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Solidarik
Por Sergio Makaroff
Si la Parca me deja soltar un último bocadillo, mi
plan es morir cantando aquello de “adiós, mundo
cruel, ya nunca te veré”. Es que...¡vaya
mundito, lectores! Un desastre. ¿Cómo se arreglan
la injusticia, el dolor gratuito, la ola de subsaharianos
desesperados que se lanzan contra las vallas erizadas de cuchillas?
¿Alguien tiene una solución, lectores? En caso
afirmativo, rogamos la envíen a este periódico
para su inmediata publicación.
En esas estábamos cuando me topé
con Bernat Fusté Lazcano. Barcelonés, 29 años,
Licenciado en Administración y Dirección de
Empresas. Trabajaba en una bien grande pero no estaba contento.
Lo de ir subiendo, ganando más y consumiendo más
para ser una pieza domesticada del engranaje capitalista era
un panorama que lo llenaba de desazón. Bernat -¿un
mutante?- decidió dar un giro radical a su vida y dedicarla
a paliar el dolor de los demás.
Una familia buena no es lo mismo que una
buena familia. Bernat tiene la suerte de que en su caso concurren
ambas circunstancias. Biznieto de Espasa, el de la enciclopedia,
nieto de un presidente del RCD Espanyol, su madre es médico
y su padre ingeniero industrial y dueño de una empresa
hidroeléctrica. El abuelo materno fue jugador del Real
Madrid. Metió el primer gol en la Liga del equipo madrileño
y llegó a integrar la selección. ¿Heredó
este empuje nuestro mutante? Sigan leyendo, lectores.
Lo bautizó un tío suyo,
Jordi Ribas, un jesuita muy próximo al budismo que
lleva toda la vida como misionero en Bombay. De allí
envió a Barcelona a una humilde moza india para que
ayudara a criar a sus sobrinos. “Es como una segunda
madre, la sigo viendo y la quiero un montón. Me influyó
por su bondad”, cuenta Bernat.
Estudió en ESADE y se puso a trabajar
en una multinacional. Cuando su disconformidad alcanzó
el punto álgido, se planteó dejar todo y largarse
al tercer mundo como su tío el jesuita. Pero luego
se lo pensó mejor. “Llegué a la conclusión
de que podía ser más útil quedándome
aquí y haciendo lo que sé hacer. Decidí
montar una empresa cuyos beneficios fueran íntegramente
dedicados a apoyar proyectos de desarrollo en el tercer mundo.
Generar recursos y donarlos a las oenegés”.
Entonces hipotecó su piso, pidió créditos
bancarios y familiares y se lanzó a la aventura. Montó
el Café Bar Solidarik, en la calle Amigó 37,
esquina Mariá Cubí, un bar muy bien puesto que
está en una zona de alto poder adquisitivo. No lo ornan
motivos étnicos ni hay fotos de niños famélicos.
Pretende ser un producto competitivo que atraiga a la gente
acostumbrada a tomarse copas con sus amigos por esa zona,
o en esa clase de establecimientos. La diferencia, el factor
mutante, es que Bernat se ha auto asignado un sueldo razonable,
más bien modesto, y todas las ganacias se destinarán
a aliviar el sufrimiento de los más necesitados. ¡Increíble!
“Hay millones de consumistas en
el primer mundo. Si un porcentaje sustancial tiene algo de
inquietud social, o simple y llana sensación de culpa,
la idea es darles lo que buscan, pero contándoles que
con ese dinero se harán cosas positivas. No todo tiene
que ser rollo hippie, alternativo, anti-sistema”. Una
lógica implacable. Aparentemente nadie había
canalizado las buenas intenciones, hasta ahora, de un modo
semejante.
¿Cómo saber que los loables
propósitos de Bernat no son una sucia treta publicitaria?
Cualquiera que sea un poco sensible y hable con él
cara a cara se dará cuenta de que no miente. El lenguaje
corporal, el brillo de los ojos, la inflexión de la
voz, no dejan lugar a dudas. Además todas la cifras
estarán expuestas en la página web de Solidarik:
www.solidarik.com,
actualmente en construcción pero a punto de volcar
sus insólitos contenidos al ciberespacio.
Estarán de acuerdo conmigo, lectores,
en que los empresarios no suelen renunciar a sus beneficios
ni exponer las cuentas de su negocio a la curiosidad del público.
Solidarik abre también por las tardes, tiene pantallas
para mostrar los partidos de fútbol y eventualmente
cederá su espacio a las organizaciones solidarias para
actividades relacionadas con su labor.
En este mundo cruel hay variadas formas
de relacionarse con la desgracia ajena. No soy sociólogo
pero tengo la impresión de que la mayoría nunca
hace nada por nadie: vive sumida en la alienación del
egoísmo. Luego hay un porcentaje pequeño de
gente que destina una porción exigua de su tiempo,
su energía y su dinero a la solidaridad: yo soy una
de esas personas. Un grupo aún más reducido
entrega su vida totalmente a la causa del amor: son los que
están ahí, al pie de la llaga, donde más
duele. Se diría que Bernat ha inventado una nueva categoría:
está entre el segundo y el tercer grupo, aunque mucho
más cerca de este último.
Ojalá que se salga con la suya. Brindemos, en Solidarik,
por el éxito de su empresa.
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