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Volare
Por Sergio Makaroff
El plan era dormir hasta tarde, pero me despertó el
graznido de las gaviotas. El primer pensamiento –por
llamarlo de alguna manera, ya que se trataba del roce de cuatro
neuronas- fue agradable: vivo en la ribera marina, me llegan
ecos salobres con reminiscencias de ánforas griegas,
piratas corsos y amaneceres en la playa. Pero entonces se
agregaron otras cuatro neuronas al ensamble y tuve una segunda
visión, ligeramente más escéptica. La
gaviota, además de figurar en el logotipo del PP, ha
encontrado una fuente de alimentos más cómoda
que la mar salá: los vertederos. Cada vez se la encuentra
a más kilómetros de la costa, mostrando que
no es fiel a las olas y la espuma sino a la comida basura.
Llevaba unos segundos semidespierto y ya se me había
caído un mito.
Apreté los ojos, intentando volver al limbo, y se me
aparecieron dos manchas negruzcas. ¿Los túneles
que me llevarían de regreso a la dulzura del inconciente?
No, los cisnes negros de Aguas de Barcelona, en el Paseo de
San Juan. Ahí estaban en toda su renegrida majestad,
abriendo las alas y atusándose las plumas. Confinados
en su estanque de dos metros cuadrados, parecían completamente
felices. Otro mito caído: a los pájaros no les
interesa la libertad, ni la exploración, ni nada que
no sea el alimento, la reproducción y el refugio. Si
lo encuentran en un metro cuadrado, jamás se moverán
de allí.
¿Qué me estaba pasando? ¿Porqué
no podía dormir, o al menos creer en algo?
Puestos a descreer de la mitología avícola,
nadie nos prestará un mejor servicio que los patos
del Parque de la Ciudadela. ¡Qué mala leche gastan
esos palmípedos! Exigen limosnas con sus agrios trompeteos
y si no las consiguen se acuerdan de pronto de que es la hora
de marcar el territorio. Así, unos picotazos en las
rodillas de los intrusos les servirán de venganza.
He visto a más de un niño huir despavorido,
perseguido por un pato, con la ilusión hecha trizas
y un súbito rencor que prometía una futura afición
al paté.
Así no había quien durmiera. Quería volar
por los abismos de la nada, dejar de ser, disolverme como
un azucarillo. Entonces comenzó –y no era un
sueño- la cruel cacofonía de las cotorras argentinas.
Medio atontado, me sentí culpable por las molestias
que pudiera causar esa invasión. Yo también
vine de Argentina y me puse a cantar. Por favor, que nadie
me señale con el dedo. No tengo nada que ver con la
chirriante plaga. Yo no fuí, no solté a la primera
pareja reproductora. En algunas ciudades los ayuntamientos
se están planteando medidas para la eliminación
de las cotorras. Pretendo que esos mismos ayuntamientos me
contraten como cantante. O al menos –rogué- me
gustaría olvidarme y dormir un poco.
Dormir es fácil cuando uno está distraído.
En mi caso, un ataque digno de Hitchcock me lanzaba a la más
lacerante de las vigilias. Vale, me dije, si el cerebro se
empeña en pensar, pensemos. ¿Hay algún
pájaro en Barcelona que mantenga el resplandor de su
propia leyenda? Las urracas. Negras, azules y blancas. Elegantes,
desconfiadas y discretas. Emparejadas de por vida, trabajan
siempre en dúo (dinámico). Si ves a una, la
otra estará unos metros más allá, vigilando
desde la copa de un árbol. Suelo observar a las del
Palau de Pedralbes mientras dan saltitos por el césped,
buscando algo para llevarse al buche. Los fines de semana
el espectáculo se vuelve algo bochornoso, ya que las
dignísimas urracas tienen que competir por el sitio
con otras parejas, a mi juicio tan decorosas como un número
ajado de Diez Minutos en la sala de espera del podólogo.
Se trata de las huestes de adocenados casamenteros que acuden
al Palau a hacerse el vídeo de la boda. Que las urracas
sean todas iguales es un regalo del cielo. Pero que tantos
recién casados rueden el mismo vídeo parece
un anticipo del infierno. Perdónalos, Señor,
no saben lo que hacen.
Creo que se llaman estorninos, pero podrían ser vencejos.
Son pequeños y oscuros. A veces visitan Barcelona en
grandes bandadas y nos dedican una danza inolvidable sobre
la Plaza Cataluña. ¿Cómo se las arreglan
para cambiar de dirección sincronizadamente? Lo consiguen,
y entonces parecen un cardúmen de puntas de flecha
nadando en el aire. Se puede ver a muchos peatones absortos
y maravillados con la exhibición de acrobacia aérea.
Los ornitólogos no saben bien para qué sirve
esa danza. Algunos suponen que su fin es la mera reafirmación
del vínculo que une a los miembros del grupo. Otros,
que estarían practicando para cuando llegue el momento
de despistar a un depredador. El hecho es que parecen guiados
por una sola mente: el cerebro de un coreógrafo celestial.
El mío, a todo esto, seguía revisando la fauna
plumífera sin darme tregua.
A veces veo pájaros en Barcelona que nunca había
visto y de cuyo nombre no tengo ni idea. Esos son los que
más me gustan. Los miro hasta que desaparecen y luego
los echo a faltar.
Y claro, con tantos pájaros en la cabeza no hay quien
duerma.
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