El viaje

Vuelo de Buenos Aires a Madrid. De día: no conseguí pasaje nocturno. Doce horas de viaje. No me puedo concentrar en la lectura, no tengo con quién charlar. Hace más de diez años que no tomo ninguna sustancia de las que alteran la conciencia. No tengo sueño. No hay escapatoria.
Mi miedo a volar no es patológico, pero casi. Vuelo, pero no puedo evitar pensar en lo indefenso que estoy. Me creo capaz de reaccionar bien en un accidente de coche o de tren. Podría saltar una décima de segundo antes de que la chapa se clavase en mi carne. O en caso contrario hacerme un torniquete con un pedazo de camisa y respirar hondo mientras llegan los bomberos con sus grandes tenazas. Creo honestamente que hubiera sobrevivido al tsunami indonesio. Sé nadar, tengo sangre fría. A veces me pongo histérico por gilipolleces, pero en los accidentes sale lo mejor de mí.
En un avión estoy jugado. Soy una marioneta en las manos del destino. Me enfrento a mi condición de mortal, constato mi fragilidad.
Quizá sea posible hacer de este atolladero una experiencia positiva. ¿Qué necesito para lograrlo? En primer lugar, aceptar que estoy en las volátiles manos del azar. Ya está.
Contemplar la posibilad de palmarla me hace sentirme muy vivo. Después de todo, ya sabía que la muerte tiene un lado bueno: le da sentido a la vida. Lo que quieren los inmortales es morir. Eso queda muy claro en el cuento de Borges.
Soy.
Oye, es una sensación agradable. Soy una persona y no tengo miedo. Me gusta ser. No me hace falta pensar en otra cosa. Puedo dejarme invadir por el hecho básico de ser un hombre y disfrutar de la idea como si fuera la primera vez.
No sé si tengo la mente en blanco o de algún otro color, pero me está invadiendo una especie de placidez. El pensamiento parece ralentizarse, pero en realidad es que me estoy relajando. Me parece que puedo elegir en qué pensar, sin ansiedad.
Elijo pensar sobre el pensamiento. Visualizo el yo como un mecanismo luminoso, complejo y ultraveloz que va de aquí para allá, a sus anchas. Es el fenómeno más alucinante del universo y tengo uno dentro de la cabeza. ¡Soy rico!
Mi mente va mucho más rápida que el avión. La mía y la de todos. Detecto dos cosas muy alentadoras: 1) no tengo por qué sacar grandes conclusiones ni redescubrir la pólvora; 2) estoy colocado y no he tomado nada. Voy por buen camino.
Retomo la contemplación de mi propio yo. Soy el protagonista y el observador del aparato más fascinante de la naturaleza. No hay ninguna otra cosa en el mundo que sea más fantástica y misteriosa. Me monto en esa nave electroquímica y de pronto el interior de mi cráneo es un espacio gigante, poblado de estructuras que parecen ciudades de otra galaxia.
Hago un vuelo de reconocimiento: esta es La Memoria, allá está La Imaginación. Aquella especie de fortificación un poco tenebrosa debe ser El Miedo. Puedo acercarme y sobrevolar sus dominios sin temor.
Hacía tiempo que no me sentía tan bien.
Debo haberme quedado dormido, porque están sirviendo la cena. ¿Fue un sueño? No: parece que estoy avanzando un poco en la tarea de llevarme bien conmigo mismo.
Y si ahora están leyendo esto es porque el avión no cayó.

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