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Tic-tac
Por Sergio Makaroff
Hace 24 años Luis García, hijo de gallegos nacido
en Buenos Aires, echó un vistazo al reloj giratorio
del BBV de la Plaza Cataluña, aunque no había
quedado con nadie. La costumbre. Se sentó en una mesa
del bar Zurich. Christine Delforge, francesa del Canal de
la Mancha, sentada en otra mesa, se fijó en él.
Las mujeres suelen ser las que eligen. Un rato más
tarde compartían la mesa y, desde entonces hasta hoy,
la vida.
Tras el furibundo flechazo caminaron hacia la Plaza Urquinaona,
rumbo a la casa de Luis. Al pasar por la Vía Layetana
él le mostró el reloj luminoso que surge de
la acera, una de las curiosidades de la muy cosmopolita Barcelona.
Luis compartía ese piso de la calle de Trafalgar con
otros dos inmigrantes argentinos: Gustavo Imberti, descendiente
de italianos y nacido en la provincia de Salta, y el cronista,
híbrido de lituanos, moldavos y rusos; su apellido
materno es Levín, lo cual lo emparenta con una de las
doce tribus originales de Israel.
Había transcurrido un tiempo y las cosas se empezaban
a enderezar, pero cuando se mudaron a ese piso los tres amigos
dormían en el mismo colchón de una plaza –a
lo ancho- con las piernas protegidas de las frías baldosas
por capas de ropa y periódicos.
El Doctor Kulisevsky, de origen judío y centroeuropeo,
nacido en Salta, Argentina, hoy un eminente neurólogo,
era uno de los visitantes habituales de ese refugio de atorrantes,
como ya ha sido relatado en éstas crónicas.
En esa época de shock adaptativo y búsqueda
de tareas remuneradas el gallego, el italiano y el híbrido
con pedigrí bíblico solían pasear por
la ribera para fumarse un porro que otro y comentar la jugada:
para darse ánimos. Alguno de ellos aún recuerda
los repentinos silencios que se producían, durante
aquellas conversaciones, al quedarse con la mirada fija en
el reloj de la torre marítima de la Barceloneta. ¿Qué
hora era en ese momento en Salta y en Buenos Aires?
Quien más, quien menos, todos prosperaron. Luis y Christine
se fueron a vivir a Castelldefells. Ella se quedó embarazada.
Tenía 22 años. Decidieron probar suerte en París,
donde nació Marina García. En 1987 Luis, Christine
y Marina regresaron a Argentina, que aparentaba atravesar
un buen momento. En 2002, ante la grave crisis económica
y social, volvieron a Barcelona, donde residen actualmente.
Marina García, una chica argentina nacida en París
de padre gallego y madre francesa, conoció a Santiago
Arroyo, un barcelonés del barrio de Gracia. Se enamoraron
y se fueron a vivir a Castelldefells. Quedó embarazada
a la misma edad y en el mismo lugar que su madre, qué
casualidad.
A todo esto, Gustavo Imberti, el ítalo-salteño,
había regresado a Argentina y había vuelto a
volver a España, con su mujer y sus hijos. Ellos también
viven en Castelldefells.
Hay que ver las vueltas que tiene la vida. El mundo gira como
las agujas de un reloj. Los continentes van a la deriva por
el océano. La India sigue incrustándose bajo
la China, haciendo que el Himalaya sea cada vez un poco más
alto. ¿Quién puede parar esto? ¿A quién
le interesa detener el eterno discurrir de las partículas
animadas e inanimadas? ¿Alguien se cree capaz de volver
a aplastar el Everest?
Está en la naturaleza de las plantas, los animales
y las personas el moverse de un lado a otro, buscando las
mejores condiciones para desarrollar su vida. Pero aunque
los atenazara un inmovilismo de un millón de años,
acabarían lejos de casa, llevados por el desplazamiento
de la corteza terrestre. Quizá haya por ahí
algún universo estático. El nuestro es básicamente
inquieto, marcado por la migración y el mestizaje (de
las estrellas y los escarabajos). En la Tierra la cosa va
in crescendo, en la medida en que la población aumenta
y el globo se achica.
Hablando de achicar, Nicolasa Achicallende tenía 126
apellidos vascongados. Seguramente la adornaban un mogollón
de virtudes, pero –a la vista de los hechos posteriores-
es lícito suponer que fue su pureza racial lo que más
conmovió a su marido, Sabino Arana.
Ver lejos, tener perspectiva histórica, es lo contrario
de estar cegado por una perspectiva histérica.
Pero no nos internemos en berenjenales y volvamos a Barcelona,
ciudad abierta. Como inmigrante que ama al país que
lo acogió, el cronista se permite recomendar un par
de paseos. El primero es para contemplar una escultura sita
en la calle de Numancia, casi tocando la Avenida Diagonal.
Forma parte del edificio de L’Illa y ocupa una escalera
de entrada a las oficinas. Es un enorme reloj de metal dorado
del que –diríase- han salido disparados los números,
que entonces aparecen salpicados por aquí y por allá.
Es una obra llena de humor y desparpajo, una de esas apuestas
audaces que caracterizan a Barcelona.
La segunda recomendación es pasear por la calle de
Taulet, encima del Cementerio del Este. En el número
17 hay una antigua masía con un reloj de sol y vestigios
de frescos sobre la fachada: ahí la corriente de las
horas solo se interrumpe los días nublados.
Relojes rústicos, artísticos, marineros, luminosos
y giratorios. Cualquier rincón servirá para
ver pasar a la gente -cada vez más variopinta- que
puebla la ciudad y comprobar que el paso del tiempo puede
ser un agradable cosquilleo.
Brindemos por el mundo que viene, un mundo en el que nadie
debería sentirse extraño.
Feliz Navidad.
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