
Una batalla interior
Por Sergio Makaroff
El camino que lleva a ser una persona decente está
sembrado de dudas y otras trampas tan oscuras como las noches
sin luna.
Me resulta imposible olvidar su nombre:
Paisarn Totsanambat. Era un tailandés flaco y altísimo,
la estrella del grupo. Éramos un equipo de vendedores
-modalidad puerta fría- que viajábamos por Estados
Unidos intentando engatusar a la gente para que se suscribiera
a las peores revistas del mercado. Las buenas se vendían
por su propio peso y las otras necesitaban de los subterfugios
que empleaban sujetos como nosotros.
Me tocó compartir habitación
con Paisarn. Se cocinaba su propia comida en un hornillo y
aquello apestaba. Probablemente el cerdo con cebolla y un
mogollón de especias esté muy rico en un restaurante
tailandés con mesas de bambú, pero después
de golpear puertas y recibir portazos todo el día yo
quería tumbarme y descansar. No tardó en surgir
el conflicto. Nuestro manager me cambió de habitación
y desde entonces Mr. Totsanambat cesó de dirigirme
la palabra. Me dirigía, en cambio, unas miradas torvas
que no presagiaban nada bueno.
Recordé este incidente el otro
día, después de leer dos artículos sobre
la entrada de Turquía en la Unión Europea, uno
a favor y otro en contra. ¡Ambos tenían razón!
Me dí cuenta de que no me resultaba nada fácil
hacerme un criterio propio al respecto. Entonces me pregunté,
en la soledad de mi habitación. ¿Soy racista?
Por supuesto que presento al mundo un
frente políticamente correcto, faltaría más.
¿Cómo va a ser racista un tipo como yo? Soy
un mil leches: mis abuelos eran rusos, moldavos y lituanos,
con mezcla judía y cristiana. Nací en Buenos
Aires, llevo más de media vida en Barcelona. Soy de
izquierdas.
¿Cómo va a ser racista un tipo como yo?
No, no soy racista, pero no llego hasta
ahí simplemente abriendo una puertita de bondad absoluta
que hay en mi corazón de oro. Me cuesta trabajo. Me
lo tengo que currar. Dentro mío hay un animal egoísta
que le muestra los dientes a cualquiera que se acerque a mi
madriguera. Hay un tipo bruto, básico y elemental que
desprecia los olores, sabores, sonidos y costumbres de los
de un poco más allá.
También albergo un hombre culto y generoso que sabe
que las corrientes migratorias son consustanciales a la historia
de la humanidad, que disfruta con la diversidad cultural del
mundo y que prefiere los reportajes de MAN de mulatas a los
de escandinavas.
Estos personajes opuestos están en lucha continua.
Es una batalla entre el pasado y el futuro, entre el animal
y el hombre, entre el odio y el amor. También es una
lucha entre un sentimiento muy simple y muy antiguo y una
idea compleja y moderna. Es una película en la que
ganan los buenos, pero ese triunfo no es un paseo. Si finalmente
no soy racista es porque pienso, porque creo que no está
bien serlo. Y porque no bajo la guardia: tengo que mantener
la vigilancia de mis conductas para evitar deslizarme hacia
la abyección.
No puedo evitar que se cruce por mi mente
la sospecha de que los del colmado paquistaní de la
esquina podrían estar recaudando fondos para Al Qaeda.
Pero me relajo, les compro, converso, sonrío y apuesto
por todo lo contrario. Sé que los terroristas islámicos
son una minoría exigua. Y que los del colmado han venido
a Barcelona buscando una vida mejor: son iguales que yo.
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