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Sienta la cabeza
Por Sergio Makaroff
Me analizo porque lo necesito y para honrar la tradición.
Provengo de Villa Freud, un barrio de Buenos Aires popularmente
rebautizado así porque cuenta con la mayor proporción
de psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras y psicogaitas
por habitante del mundo entero.
Natalia Idelsohn, la psicoterapeuta que lleva mi caso, me
sugirió que escribiera sobre la psicóloga Fafá
Franco. Ellas no se conocen por afinidad profesional sino
porque la hija de Natalia, Diana Machado –mi compañera
de clases de claqué en otro barrio de Buenos Aires,
hace casi 30 años- realizó un vídeo sobre
el espectáculo “Sienta la cabeza”, protagonizado
por Fafá, Cécile Ribas y Nick Prescott.
La cita es en la calle de Bellafila, al costado del Ayuntamiento.
Llego a la zona con una hora de antelación, para explorarla.
Cada vez que lo hago flipo con la flipación flipógena,
para entendernos. Mi primer hogar en Barcelona estaba a pocos
pasos de aquí, en la calle de Marquet. Hace 26 años
esto era un hervidero de yonquis y bolsas de basura reventadas
contra los adoquines. Cada portal oscuro que servía
de refugio al club de la jeringa es hoy una galería
de arte, una tienda sofisticada o un bar en el que apetece
tomarse un capuccino. Como en los cascos antiguos de las principales
ciudades europeas.
Los miembros del trío me cuentan su vida.
Fafá Franco es oriunda de Sâo Paulo, Brasil.
Trabajaba en una peluquería y decidió estudiar
psicología. Una vez licenciada consiguió un
puesto en una clinica para drogadictos. Se le ocurrió
reforzar la terapia cortándole el pelo a los pacientes,
con lo cual la incidencia sobre sus cabezas pasó a
ser tanto interior como exterior. A continuación se
dedicó a educar niños de la calle, a los cuales
también hacía la coiffure: así acortaba
distancias y les apuntalaba la autoestima. Hace doce años
se vino a Barcelona a estudiar peluquería, actividad
en la que –hasta ese momento- había sido autodidacta.
Cécile Ribas es de un pueblecito de Ibiza llamado Sant
Agustí. Estudió Bellas Artes y se radicó
hace tres años en Barcelona, donde tiene su propio
taller de escultura. Su biografía es así de
corta y contundente.
Nick Prescott nació en Edimburgo, Escocia. Toca el
piano, la guitarra, la mandolina y la computadora. Miembro
de un grupo que fusionaba bluegrass con cajun llamado “Swamp
Trash” (“Basura del Pantano”) –ahí
es ná- que llegó a editar dos álbumes,
al disolverse la banda decidió venirse a España
a enseñar inglés. Entre Madrid y Barcelona eligió
a la segunda por el mar, hace trece años. Desde entonces
ha ido insertándose en la escena musical barcelonesa.
En su trayectoria figuran bandas sonoras para exposiciones
y eventos variopintos, como las manifestaciones contra la
guerra de Irak, a las que aportó un montaje de resonancias
bélico/apocalípticas.
¿En qué consiste el espectáculo “Sienta
la cabeza”?
Nick –nombre artístico: Mercurio- vestido de
duendecillo cósmico, es el disc jockey. Cécile
y Fafá, ataviadas como hadas intergalácticas,
se deslizan seductoramente al ritmo de la música e
invitan al público a pasar al tocador. “¿Corte
o peinado?” es la frase clave y prácticamente
lo único que dicen durante las tres horas de función.
Los niños levantan la mano primero, claro. No temen
al ridículo, les encanta disfrazarse y pillan al vuelo
cualquier propuesta lúdica (con perdón de la
palabra). Pero la nave empieza a orbitar cuando algún
adulto salta al ruedo.
Las dos sacerdotisas de un reino perdido pulverizan cualquier
distinción entre escultura, maquillaje y peluquería.
Trabajando en estéreo, cada una en su tocador, convierten
las testas de sus encantadas víctimas en instalaciones,
parques temáticos, fallas valencianas.
Sus obras pueden ser abstractas o figurativas, barrocas o
minimalistas, tradicionales o vanguardistas. Lo mismo puede
decirse de los sonidos generados por Nick.
Si hay mucho pelo tanto mejor, pero en realidad sólo
hace falta tener una cabeza para servir como materia prima.
Fafá y Cécile son capaces de convertir en reina
por un día al mismísimo Calvo Sotelo.
Las primeras esculturas vivientes se reintegran al público
y los voluntarios se multiplican. El ambiente es saludablemente
orgiástico y carnavalesco. Respetables abuelas, el
señor de la óptica, todo el mundo ofrece la
cabeza y el ritual sube de tono.
El clímax suele alcanzarse cuando un valiente acepta
que se le corte el pelo. No vayan a pensar que siempre es
el punki alucinado del pueblo que pretende ahorrarse la peluquería.
Ecologistas de tomo y lomo, antropólogas diplomadas,
policías municipales: cualquiera puede contagiarse
la locura y entregar su cuerpo al altar de los sacrificios.
He visto el vídeo de Diana Machado y el álbum
de fotos del trío. Mi tocado favorito es uno en el
que la cabeza se convierte en una isla desierta con dos palmeras;
entre ellas, una cuerda con ropa colgada: super mono.
Al día siguiente de la función, si el trío
aún está por ahí –festivales de
teatro, fiestas mayores, etc.- no es raro que vean a alguien
luciendo todavía su peinado. ¿Ha dormido colgado
de una percha? ¿Ha pasado la noche en vela para prolongar
todo lo posible su inmersión en la otredad? No es fácil
aceptar que uno ha sido el portador de una instalación
de arte efímero. Has flipado con la flipación
flipógena y no quieres que se acabe.
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