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Olaf y Los Bidones
Por Sergio Makaroff
Barcelona, 1979. Una bandada de jóvenes preuniversitarios
se cuela en los jardines de la Universidad sita en la plaza
homónima. Llevan guitarras y hashish. Pasan las horas
fumando y cantando. Cuando se les seca la garganta se van
a beber cañas a la Cervecería Mariembad, en
Gran Vía con Aribau.
Entre ellos destaca el larguirucho Loquillo, entonces un periodista
que sueña con ser cantante. Un poco más allá
está su colega Carlos Segarra, que ya canta como los
dioses y se dispone a formar Los Rebeldes junto a Aurelio
Morata y Moisés Sorolla. Por ahí andan Carlos
y Micky, los hermanos Forteza, que poco después fundarían
los míticos C-Pillos, junto a Tito Rosell y Rodrigo
de la Vega. Colocándose y cantando está Mauricio
Frediani, proveniente de una familia de cómicos de
la vieja escuela, primos de los Aragón.
El legendario Jaime Fábregas, un rocker que sería
el alma mater de los Centuriones, el club de moteros, aparece
día sí y día también, como este
cronista. Con el tiempo Jaime desplegaría todo tipo
de conductas intensas, ejemplificadas a la perfección
por uno de sus múltiples tatuajes: una línea
de puntos alrededor del cuello, interrumpida por dos tijeritas
y la leyenda “cut here” (corte por aquí).
Ese era el espíritu de la bandada. Nihilismo, sexo,
drogas y rock and roll.
Olaf Pla Gracia era unos de esos pájaros. Compartía
con todos el amor por la música, las motos y la libertad,
pero no se casaba con nada ni con nadie. No era fácil
participar de esa fiesta sin ceder posiciones ante el grupo,
pero Olaf lo conseguía con naturalidad. El individualismo
parecía fluirle desde los genes. El ritual de pertenencia
más cabal consistía en entregarse sin reparos
al consumo de cuantas más drogas mejor. Olaf no picó:
estudió el profesorado de educación física,
que hasta hoy ejerce en un instituto, y se decantó
por el rugby.
Con el tiempo algunos llegamos a vernos pálidos y decaídos,
en cuanto la mala vida empezó a pasarnos factura. Olaf,
desmarcado de la tontería, lucía sanote y fornido.
Hace unos veinte años fundó un grupo de rock
llamado Olaf y Los Bidones.
Barcelona, 2005. Concierto de Olaf y Los Bidones en Shotwell
59, un garito rockero que está en la calle Aviació.
Moisés Sorolla, batería. Quique Méndez,
primera voz y guitarra acústica. José Luis Miranda,
contrabajo. Martín Borrás, primera guitarra.
Los dos últimos, miembros históricos del afamado
combo Dincremea. Al banjo, la armónica, la tabla de
lavar, la guitarra y la voz, Olaf Pla Gracia. Es el alma de
la banda y el maestro de ceremonias. Suenan clásicos
del country y el rockabilly. Impecables.
La atmósfera festiva alcanza su clímax cuando
Olaf abre un bidón de cerveza de cinco litros y dispara
el chorro hacia los concurrentes, que huyen provocando una
estampida. Olaf bebe en plan vikingo y pasa el bidón
al público, que se reagrupa. Esta noche todos cantan
y bailan. No ha hecho falta contratar canguros, porque los
hijos ya tienen edad de cuidarse solos. Olaf y sus Bidones
no tienen mánager ni graban discos. Actúan cuando
los llaman. Tocan como profesionales y disfrutan como amateurs,
fieles a la tradición del rock and roll.
Este cronista se ha cruzado a menudo con Olaf en los carriles
bici de Barcelona. Nuestro hombre también tiene una
Harley Davison azul celeste, customizada, espectacular, a
la que llegó después de poseer una Bultaco,
una Montesa y una Norton. Pero nunca lo veremos dando una
vuelta con ella: solo la usa para viajes largos. ¿Motivo?
“No me gusta alardear”.
Cuenta sus viajes y escribe sobre el universo motero en la
revista Custom Machines, subtitulada La Revista del Cruising.
Esos artículos están ilustrados con sus propias
fotos.
Fotógrafo, periodista, showman, músico, motero,
árbitro de rugby y profesor de educación física,
Olaf es la prueba viviente de que había valores rescatables
en la cultura del rock, siempre que se contara con la inteligencia
y la intuición para separar el trigo de la paja. Las
ideas que una vez sonaron revolucionarias hoy no son más
que patéticas peroratas demagógicas. Pero hay
una actitud de autenticidad –minoritaria, como los conciertos
de Olaf y Los Bidones- que permanece.
Los alumnos del profesor Pla Gracia tienen entre doce y dieciocho
años. Da gusto escuchar a Olaf explayarse sobre los
claroscuros de la educación. Es un hombre de principios,
con las ideas firmes y la mirada clara. Sus opiniones sobre
la permisividad, basadas en muchos años de trato directo
con el alumnado, son rotundas. El Ministerio debería
contratarlo como asesor...para los padres.
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