para drogadictos. Se le ocurrió reforzar la terapia cortándole el pelo a los pacientes, con lo cual la incidencia sobre sus cabezas pasó a ser tanto interior como exterior. A continuación se dedicó a educar niños de la calle, a los cuales también hacía la coiffure: así acortaba distancias y les apuntalaba la autoestima. Hace doce años se vino a Barcelona a estudiar peluquería, actividad en la que –hasta ese momento- había sido autodidacta.
Cécile Ribas es de un pueblecito de Ibiza llamado Sant Agustí. Estudió Bellas Artes y se radicó hace tres años en Barcelona, donde tiene su propio taller de escultura. Su biografía es así de corta y contundente.
Nick Prescott nació en Edimburgo, Escocia. Toca el piano, la guitarra, la mandolina y la computadora. Miembro de un grupo que fusionaba bluegrass con cajun llamado “Swamp Trash” (“Basura del Pantano”) –ahí es ná- que llegó a editar dos álbumes, al disolverse la banda decidió venirse a España a enseñar inglés. Entre Madrid y Barcelona eligió a la segunda por el mar, hace trece años. Desde entonces ha ido insertándose en la escena musical barcelonesa. En su trayectoria figuran bandas sonoras para exposiciones y eventos variopintos, como las manifestaciones contra la guerra de Irak, a las que aportó un montaje de resonancias bélico/apocalípticas.
¿En qué consiste el espectáculo “Sienta la cabeza”?
Nick –nombre artístico: Mercurio- vestido de duendecillo cósmico, es el disc jockey. Cécile y Fafá, ataviadas como hadas intergalácticas, se deslizan seductoramente al ritmo de la música e invitan al público a pasar al tocador. “¿Corte o peinado?” es la frase clave y prácticamente lo único que dicen durante las tres horas de función.
Los niños levantan la mano primero, claro. No temen al ridículo, les encanta disfrazarse y pillan al vuelo cualquier propuesta lúdica (con perdón de la palabra). Pero la nave empieza a orbitar cuando algún adulto salta al ruedo.
Las dos sacerdotisas de un reino perdido pulverizan cualquier distinción entre escultura, maquillaje y peluquería. Trabajando en estéreo, cada una en su tocador, convierten las testas de sus encantadas víctimas en instalaciones, parques temáticos, fallas valencianas.
Sus obras pueden ser abstractas o figurativas, barrocas o minimalistas, tradicionales o vanguardistas. Lo mismo puede decirse de los sonidos generados por Nick.
Si hay mucho pelo tanto mejor, pero en realidad sólo hace falta tener una cabeza para servir como materia prima. Fafá y Cécile son capaces de convertir en reina por un día al mismísimo Calvo Sotelo.
Las primeras esculturas vivientes se reintegran al público
y los voluntarios se multiplican. El ambiente es saludablemente orgiástico y carnavalesco. Respetables abuelas, el señor de la óptica, todo el mundo ofrece la cabeza y el ritual sube de tono.
El clímax suele alcanzarse cuando un valiente acepta que se le corte el pelo. No vayan a pensar que siempre es el punki alucinado del pueblo que pretende ahorrarse la peluquería. Ecologistas de tomo y lomo, antropólogas diplomadas, policías municipales: cualquiera puede contagiarse la locura y entregar su cuerpo al altar de los sacrificios.
He visto el vídeo de Diana Machado y el álbum de fotos del trío. Mi tocado favorito es uno en el que la cabeza se convierte en una isla desierta con dos palmeras; entre ellas, una cuerda con ropa colgada: super mono.
Al día siguiente de la función, si el trío aún está por ahí –festivales de teatro, fiestas mayores, etc.- no es raro que vean a alguien luciendo todavía su peinado. ¿Ha dormido colgado de una percha? ¿Ha pasado la noche en vela para prolongar todo lo posible su inmersión en la otredad? No es fácil aceptar que uno ha sido el portador de una instalación de arte efímero. Has flipado con la flipación flipógena y no quieres que se acabe.

Rita Clip

Monday, November 24th, 2008

Esta crónica empieza en el Puerto de Sagunto, en plena reconversión industrial. Dos adolescentes, hijas de obreros metalúrgicos afectados por los ajustes impuestos por la UE, se enfrentan a los “grises” junto a sus compañeros/as de clase. Hay tirachinas que lanzan bolas de acero y otras armas surgidas del ingenio popular.

Pilar Sanz y Nuria Monferrer, hoy a cargo de la dirección bicéfala de Rita Clip, la productora de videoclips más importante de España, recuerdan los dramáticos sucesos poniendo énfasis en la vertiente festiva. “El Puerto de Sagunto era un pueblo nuevo, sin historia, creado por trabajadores llegados de toda España para trabajar en la siderurgia. Se celebraban –por lo tanto- muchísimas fiestas: el Rocío, la Virgen de Begoña, la Pilarica, las fallas… todas con asistencia masiva. El 90% de los jóvenes estudiábamos, porque no había tradición de huertos ni negocios familiares, los sueldos eran buenos y los obreros de izquierda, ya se sabe, envían a sus hijos a la Universidad. En la lucha estábamos todos. La policía tiraba botes de humo y balas de goma y la gente lanzaba váteres y bidets desde las azoteas. Una vez el pueblo entero secuestró a un dirigente del I.N.I. (Instituto Nacional de Industria) y para que la policía no cargara se formó un cordón de falleras, ya que, por lo visto, los ‘grises’ no podían reprimir a gente con traje regional”.
Este es el espíritu de Rita Clip.

Nuria y Pilar se fueron primero a Valencia a estudiar Bellas Artes. La especialidad de Imagen y Sonido se impartía en Barcelona, y por eso la crónica continúa –desde entonces- en la capital de Cataluña.
Como trabajo de fin de curso hicieron un videoclip del grupo Brighton ’64, un dibujo animado. Ganaron el primer premio del Festival Internacional de Video Musical de Vitoria. El segundo clip, para Los Rebeldes, ya fue un encargo profesional, con presupuesto de rompe y rasga. Pagaron de su bolsillo el tercero, para el grupo de un amigo, llamado Machine Gun. Volvieron a ganar el primer premio del Festival de Vitoria.

Corría 1988 y esa llamada del destino ya era imposible de ignorar. Desde entonces las Rita Clip han realizado 178 videoclips, ilustrando canciones de –entre otros- Ketama, Cómplices, Radio Futura, Juan Luis Guerra, Kiko Veneno, Danza Invisible, La Unión, Revólver, Alejandro Sanz, Andrés Calamaro, Presuntos Implicados. El Chaval de la Peca, Isabel Pantoja, Marta Sánchez, La Barbería, Café Quijano, Armando Manzanero con Lolita, Bertín Osborne y Sergio Dalma.
La inmensa mayoría de estas mini películas fueron rodadas en Barcelona, ciudad que alienta los rodajes e incluso cuenta con un slogan ad hoc: “Barcelona, ciudad plató”. Pagando, claro. Solo por sacar los bártulos a la calle, 75.000 machacantes de las de antes. Si se corta la calle, si hacen falta camiones, si se usan vallas, si tiene que estar la Guardia Urbana, el precio se va incrementando. Los trámites se complican si el rodaje es en el puerto, en una estación de tren o en un parque.

“Una vez nos pusimos a trabajar en un paraje perdido de Collserola, sin permiso, y al rato apareció la policía. Nada, que Barcelona no es como Madrid, donde la gente va en moto sin casco. Aquí te pillan en seguida y sacan el talonario de las multas”.

Por deformación profesional, Nuria y Pilar viven localizando. Todo lo filtran a través del prisma de los posibles rodajes. Ciento setenta y ocho son muchos clips, y no vale repetir el paisaje. “Cataluña es muy generosa en localizaciones. Hay playa, montaña, nieve, desierto, bosque, naves industriales, grandes rascacielos, locales super fashion, museos emblemáticos, arquitectura antigua y de vanguardia. Es cosmopolita, la gente es muy moderna, con muy buenas pintas, y encuentras los mejores profesionales de cada especialidad”.
¿Ser valencianas en Barcelona? “Aquí nos llaman ‘las valencianas’ y en Valencia ‘las catalanas’. Creo que nunca perderemos ese punto fallero, excesivo, estrafalario, destarifado…”.
¿Qué?
“Destarifado es un término valenciano que significa extravagante, loco, colorista, festivo. Al mismo tiempo, de cara a Madrid, de donde provienen muchos de nuestros encargos, tenemos un plus de pedigrí por ser de Barcelona: dan por sentado que aportaremos seriedad, elegancia, diseño. Y es verdad, qué coño”.
Y discreción. Las Rita Clip están en la trastienda con los artistas más famosos y son sumamente escrupulosas a la hora de soltar prenda. Insistiéndoles mucho, cuentan muy poco. “La Pantoja se despidió de nosotras con un ‘¡Visca el Barça!’ Con eso –suponemos- quiso piropearnos y decir que le había gustado el rodaje. Con ella hay que usar muchas cámaras, porque trabaja un ratito y ya está. Calamaro, en cambio, no quería parar. Rodamos en el Acuario y acabamos ahumadas y agotadas. Con Alejandro Sanz estuvimos antes de ‘Corazón partío’, o sea que era famoso pero no la macro-star que es ahora. Salimos de marcha y nos pareció que estaba un poco mosqueado porque nadie lo reconocía, nadie le decía nada. En Madrid ya no podía caminar por la calle. Y es que, claro, estábamos en un sitio de moda y los barceloneses son muy sobrios. Marta Sánchez paró el rodaje para que le trajeran un caramelo de fresa, porque quería tener la lengua rosa. Los Ketama desaparecieron a las siete de la tarde: se fueron al bar de al lado a ver el partido. Raimundo Amador llevaba trescientas mil pesetas en cada calcetín, porque no confía en los bancos. Y no te contamos más”.

Predicando el evangelio

Monday, November 24th, 2008

En un mundo ideal, Aznar no solo recibiría al Dalai Lama, sino que ambos meditarían juntos, en posición de loto. Sonarían campanitas: cling-clang, cling-clang. Álvarez Cascos, retirado de la política, regentaría una piscifactoría en Asturias.
En ese mundo la historia de Alfredo Lorenzo no tendría mayor interés.
Pero vivimos en mundo cruel, amigas y amigos, y por eso les voy a contar cómo un economista con una próspera empresa familiar dedicada a la venta de textiles, con local propio en el populoso barrio de Sants, prefirió dedicar su vida a predicar el evangelio de la música brasilera.
Estudiaba arquitectura y escuchaba Radio Juventud. Ya estaba empezando a hartarse de tanto pop y rock anglosajón. Un día emitieron un especial sobre Brasil y algo -¡flas!- se encendió en su interior.
La revelación se produjo durante un tema de Vinicius de Moraes, Toquinho y María Creuza. “Era una música, cálida, natural, intimista, sofisticada, rica en ritmo, melodía y armonía: no se le podía pedir más a una canción. Era como susurrarle cosas al oído a tu chica”.
Corrió a la tienda de Discos Castelló de la calle Tallers, que funcionaba en un portal, y se agenció todo lo que tenían. Se volvió loco. No lo supone el cronista, lo afirma el afectado. “Me volví loco, recorrí todas las tiendas, incluyendo las de segunda mano, buscando más material”.
Era el final de los ’70 y no había gran cosa editada. Su padre viajaba a París para ver las colecciones de telas y aceptó llevarlo consigo. “Hay un tema de Vinicius en el que va nombrando a sus amigos y colaboradores. Yo tomé nota de esos nombres, suponiendo que todos habrían grabado un disco, y me fui a París con la lista. Conseguí uno de Caetano y otro de Cartola, el viejo sambista”.
Cursó cuatro años de arquitectura y abandonó. ¿Para hacer el vago y hartarse de vino? No, amigas y amigos, para estudiar Ciencias Económicas, carrera que finalizó sin contratiempos. Por entonces se involucró en la tienda de tejidos, pero el bichito ya le había picado y el magma sagrado iba fermentando.
Otra vez la radio jugó un papel clave en lo que respecta a la vocación de nuestro cruzado. “Había –y todavía hay- un programa de Carlos Galilea en Radio 3 llamado ‘Cuando los elefantes sueñan con la música’. Lo emitían los sábados y los domingos de 8 a 9 de la mañana. Yo ponía el despertador para escucharlo y grabarlo, sin faltar un día. También oía ‘Trópico utópico’, presentado por Rodolfo Poveda, en la misma radio. Me puse en contacto con ellos y confirmé lo que sabía por experiencia propia: la mayoría de esos increíbles discos brasileros no estaban editados en España, era muy difícil conseguirlos. Eso me dio una idea”.
Le pidió un préstamo a su padre y se lanzó a importar y distribuir música brasilera. ¿Por todo lo alto, fumando un habano, con dos mulatas en el jacuzzi?
No, amigas y amigos, desde abajo, con la humildad y el tesón de una hormiga. Haciendo paquetes, acarreando discos, repartiendo octavillas en los conciertos.
Así nació Tangará, en una habitación de la casa de Alfredo. Hoy es –probablemente- la empresa más importante del mundo en su campo. No lo afirma el cronista, ni tampoco, por supuesto, nuestro apóstol. Lo dicen la prensa de Brasil, los especialistas, los más destacados artistas brasileros y los iniciados al culto que le piden discos desde cualquier rincón del mundo.
Al parecer, Dios premia a los que prefieren ser antes que tener, a los que eligen propagar la voz celestial que les ha sido revelada: Alfredo conoció a su bella novia Ignacia, abogada y entusiasta radical de los sonidos brasileros, cuando ella recogió del suelo una de esas octavillas y llamó a Tangará para comprar discos. Batucada por aquí, berimbau por allá, una cosa trae la otra: cling-clang, cling-clang.
Para entender la dimensión de Tangará hay que tener en cuenta lo descomunal que es el universo musical de Brasil. Si solo fuera por Caetano Veloso, Antonio Carlos Jobim, Joao Gilberto, Chico Buarque, Gilberto Gil y el carnaval de Río no tendría sentido la misión evangelizadora de Alfredo. El catálogo de Tangará tiene miles de referencias. Además del samba, la bossa nova y los cantautores consagrados hay docenas de otros palos, estilos y tendencias.
Pero Alfredo va todavía un poco más allá: escucha todo lo que se edita y nos preserva de las horteradas, de la pachanga cutre, de las vulgaridades romanticoides, de las baratijas turísticas, de Operaçao Triunfinho. De la mala música brasilera, que también hay. “Procuro que esa criba no sea una censura”, aclara –innecesariamente- nuestro santo varón.
Buen trabajo, Fred.
El tangará es un pajarillo de aquellas tierras, con un canto sorprendemente elaborado que recuerda a un flautista de la especie humana. Alfredo le puso su nombre a la empresa y al cronista le llama mucho la atención ese hecho: alguien cuya meta principal fuera enriquecerse, amigas y amigos, nunca bautizaría a su empresa con un sinónimo –en argot- de “estafará”.
Tangará vibra en otra frecuencia de onda, es una melodía, es el emisario de un planeta que late al ritmo de los sueños: cling-clang, cling-clang.
El que acuda a Alfredo Lorenzo para iniciarse o para alimentar su amor por la música brasilera, que tenga por seguro que no será tangado. Teléfono: 93 405 3979.

La policía montada

Monday, November 24th, 2008

Los jinetes, en formación equidistante, se ponen de pie sobre sus caballos. Luego les mandan que se hagan los muertos. Se sientan encima de sus cuerpos inertes. A continuación les ordenan que se incorporen; mientras lo están haciendo se deslizan encima y acaban montados como si nada.

Este despliegue de habilidad circense es una de las rutinas de la Unidad Montada de la Guardia Urbana de Barcelona. Están ensayando para las exhibiciones que harán próximamente en Londres, durante el International Horse Show. En este torneo hípico ejecutarán una especie de ballet ecuestre a lomos de 18 magníficos corceles de pura sangre española. Mitad tordos, mitad alazanes.

¡Cuántas veces ha pasado este cronista por la esquina de la calle Wellington con el Paseo de Circunvalación sin sospechar las maravillas que se cocían allí dentro! Los aromas salvajes del Zoo –sus vecinos- se mezclan con los más familiares de la caballada. Los establos y las demás dependencias de este cuerpo funcionan en un edificio construído para la Exposición Universal de 1888, recientemente reacondicionado.

Aquí todos son policías y todos son jinetes. Cincuenta efectivos (tres son mujeres) y 39 caballos. Para llegar a esta unidad no hay ningún atajo. Primero hay que pasar por la Academia, luego currarse un año la calle –con todo lo que ello trae aparejado- y finalmente optar a una plaza, cuando se produce una vacante. Una vez dentro, hay cierto glamour en el desfile con las casacas rojas, los bruñidos cascos con penacho blanco, los correajes y las botas bien lustradas. También hay mucho cepillar crines y acarrear estiércol. Y cuidar la salud de los caballos, lo que no es moco de pavo: estas magníficas bestias son delicadas de estómago.

Los jinetes de la Montada salen a patrullar los parques y acuden allí donde su presencia imponente pudiera resultar disuasoria. También resultan útiles para resolver entuertos donde solo un caballo llega, como por ejemplo la Sierra de Colserola. Desfilan con su propia banda de música en diversos actos ceremoniales y protocolares de la ciudad y efectúan las exhibiciones de alta doma como la que ensayan el día de la visita del cronista.

Ceferino Carrere es el guarnicionero o talabartero. Su misión es fabricar los diferentes elementos de cuero que identifican a jinetes y caballos como miembros de esta unidad. Lo único que se compra hecho son las monturas. Lo demás se elabora artesanalmente según las técnicas tradicionales, en un taller deliciosamente anacrónico y endiabladamente envidiable como tajo. Una gran ventana semicircular se abre sobre la arboleda circundante. Las herramientas propias del metier cuelgan de las paredes, donde también se acumulan las riendas trenzadas y demás parafernalia ad hoc. Un entorno anti estrés por excelencia. Ceferino, guardia urbano y jinete, aprendió a lidiar con los cueros de un antecesor. Durante los ensayos de doma hace de disc-jockey. Y cuando hay visitas de colegiales ejerce de cicerone. Su polivalencia y dedicación ejemplifican el espíritu del cuerpo.
El ensayo de la banda también impresiona como un agradable viaje por el túnel del tiempo. Seguramente habrá un teléfono móvil en algún bolsillo, pero nada de lo que se ve o escucha recuerda al siglo veintiuno. Marchas militares, instrumentos de viento, bombos y platillos. Una de las tres integrantes femeninas del cuerpo toca en la banda y también participa en la exhibición ecuestre. Ángela Guillén es rubia, simpática y bien parecida. Viéndola cabalgar y ensayar con la banda es fácil olvidar que, llegado el caso, podría inmovilizar y esposar a un presunto delincuente.

Rufino López, jefe de la unidad, participa en el ensayo de doma como uno más del escuadrón. Hoy el director de las prácticas -y guía del cronista en el descubrimiento de este micromundo- es el tercero de a bordo, el sargento Pedro Velázquez. Abogado, trompetista (aprendió en la banda) y consumado jinete, tiene muchas cosas interesantes que contar.

“El Carrusel, la coreografía ecuestre que hemos ensayado hoy, se creó en 1910 para homenajear a Alfonso XIII, una vez que vino a Barcelona. Desde entonces se repite con pocas variaciones. Es un espectáculo que hacemos cada año en la pista hípica municipal de La Fuixarda, en Montjuic. Hemos viajado con él por España y toda Europa. La Policía Montada de Canadá, por ejemplo, tiene una exhibición muy vistosa, con 36 caballos negros, pero a nivel de habilidad individual les llevamos la delantera. Modestia aparte, lo que hacemos es único en el mundo, dentro del ámbito de las policías montadas. En Madrid tienen algo parecido, pero es bastante reciente y basado en lo que hacemos aquí. Nosotros existimos desde 1856, hay mucha experiencia acumulada. Esta es una unidad muy vocacional. Los que disfrutamos con los caballos estamos encantados de pertenecer a ella. Todos los que llegan habían tenido algún contacto con el mundo de la equitación, pero no hace falta ser un experto. Aquí aprendemos lo necesario para ser un jinete de exhibición. Y qué duda cabe: trabajar en este rincón de la ciudad es un privilegio. A ciertas horas del día se oyen los gritos de los primates; a veces llegas a creer que entiendes lo que dicen”.

Paz y amor

Monday, November 24th, 2008

¿Cómo calibrar el chorro de bondad purísima que fluye de mi corazón?
No es tarea fácil. Digamos que mi entrega desinteresada a la causa de la hermandad universal es muy superior a la de Mahatma Ghandi aunque, obviamente, inferior a la de Carod Rovira.

Vivo por y para la paz del mundo, hasta el punto de que llevo una paloma tatuada en….un lugar del cuerpo. Y así voy flotando por la ciudad con mi bagaje de amor incandescente a flor de piel, canturreando villancicos.

Al llegar a la Plaza del Pino me detengo frente al escaparate de Ganivetería Roca. Mientras recorro las hileras de navajas, primorosamente ordenadas de mayor a menor, mis ojos empiezan a girar como tómbolas al tiempo que la sangre se me encabrita con fervor abismal.

En un tris dejo atrás el reino del arco iris y me lanzo al cuello de un bisonte prehistórico. Lo degüello, lo desollo y me lo como crudo. Luego me cubro con su piel ensangrentada y me alejo silbando, daga en mano.

La mera visión de una fantástica colección de navajas remueve con facilidad, en mi caso, las delgadas capas de civilización que me separan del eslabón perdido. Esos frágiles cimientos se volatilizan al instante con solo contemplar un buen despliegue de cuchillos.
Le lanzo esa inquietud a Sebastiá Serrano, gerente de esta tienda emblemática de Barcelona, fundada en 1911. ¿Soy el único que se excita (de esa manera que emparenta al sexo con la violencia) al acariciar con la vista los productos aquí expuestos?
El hombre ríe, condescendiente, y me tranquiliza. “La fascinación por estos objetos está muy generalizada. La navaja tiene un componente mágico, con diferentes connotaciones según las culturas. En Marruecos no se puede regalar una navaja a un amigo porque dicen que corta la amistad. Soy de fuera de Barcelona y de pequeño, cuando venía con mis padres, siempre me escapaba para ver este mismo escaparate. De todos mis viajes vuelvo con alguna navaja hecha por los artesanos locales”.

Mi interlocutor es licenciado en Matemáticas, aunque nunca ha ejercido como tal. En cambio ha sido –durante 8 años- guía de montaña. Supongo que entonces llevaría consigo la clásica suiza multiusos, aquellas que tienen hasta una lupa con la que encender un fuego en caso de extravío y peligro de congelamiento.
“Pues no. Lo ideal es una navaja pequeña, liviana y de muy buena calidad. Si tengo que hacer fuego uso el cristal de las gafas. Aunque lo mejor es llevar mechero y cerillas de repuesto, para qué engañarnos”.
En Ganivetería Roca se pueden encontrar hasta 9000 instrumentos cortantes, desde las clásicas navajas de afeitar a las tijeras más especializadas. El producto que más se despacha es el cuchillo de cocina, claro. Los puñales que brillan tras las capas solo se encuentran ya en las novelas de Arturo Pérez Reverte.

Sin embargo que sepan los románticos y los amantes de la aventura que la mitad de las navajas que venden son de coleccionismo. Las Laguiole, por ejemplo, son unas navajas francesas muy buscadas por los iniciados en estas lides. Curiosamente, hay clientes franceses que vienen a comprarlas a Roca, ya que aquí disponen de más modelos que muchas cuchillerías galas.

¿Busca Usted una Laguiole con el mango de mamut fosilizado y la hoja damasquinada? ¿Cómo ha podido vivir hasta ahora sin ella? ¿Qué son mil euritos de nada? En Roca hay unas cuantas para elegir, cada una con su correspondiente certificado.

Ningún atracador se ha atrevido a asaltar esta tienda. Podría haber en ese momento un lanzador de cuchillos entre la distinguida clientela. Para un profesional de ese ramo, amenazar a Roca sería como mentarle a la madre. Los ladrones, prudentes, se abstienen.
Expongo mi pequeña Chamaco, que llevo siempre en el monedero, al escrutinio del mentado Serrano y de Lluis Torrente, empleado de la firma desde hace años, responsable de la tienda y el taller y autor de los magníficos y magnéticos escaparates. Noto que intentan no ofenderme. “Sencillita, no está mal, lleva bloqueo interno…”. En fin, la culpa es mía por preguntar.

Me cuentan que en Francia todavía hay muchos señores que llevan su navaja al restaurante. Cada hombre tiene la suya propia. Quizá no en el centro de París, tal vez en medios más rurales, pero la tradición se mantiene. Si es necesario cambian las hojas pero mantienen las cachas, probablemente pasadas de padres a hijos.
Roca es una cuchillería en la que se saca número. La gente hace cola. Hay sillas muy señoriales para aliviar la espera y no es raro ver en ellas a alguna señora tejiendo calceta. Muchos clientes vienen en épocas navideñas sin saber exactamente qué comprar. Confían en que aquí se les recomendará un instrumento sólido y atractivo, ajustado a su presupuesto.

No hay otro establecimiento en el mundo que venda más navajas de afeitar, el producto por excelencia de Ganiveterías Roca. El kit se completa con el cuero de afilar y la brocha, que ha de ser, para contentar al caballero exigente, de pelo de tejón. Una vez alguien pidió un cuchillo pastelero que al cortar la tarta canta el “Happy Birthday”. ¡Pero por favor! Por supuesto que en Roca no venden esas chorradas.