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La policía montada
Por Sergio Makaroff
Los jinetes, en formación equidistante, se ponen de
pie sobre sus caballos. Luego les mandan que se hagan los
muertos. Se sientan encima de sus cuerpos inertes. A continuación
les ordenan que se incorporen; mientras lo están haciendo
se deslizan encima y acaban montados como si nada.
Este despliegue de habilidad circense
es una de las rutinas de la Unidad Montada de la Guardia Urbana
de Barcelona. Están ensayando para las exhibiciones
que harán próximamente en Londres, durante el
International Horse Show. En este torneo hípico ejecutarán
una especie de ballet ecuestre a lomos de 18 magníficos
corceles de pura sangre española. Mitad tordos, mitad
alazanes.
¡Cuántas veces ha pasado
este cronista por la esquina de la calle Wellington con el
Paseo de Circunvalación sin sospechar las maravillas
que se cocían allí dentro! Los aromas salvajes
del Zoo –sus vecinos- se mezclan con los más
familiares de la caballada. Los establos y las demás
dependencias de este cuerpo funcionan en un edificio construído
para la Exposición Universal de 1888, recientemente
reacondicionado.
Aquí todos son policías
y todos son jinetes. Cincuenta efectivos (tres son mujeres)
y 39 caballos. Para llegar a esta unidad no hay ningún
atajo. Primero hay que pasar por la Academia, luego currarse
un año la calle –con todo lo que ello trae aparejado-
y finalmente optar a una plaza, cuando se produce una vacante.
Una vez dentro, hay cierto glamour en el desfile con las casacas
rojas, los bruñidos cascos con penacho blanco, los
correajes y las botas bien lustradas. También hay mucho
cepillar crines y acarrear estiércol. Y cuidar la salud
de los caballos, lo que no es moco de pavo: estas magníficas
bestias son delicadas de estómago.
Los jinetes de la Montada salen a patrullar
los parques y acuden allí donde su presencia imponente
pudiera resultar disuasoria. También resultan útiles
para resolver entuertos donde solo un caballo llega, como
por ejemplo la Sierra de Colserola. Desfilan con su propia
banda de música en diversos actos ceremoniales y protocolares
de la ciudad y efectúan las exhibiciones de alta doma
como la que ensayan el día de la visita del cronista.
Ceferino Carrere es el guarnicionero
o talabartero. Su misión es fabricar los diferentes
elementos de cuero que identifican a jinetes y caballos como
miembros de esta unidad. Lo único que se compra hecho
son las monturas. Lo demás se elabora artesanalmente
según las técnicas tradicionales, en un taller
deliciosamente anacrónico y endiabladamente envidiable
como tajo. Una gran ventana semicircular se abre sobre la
arboleda circundante. Las herramientas propias del metier
cuelgan de las paredes, donde también se acumulan las
riendas trenzadas y demás parafernalia ad hoc. Un entorno
anti estrés por excelencia. Ceferino, guardia urbano
y jinete, aprendió a lidiar con los cueros de un antecesor.
Durante los ensayos de doma hace de disc-jockey. Y cuando
hay visitas de colegiales ejerce de cicerone. Su polivalencia
y dedicación ejemplifican el espíritu del cuerpo.
El ensayo de la banda también impresiona como un agradable
viaje por el túnel del tiempo. Seguramente habrá
un teléfono móvil en algún bolsillo,
pero nada de lo que se ve o escucha recuerda al siglo veintiuno.
Marchas militares, instrumentos de viento, bombos y platillos.
Una de las tres integrantes femeninas del cuerpo toca en la
banda y también participa en la exhibición ecuestre.
Ángela Guillén es rubia, simpática y
bien parecida. Viéndola cabalgar y ensayar con la banda
es fácil olvidar que, llegado el caso, podría
inmovilizar y esposar a un presunto delincuente.
Rufino López, jefe de la unidad,
participa en el ensayo de doma como uno más del escuadrón.
Hoy el director de las prácticas -y guía del
cronista en el descubrimiento de este micromundo- es el tercero
de a bordo, el sargento Pedro Velázquez. Abogado, trompetista
(aprendió en la banda) y consumado jinete, tiene muchas
cosas interesantes que contar.
“El Carrusel, la coreografía
ecuestre que hemos ensayado hoy, se creó en 1910 para
homenajear a Alfonso XIII, una vez que vino a Barcelona. Desde
entonces se repite con pocas variaciones. Es un espectáculo
que hacemos cada año en la pista hípica municipal
de La Fuixarda, en Montjuic. Hemos viajado con él por
España y toda Europa. La Policía Montada de
Canadá, por ejemplo, tiene una exhibición muy
vistosa, con 36 caballos negros, pero a nivel de habilidad
individual les llevamos la delantera. Modestia aparte, lo
que hacemos es único en el mundo, dentro del ámbito
de las policías montadas. En Madrid tienen algo parecido,
pero es bastante reciente y basado en lo que hacemos aquí.
Nosotros existimos desde 1856, hay mucha experiencia acumulada.
Esta es una unidad muy vocacional. Los que disfrutamos con
los caballos estamos encantados de pertenecer a ella. Todos
los que llegan habían tenido algún contacto
con el mundo de la equitación, pero no hace falta ser
un experto. Aquí aprendemos lo necesario para ser un
jinete de exhibición. Y qué duda cabe: trabajar
en este rincón de la ciudad es un privilegio. A ciertas
horas del día se oyen los gritos de los primates; a
veces llegas a creer que entiendes lo que dicen”.
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