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Mi barrio es el mundo
Por Sergio Makaroff
¿En qué mundo vivo? Me lo pregunto porque quiero
saberlo. Leo libros y periódicos, veo la televisión,
navego por internet, escucho la radio. Recibo una impresión
general de la situación, sé lo que está
pasando allí fuera. Pero no es suficiente. Necesito
conseguir mis propios datos, comprobar la realidad de un modo
directo. Quiero saber en qué mundo vivo y abro la ventana
todas las mañanas para asomarme, mirar y sentir. La
meta final es ver, saber.
Vivo en Barcelona, a pocos metros del Camp Nou. Ayer hubo
partido y está todo lleno de basura. Me gusta mucho
el fútbol. Es un espectáculo fabuloso. La habilidad
combinada de los jugadores produce destellos de auténtica
magia. Me gusta tanto ver un buen partido como aborrezco a
las masas enardecidas que disfrutan con las buenas jugadas
de su equipo pero sufren con las genialidades del contrario.
Se diría que, presas de una pulsión primitiva,
tribal, nacionalista, son incapaces de gozar del buen fútbol.
Solo les satisface el fracaso del contrario. En las gradas
del Camp Nou no puedo demostrar que me dan placer los aciertos
de Figo, Raúl o Zidane. Tengo que disimular, para evitar
ser linchado por la turba enfebrecida. Prefiero que gane el
equipo de mi barrio, pero no tanto como para dejar de apreciar
el arte del oponente: debo ser un bicho raro.
Hace poco instalaron en la zona los contenedores para residuos
orgánicos, identificados con el color naranja. Pusieron
anuncios en todos los portales avisando dónde y cuándo
funcionarían los centros de información referentes
al nuevo servicio. Fuí, me dieron un cubo especial,
unas cuantas bolsas y los datos pertinentes. A partir de entonces
en casa separamos la basura orgánica y la tiramos donde
corresponde. ¡En ese contenedor no he visto ni una sola
de las bolsas naranjas y sí montones de latas, botellas,
cartones, etc! Al parecer, mis vecinos no están por
la labor. ¿Cómo se llamaba aquella película
en la que un ama de casa sonriente asesinaba a los vecinos
que no reciclaban? No llegaría tan lejos, pero me gustaría
decirles un par de cosas. Vivo en un mundo en el que la gente
critica por norma a los políticos, dando por supuesto
que todos están ahí para enriquecerse y medrar.
Pero son incapaces de untar el pan con tomate y reciclar los
restos para preservar a nuestro planetita azul del desastre
que se nos viene encima. ¡Ay!
Abro la ventana, salgo a la calle, hablo con la gente. Intercambio
información insustancial con la panadera y el kiosquero.
El texto puede ser anodino, pero el subtexto es material de
primera. Las sonrisas de ida y vuelta están hechas
de la mejor de las sustancias. En mi escalera hay rumanos,
colombianos y argentinos. Se habla catalán y castellano.
Vivo en un mundo impuro y me gusta.
Tengo tantas razones para despotricar contra la humanidad
como para reconciliarme con ella. Detecto la misma cantidad
de señales preocupantes y alentadoras. Pensando en
frío, la suma de las estupideces colectivas parece
conducir a la debacle. Sin embargo, el intercambio directo
con la vida circundante produce un sentimiento cálido
que propicia una visión optimista.
No será fácil, pero creo que saldremos de ésta.
Es probable que nos aguarde un futuro mejor. Incluso si el
Barça no gana la Liga.
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