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Paz y amor
Por Sergio Makaroff
¿Cómo calibrar el chorro de bondad purísima
que fluye de mi corazón?
No es tarea fácil. Digamos que mi entrega desinteresada
a la causa de la hermandad universal es muy superior a la
de Mahatma Ghandi aunque, obviamente, inferior a la de Carod
Rovira.
Vivo por y para la paz del mundo, hasta
el punto de que llevo una paloma tatuada en....un lugar del
cuerpo. Y así voy flotando por la ciudad, con mi bagaje
de amor incandescente a flor de piel, canturreando villancicos.
Al llegar a la Plaza del Pino me detengo
frente al escaparate de Ganivetería Roca. Mientras
recorro las hileras de navajas, primorosamente ordenadas de
mayor a menor, mis ojos empiezan a girar como tómbolas,
al tiempo que la sangre se me encabrita con fervor abismal.
En un tris dejo atrás el reino
del arco iris y me lanzo al cuello de un bisonte prehistórico.
Lo degüello, lo desollo y me lo como crudo. Luego me
cubro con su piel ensangrentada y me alejo silbando, daga
en mano.
La mera visión de una fantástica
colección de navajas remueve con facilidad, en mi caso,
las delgadas capas de civilización que me separan del
eslabón perdido. Esos frágiles cimientos se
volatilizan al instante con solo contemplar un buen despliegue
de cuchillos.
Le lanzo esa inquietud a Sebastiá Serrano, gerente
de esta tienda emblemática de Barcelona, fundada en
1911. ¿Soy el único que se excita (de esa manera
que emparenta al sexo con la violencia) al acariciar con la
vista los productos aquí expuestos?
El hombre ríe, condescendiente, y me tranquiliza. “La
fascinación por estos objetos está muy generalizada.
La navaja tiene un componente mágico, con diferentes
connotaciones según las culturas. En Marruecos no se
puede regalar una navaja a un amigo porque dicen que corta
la amistad. Soy de fuera de Barcelona y de pequeño,
cuando venía con mis padres, siempre me escapaba para
ver este mismo escaparate. De todos mis viajes vuelvo con
alguna navaja hecha por los artesanos locales”.
Mi interlocutor es licenciado en Matemáticas,
aunque nunca ha ejercido como tal. En cambio ha sido –durante
8 años- guía de montaña. Supongo que
entonces llevaría consigo la clásica suiza multiusos,
aquellas que tienen hasta una lupa con la que encender un
fuego en caso de extravío y peligro de congelamiento.
“Pues no. Lo ideal es una navaja pequeña, liviana
y de muy buena calidad. Si tengo que hacer fuego uso el cristal
de las gafas. Aunque lo mejor es llevar mechero y cerillas
de repuesto, para qué engañarnos”.
En Ganivetería Roca se pueden encontrar hasta 9000
instrumentos cortantes, desde las clásicas navajas
de afeitar a las tijeras más especializadas. El producto
que más se despacha es el cuchillo de cocina, claro.
Los puñales que brillan tras las capas solo se encuentran
ya en las novelas de Arturo Pérez Reverte.
Sin embargo, que sepan los románticos,
los amantes de la aventura, que la mitad de las navajas que
venden son de coleccionismo. Las Laguiole, por ejemplo, son
unas navajas francesas muy buscadas por los iniciados en estas
lides. Curiosamente, hay clientes franceses que vienen a comprarlas
a Roca, ya que aquí disponen de más modelos
que muchas cuchillerías galas.
¿Busca Usted una Laguiole con el
mango de mamut fosilizado y la hoja damasquinada? ¿Cómo
ha podido vivir hasta ahora sin ella? ¿Qué son
mil euritos de nada? En Roca hay unas cuantas para elegir,
cada una con su correspondiente certificado.
Ningún atracador se ha atrevido
a asaltar esta tienda. Podría haber, en ese momento,
un lanzador de cuchillos entre la distinguida clientela. Para
un profesional de ese ramo, amenazar a Roca sería como
mentarle a la madre. Los ladrones, prudentes, se abstienen.
Expongo mi pequeña Chamaco, que llevo siempre en el
monedero, al escrutinio del mentado Serrano y de Lluis Torrente,
empleado de la firma desde hace años, responsable de
la tienda y el taller y autor de los magníficos y magnéticos
escaparates. Noto que intentan no ofenderme. “Sencillita,
no está mal, lleva bloqueo interno...”. En fin,
la culpa es mía por preguntar.
Me cuentan que en Francia todavía
hay muchos señores que llevan su navaja al restaurante.
Cada hombre tiene la suya propia. Quizá no en el centro
de París, tal vez en medios más rurales, pero
la tradición se mantiene. Si es necesario cambian las
hojas, pero mantienen las cachas, probablemente pasadas de
padres a hijos.
Roca es una cuchillería en la que se saca número.
La gente hace cola. Hay sillas muy señoriales para
aliviar la espera y no es raro ver en ellas a alguna señora
tejiendo calceta. Muchos clientes vienen en épocas
navideñas sin saber exactamente qué comprar.
Confían en que aquí se les recomendará
un instrumento sólido y atractivo, ajustado a su presupuesto.
No hay otro establecimiento en el mundo
que venda más navajas de afeitar, el producto por excelencia
de Ganiveterías Roca. El kit se completa con el cuero
de afilar y la brocha, que ha de ser, para contentar al caballero
exigente, de pelo de tejón. Una vez alguien pidió
un cuchillo pastelero que al cortar la tarta canta el “Happy
Birthday”. ¡Pero por favor! Por supuesto que en
Roca no venden esas chorradas.
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