
La misión del esteta
Por Sergio Makaroff
Considero al diseño de parques y jardines como una
de las Bellas Artes.
Por algo Dios, el decano de los creadores, no montó
el paraíso en un estadio de fútbol o en una
academia de nuevos valores musicales, sino en El Jardín
del Edén, que era un jardincillo de lo más mono,
con su estanque, sus flores y sus árboles frutales.
Había víboras, sí, como también
pulularían jilgueros, musarañas y grillos, con
toda naturalidad.
En ese modelo me baso para desarrollar mi labor como –autoproclamado-
crítico de arte.
No me importa romper el suspense y adelantar
el final: el Parque de Diagonal Mar obtendrá un aprobado
con mención.
Y eso a pesar del primer trago: los grotescos macetones con
apliques cerámicos pop art resultan desmesurados, están
aquejados de sobrepeso. No levitan, aunque algunos de ellos
floten sobre las cabezas de los viandantes. Engarzados en
unas estructuras metálicas casi idénticas a
las de la Avenida Icària –aquellas que parecen
vías de tren destrozadas por un huracán o un
terremoto- su obstinación seudo gaudiana se digiere
mal, con profusión de alka-setzer.
¿Porqué inspirarse en Gaudí en lugar
de pergeñar algo totalmente original? ¿Acaso
esa es la mejor manera de homenajear su legado? ¿Qué
diría Don Antonio si viviera? ¿Eh? ¿Y
porqué repetir los raíles retorcidos de la Barcelona
olímpica? ¿Es que sobró material?
Pasaron las Olimpíadas y la Diagonal llegó hasta
el mar: un motivo más que suficiente para apostar por
la creatividad absoluta y quedar como Dios. Podrían
haber conseguido un sobresaliente, pero no consultan y así
les va.
En fin, supero el mamotreto con un suspiro
y me adentro en la enorme superficie –14 hectáreas-
del parque.
Un lago irregular, caprichoso, con desniveles que provocan
cascadas murmurantes, poblado por plantas acuáticas
y miles de peces anaranjados y atravesado por un sinuoso puente
de madera, reconcilia al crítico con la obra.
“Prohibido liberar animales en el
lago”, reza un insólito cartel. Varias tortugas
bien adaptadas demuestran lo inútil de la instancia.
Los perros no lo harían, pero las tortugas sí:
ellas te abandonarían sin remordimientos ante un mejor
proveedor de lechuga fresca. O sea que a buscarse la vida,
coleguitas.
El crítico de arte es un ser volátil
y narcisista. Su meta principal es demostrarle al artista
que sabe más que él sobre su propio arte y que
es más culto, más sensible, más sofisticado,
más todo. Los autoproclamados no somos excepción.
Lo que hace un momento era reprobable
–la repetición de un elemento arquitectónico
u ornamental- ahora, por arbitrio incontestable del crítico,
resulta que va a ser bueno. Se trata de las tortillas de cemento
ondulado que también se encuentran en el Parque de
la Estación del Norte. ¿Sofá o escultura?
No hace falta ser contorsionista para comprobar lo bien que
se acomoda el cuerpo al inefable artilugio. Repantigarse sobre
los pliegues de la tortilla junto a otros ciudadanos rompe
el hielo hasta puntos insospechados. Una legión de
nuevos barceloneses podría ser concebida sobre los
pétreos armatostes, al abrigo de las sombras del atardecer...
Siguiendo a las libélulas rojas,
las estrellas del baile, voy paseando al tuntún y apuntando
nombres de árboles: acacia de Constantinopla, alcornoque,
árbol del amor o árbol de Judas, ciprés
de los pantanos, granado, drago de Canarias. Este último
tiene 150 años y está sostenido por una estructura
de madera; el conjunto diluye los límites entre el
arte y la botánica. En realidad, medita el crítico,
resulta placentero dejarse caer justo ahí, donde ambas
disciplinas se confunden.
La Montaña Mágica es una
colina artificial con grandes toboganes de acero –para
delicia de los niños- y una cima con bancos desde la
que disfrutar de un panorama particularmente auspicioso. El
futuro parece prometedor visto desde aquí.
Ahora bien: no es cuestión de
hacer un inventario exhaustivo de las instalaciones. ¡Faltaría
más! La misión del esteta es capturar la esencia
y para ello, oye, bastan unas pocas pinceladas maestras.
Como broche de oro una charla de tú a tú con
el conservador del parque, Antonio García, funcionario
que entró a Parques y Jardines como peón y hoy
es el responsable de las 16 personas que están a cargo
del mantenimiento y la gestión de Diagonal Mar. Un
tipo macanudo –hay tantos argentinos que no hace falta
traducir el término- que parece muy encariñado
con su trabajo.
Las libélulas rojas, Antonio y
el autoproclamado recorremos los floridos senderos y nos detenemos
frente a un cartel explicativo en el que el artista/diseñador
del parque nos cuenta qué pretendió decir con
su obra: “es como un árbol que nace del mar”.
Será a vuelo de pájaro, porque los usuarios
de a pié, o sea los que no llegan en helicóptero,
difícilmente percibirán el intenso lirismo de
la alegoría.
“Un árbol que nace del mar”.
¿Qué piensa Antonio García del audaz
símil? El conservador hace honor a su título
y se escapa hábilmente por la tangente, evitando mojarse
y concediendo una sonrisa irónica de la que no quedará
más constancia que esta crónica.
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