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Predicando el evangelio
Por Sergio Makaroff
En un mundo ideal, Aznar no solo recibiría al Dalai
Lama, sino que ambos meditarían juntos, en posición
de loto. Sonarían campanitas: cling-clang, cling-clang.
Álvarez Cascos, retirado de la política, regentaría
una piscifactoría en Asturias.
En ese mundo la historia de Alfredo Lorenzo no tendría
mayor interés.
Pero vivimos en mundo cruel, amigas y amigos, y por eso les
voy a contar cómo un economista con una próspera
empresa familiar dedicada a la venta de textiles, con local
propio en el populoso barrio de Sants, prefirió dedicar
su vida a predicar el evangelio de la música brasilera.
Estudiaba arquitectura y escuchaba Radio Juventud. Ya estaba
empezando a hartarse de tanto pop y rock anglosajón.
Un día emitieron un especial sobre Brasil y algo -¡flas!-
se encendió en su interior.
La revelación se produjo durante un tema de Vinicius
de Moraes, Toquinho y María Creuza. “Era una
música, cálida, natural, intimista, sofisticada,
rica en ritmo, melodía y armonía: no se le podía
pedir más a una canción. Era como susurrarle
cosas al oído a tu chica”.
Corrió a la tienda de Discos Castelló de la
calle Tallers, que funcionaba en un portal, y se agenció
todo lo que tenían. Se volvió loco. No lo supone
el cronista, lo afirma el afectado. “Me volví
loco, recorrí todas las tiendas, incluyendo las de
segunda mano, buscando más material”.
Era el final de los ’70 y no había gran cosa
editada. Su padre viajaba a París para ver las colecciones
de telas y aceptó llevarlo consigo. “Hay un tema
de Vinicius en el que va nombrando a sus amigos y colaboradores.
Yo tomé nota de esos nombres, suponiendo que todos
habrían grabado un disco, y me fui a París con
la lista. Conseguí uno de Caetano y otro de Cartola,
el viejo sambista”.
Cursó cuatro años de arquitectura y abandonó.
¿Para hacer el vago y hartarse de vino? No, amigas
y amigos, para estudiar Ciencias Económicas, carrera
que finalizó sin contratiempos. Por entonces se involucró
en la tienda de tejidos, pero el bichito ya le había
picado y el magma sagrado iba fermentando.
Otra vez la radio jugó un papel clave en lo que respecta
a la vocación de nuestro cruzado. “Había
–y todavía hay- un programa de Carlos Galilea
en Radio 3 llamado ‘Cuando los elefantes sueñan
con la música’. Lo emitían los sábados
y los domingos de 8 a 9 de la mañana. Yo ponía
el despertador para escucharlo y grabarlo, sin faltar un día.
También oía ‘Trópico utópico’,
presentado por Rodolfo Poveda, en la misma radio. Me puse
en contacto con ellos y confirmé lo que sabía
por experiencia propia: la mayoría de esos increíbles
discos brasileros no estaban editados en España, era
muy difícil conseguirlos. Eso me dio una idea”.
Le pidió un préstamo a su padre y se lanzó
a importar y distribuir música brasilera. ¿Por
todo lo alto, fumando un habano, con dos mulatas en el jacuzzi?
No, amigas y amigos, desde abajo, con la humildad y el tesón
de una hormiga. Haciendo paquetes, acarreando discos, repartiendo
octavillas en los conciertos.
Así nació Tangará, en una habitación
de la casa de Alfredo. Hoy es –probablemente- la empresa
más importante del mundo en su campo. No lo afirma
el cronista, ni tampoco, por supuesto, nuestro apóstol.
Lo dicen la prensa de Brasil, los especialistas, los más
destacados artistas brasileros y los iniciados al culto que
le piden discos desde cualquier rincón del mundo.
Al parecer, Dios premia a los que prefieren ser antes que
tener, a los que eligen propagar la voz celestial que les
ha sido revelada: Alfredo conoció a su bella novia
Ignacia, abogada y entusiasta radical de los sonidos brasileros,
cuando ella recogió del suelo una de esas octavillas
y llamó a Tangará para comprar discos. Batucada
por aquí, berimbau por allá, una cosa trae la
otra: cling-clang, cling-clang.
Para entender la dimensión de Tangará hay que
tener en cuenta lo descomunal que es el universo musical de
Brasil. Si solo fuera por Caetano Veloso, Antonio Carlos Jobim,
Joao Gilberto, Chico Buarque, Gilberto Gil y el carnaval de
Río no tendría sentido la misión evangelizadora
de Alfredo. El catálogo de Tangará tiene miles
de referencias. Además del samba, la bossa nova y los
cantautores consagrados hay docenas de otros palos, estilos
y tendencias.
Pero Alfredo va todavía un poco más allá:
escucha todo lo que se edita y nos preserva de las horteradas,
de la pachanga cutre, de las vulgaridades romanticoides, de
las baratijas turísticas, de Operaçao Triunfinho.
De la mala música brasilera, que también hay.
“Procuro que esa criba no sea una censura”, aclara
–innecesariamente- nuestro santo varón.
Buen trabajo, Fred.
El tangará es un pajarillo de aquellas tierras, con
un canto sorprendemente elaborado que recuerda a un flautista
de la especie humana. Alfredo le puso su nombre a la empresa
y al cronista le llama mucho la atención ese hecho:
alguien cuya meta principal fuera enriquecerse, amigas y amigos,
nunca bautizaría a su empresa con un sinónimo
–en argot- de “estafará”.
Tangará vibra en otra frecuencia de onda, es una melodía,
es el emisario de un planeta que late al ritmo de los sueños:
cling-clang, cling-clang.
El que acuda a Alfredo Lorenzo para iniciarse o para alimentar
su amor por la música brasilera, que tenga por seguro
que no será tangado. Teléfono: 93 405 3979.
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