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Nidito de amor.
Por Sergio Makaroff
Lunes: resulta estimulante empezar la semana con una reunión
de alto nivel. Trepo al último piso del Hotel Arts
sumamente intrigado. ¿Qué querrá consultarme
esta vez el enviado de Kofi Annan? El ascensor sube y sube
y de pronto veo a un tipo muy guapo en el espejo. ¡Jolines,
si soy yo! La cosa promete. Vuelvo a mirar y no,ya no parezco
el galán maduro de hace unos segundos. Por suerte viajo
solo, porque las poses grotescas que despliego buscando la
imagen huidiza de ese tipo pintón no son compatibles
con lo que se espera de un asesor de Kofi. Cuanto más
miro menos guapo me encuentro. ¡Yá está!
La belleza existía mientras era un hombre distraído
que subía pensando en la difícil situación
mundial. En cuanto me convertí en un narcicista ansioso
e inseguro dejé de ser guapo. “La belleza no
se busca, se encuentra”. Se lo solté al enviado
de Kofi en cuanto se presentó la oportunidad.
Martes: supongo que todo el mundo entiende
que no puedo revelar el contenido de la reunión de
ayer. Hoy soy un simple reportero, como Clark Kent. Salgo
a recorrer la ciudad en bicicleta, buscando historias palpitantes
para contar a mis conciudadanos. Vivo en Barcelona, una ciudad
surcada por un buen número de carriles-bici. Una ciudad
con un sector –el Gayxample- en el que viven y trabajan
un mogollón de homosexuales de sexo masculino. ¿Tienen
un barrio las lesbianas? Habrá que investigarlo. De
momento me apeo de mi Cannondale azul marino y entro a una
tienda de ropa. Calzo zapatos de potro verde, de Toni Miró,
pantalones a cuadros azules y blancos, de Dolce y Gabanna,
camisa blanca de Issey Miyake y perfume del mismo diseñador.
El encargado, un pelirrojo monísimo con una melena
que parte con la pana, me mira de arriba abajo y me sonríe.
“¿Te puedo ayudar en algo?” Le confieso
mi misión y el tío me lo cuenta todo con pelos
y señales. ¡Y no es nada! O sea nada de nada:
no hay noticia. Ni una anécdota, ni un incidente, ni
una agresión, ni una incomprensión, ni un escándalo.
Parte de la comunidad gay/hombre se concentra entre Gran Vía,
Aragón, Villarroel y Balmes y eso es todo. Lo que resulta
malo para el periodista es bueno para el resto de los ciudadanos.
Dejaré que la realidad arruine una noticia interesante.
Miércoles: recibo cartas de un
amigo argentino que es periodista y vive en California y de
otro amigo argentino que es baterista y vive en Oslo. Ambos
nombran a los Beach Boys. ¿Una simple casualidad? ¿No
será una señal del destino? En ese caso, ¿qué
demonios podría significar? Si me lo preguntaran Kofi
o su enviado especial improvisaría una respuesta enigmática
y resultona, pero estoy solo en casa y no sé qué
pensar. Si llegara Maite le pediría ayuda: es filósofa
amateur, siempre sabe todo. Pongo “Pet Sounds”
e intento abrir las puertas de la percepción a ver
si recibo ondas cósmicas o algo.
Jueves: la población de argentinos
en Cataluña ha pasado de 10.000 a 20.000 individuos
en pocos meses. Mi viejo amigo Luis está de vuelta.
Se vino en 1976. Fundó la editorial Dilema. Conoció
a una francesa en el Zurich. Se fué con ella a París.
Cuando se restableció la democracia cometió
el error de volver a su Buenos Aires querido. Se especializó
en la reproducción de camaleones, que por lo visto
no son muy proclives a copular en cautividad. Luis sabe convencerlos.
Ahora está de vuelta. Es un naturalista eminente que
busca trabajo. Juntos recorremos los escenarios de nuestras
correrías barcelonesas y encajamos como podemos el
vértigo del paso del tiempo.
Viernes: nos mudamos a Les Corts, justo
enfrente del Camp Nou. Maite es filósofa, yo asesor
secreto de Kofi; nos gusta un buen partido de fútbol
de vez en cuando, pero nos horroriza todo lo demás.
¿Habremos cometido un error? ¿Moriremos pisoteados
por las hordas futboleras? ¿Serán culés
la verdulera y el informático, la farmacéutica
y el mecánico? ¿Nos habremos auto-abducido a
un planeta blaugrana de encefalograma plano? ¡El domingo
hay partido!
Sábado: desempaquetamos mis discos
y sus libros de Kant y Heidegger en un clima de tensión
apenas disimulada. Plúmbeos presagios enrarecen el
ambiente. Hablamos lo justo, solamente tecnicismos del día
después de la mudanza. Miro al Camp Nou de reojo, como
vigilando a un monstruo que podría eructar un viento
ardiente en cualquier momento.
Domingo: el día D. Ya están
instalados los tenderetes de banderines. Algunos miembros
de la avanzadilla hooliganista, enfundados en absurdas camisetas
del Barça, beben cerveza en la puerta de los bares.
Maite y yo permanecemos en silencio en el balcón, tomados
de la mano, esperando el Apocalipsis. Hacia la caída
del sol empieza el desfile de aficionados. Me recuerdan a
la migración de los ñues, en la sabana africana.
Entran, gritan, salen. Se van. ¡No ha pasado nada! Abrazo
a Maite y le digo:”este será nuestro nidito de
amor, darling”. Se levanta un viento fresco. Docenas
de bolsas de plástico, abandonadas por la horda futbolera,
bailan una danza de bienvenida en el aire.
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