Mi barrio es el mundo

¿En qué mundo vivo? Me lo pregunto porque quiero saberlo. Leo libros y periódicos, veo la televisión, navego por internet, escucho la radio. Recibo una impresión general de la situación, sé lo que está pasando allí fuera. Pero no es suficiente. Necesito conseguir mis propios datos, comprobar la realidad de un modo directo. Quiero saber en qué mundo vivo y abro la ventana todas las mañanas para asomarme, mirar y sentir. La meta final es ver, saber.
Vivo en Barcelona, a pocos metros del Camp Nou. Ayer hubo partido y está todo lleno de basura. Me gusta mucho el fútbol. Es un espectáculo fabuloso. La habilidad combinada de los jugadores produce destellos de auténtica magia. Me gusta tanto ver un buen partido como aborrezco a las masas enardecidas que disfrutan con las buenas jugadas de su equipo pero sufren con las genialidades del contrario. Se diría que, presas de una pulsión primitiva, tribal, nacionalista, son incapaces de gozar del buen fútbol. Solo les satisface el fracaso del contrario. En las gradas del Camp Nou no puedo demostrar que me dan placer los aciertos de Figo, Raúl o Zidane. Tengo que disimular, para evitar ser linchado por la turba enfebrecida. Prefiero que gane el equipo de mi barrio, pero no tanto como para dejar de apreciar el arte del oponente: debo ser un bicho raro.
Hace poco instalaron en la zona los contenedores para residuos orgánicos, identificados con el color naranja. Pusieron anuncios en todos los portales avisando dónde y cuándo funcionarían los centros de información referentes al nuevo servicio. Fuí, me dieron un cubo especial, unas cuantas bolsas y los datos pertinentes. A partir de entonces en casa separamos la basura orgánica y la tiramos donde corresponde. ¡En ese contenedor no he visto ni una sola de las bolsas naranjas y sí montones de latas, botellas, cartones, etc! Al parecer, mis vecinos no están por la labor. ¿Cómo se llamaba aquella película en la que un ama de casa sonriente asesinaba a los vecinos que no reciclaban? No llegaría tan lejos, pero me gustaría decirles un par de cosas. Vivo en un mundo en el que la gente critica por norma a los políticos, dando por supuesto que todos están ahí para enriquecerse y medrar. Pero son incapaces de untar el pan con tomate y reciclar los restos para preservar a nuestro planetita azul del desastre que se nos viene encima. ¡Ay!
Abro la ventana, salgo a la calle, hablo con la gente. Intercambio información insustancial con la panadera y el kiosquero. El texto puede ser anodino, pero el subtexto es material de primera. Las sonrisas de ida y vuelta están hechas de la mejor de las sustancias. En mi escalera hay rumanos, colombianos y argentinos. Se habla catalán y castellano. Vivo en un mundo impuro y me gusta.
Tengo tantas razones para despotricar contra la humanidad como para reconciliarme con ella. Detecto la misma cantidad de señales preocupantes y alentadoras. Pensando en frío, la suma de las estupideces colectivas parece conducir a la debacle. Sin embargo, el intercambio directo con la vida circundante produce un sentimiento cálido que propicia una visión optimista.
No será fácil, pero creo que saldremos de ésta. Es probable que nos aguarde un futuro mejor. Incluso si el Barça no gana la Liga.

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