 |

Toma candela
Por Sergio Makaroff
La gente cambia. Un individuo que hasta hace un tiempo buscaba
emociones fuertes al salir de los after-hours y las encontraba
en apartamentos tapizados en rojo con argollas en la pared,
el cráneo palpitante de narcóticos, hoy halla
sensaciones de intensidad equivalente en una plácida
charla a media tarde con un molt honorable botiguer. Hey,
ojo, que lo de antes tampoco llegaba a los niveles de Exuperancia
y su armario mágico. El individuo en cuestión
jamás probó esa droga que hace que uno desee
ser sodomizado por una amiga con un dildo -¿como prueba
de amistad?- y eso que el individuo cree haber probado todas
las drogas.
El individuo soy yo y estoy en la Baixada
de la Llibreteria, 7, hogar de la Cerería Subirá,
la tienda -con el amoblamiento original- más antigua
de Barcelona (junto a la Herboristería del Rei, sita
en la Calle del Vidrio), La dedicación de los Subirá
al fascinante mundo de las velas se remonta a 1761. La fecha
figura en letras doradas por debajo del escudo de la Ciudad
Condal, presidiendo la doble escalera palaciega por la que
–en cualquier momento- podría descender Sissí
Emperatriz para entregarse a los brazos de su galante húsar
prusiano.
La tienda es una preciosidad y un orgullo para Barcelona.
Me siento afortunado al entrar a esta especie de tarta de
crema rococó y ser atendido por su dueño, Don
Jordi Subirá i Rocamora, un hombre amable y muy catalán
que se expresa en un florido castellano. Presidente del Colegio
de Cereros y de la Federació Catalana D’Entitats
Corals (esto no me lo cuenta pero lo pone su tarjeta de visita),
se vuelca en el relato de los pormenores de la historia de
la vela y su relación con los correspondientes escenarios
políticos y religiosos. Soy todo oídos.
Hay mucha más cera que la que
arde, gracias a las suculentas enseñanzas de Don Jordi.
Veamos. La cera se divide, para su mejor estudio, en tres
grandes grupos, a saber: a)mineral, b)vegetal y c)animal.
El sebo, que es grasa animal prensada, ya no se usa y es casi
un sacrilegio nombrarlo en presencia de un cerero de estirpe.
La parafina, un derivado del petróleo y por lo tanto
perteneciente al grupo a), ha reemplazado prácticamente
a los demás materiales utilizados para la confección
de velas. La cera de abeja, durante añares la oficial
de la Santa Iglesia, ha quedado como un capricho de purpurados
florentinos. Cuando las abejas segregan cera, no hacen miel.
En el tiempo que les toma exudar un kilo de cera elaborarían
cincuenta de miel. Los apicultores, por lo tanto, reciclan
la cera, la estampan con el clásico formato hexagonal
y se la facilitan a las abejas para que no distraigan ni una
pizca de energía productiva.
En la posguerra la vela estaba desprestigiada;
era símbolo de escasez y racionamiento. Si actualmente
goza de buena salud es por diversas razones, dos de las cuales
apunta Don Jordi: 1) el factor hippie/cantautores, o sea la
vela con mensaje, encendida como estandarte de la lucha compartida
en pro de un mundo mejor y 2) la influencia noreuropea, o
sea la vela mona como elemento de interiorismo y detalle de
calidez hogareña. En Cataluña se diseñan
y fabrican el 90% de las velas españolas. ¡We
got the power! Hay fabricantes con diseñador en plantilla
y está a disposición del público exigente
la línea de velas firmadas por los diseñadores
de más renombre, como Mariscal y compañía.
¿Llega la cosa, Don Jordi, a lanzar colecciones de
Otoño/Invierno y Primavera/Verano? Casi sí,
nos explica, ya que cuando se acerca el buen tiempo el cerero
eficiente hace hincapié en la conveniencia de aprovisionarse
de velas para jardín y piscina, sin olvidar las muy
sugerentes velas flotadoras para estanque.
Una opción elegante para las cuatro
estaciones es el candelabro de plata con velas negras, utilizadas
por algunos con fines menos confesables que la decoración
hogareña. ¿Rituales satánicos, Don Jordi?
Le consta que sí, y que las hay con pelos de animales
en su interior, destinadas a oscuras brujerías, aunque
en la Cerería Subirá no se vende esa clase de
velas. Nuestro experto en cirios se explaya sin disimular
el orgullo y la emoción. La llama de un vela encendida
–nos dice- sirve para conectar al hombre con su esencia
y acercarlo a los demás y a Dios. Ese fuego epitomiza
todos los fuegos y representa el hogar, la luz, el vínculo
con el más allá y la vida misma. ¡Vaya!
Bajo la influencia de tan apasionado discurso miro a mi alrededor
y me dejo atrapar por una nube de sensaciones navideñas.
Velas, velas, velas.... Las hay de todos los colores, aromas
y formatos imaginables. Las tradicionales o de iglesia son
las menos. La mayoría son de las que invitan al festejo
y la cena de luxe y suscitan ecos de intimidades y placeres
mundanos. Por cada vela pía hay nueve lúbricas,
carnosas, non sanctas. Este individuo supone que aquellas
de ahí, tan majas, que recuerdan a un torpedo, son
las que usaría Exuperancia para una de sus entrañables
muestras de amistad. El individuo lo piensa pero no lo dice,
porque la gente cambia.
|

|