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¿Mensajera?
Por Sergio Makaroff
No, no le exagero. Mi amigo Luis García tenía
un kiosko de prensa en Buenos Aires. A su hija le regalaron
unos peces de colores. Uno murió. Ella lloró.
Luis le compró otro y lo observó. ¿Viviría,
moriría? ¿Qué determinaba que se adaptara
y sobreviviera o que estirara la aleta? Luis cuidó
de ese pez y su vida cambió radicalmente. Siempre le
habían gustado los animales. ¿Y a quién
no? Se compró una pecera más grande. Al principio
capturó peces en su casa de recreo de Tigre, en el
delta del Paraná, modificando los anzuelos para moderar
el daño. Aprendió a ambientarlos, alimentarlos
y curarlos. Dirigió la reproducción de sus cautivos.
Se convirtió en un experto. Al cabo de un tiempo se
dio cuenta de que sabía más que los espabilados
que le vendían los artículos de acuarismo.
En esa época su casa ya era una
enorme pecera. No tenía televisión. Miríadas
de peces multicolores nadaban en silencio, ondulando como
gasas y tules. Él se sentaba en su sillón y
los miraba. Esos momentos eran perfectos. Unos años
más tarde había enfocado su atención
hacia los reptiles. Ofidios, saurios y quelonios le revelaron
sus secretos. En los arbustos de su jardín evolucionaban
parsimoniosos los camaleones que había logrado reproducir
en cautividad. Luego se dedicó a los batracios. Se
sintió atraído por los arácnidos. Estudió
naturalismo en la Universidad.
Finalmente decidió convertir su
pasión en profesión y abrió un local
llamado Vivarium. No era la típica tienda de mascotas.
En lugar de vender los bichos consabidos y engatusar a los
incautos para sacar la máxima pasta posible, encaró
el negocio como si todo el mundo fuera bueno y entendiera
de verdad en qué consiste la relación del hombre
con los demás animales. Tenía pitones como muslos,
arañas como manos, escorpiones ambarinos y translúcidos,
ranas venenosas rojas, verdes, amarillas y negras. Y peces
sutiles, para iniciados en los húmedos misterios del
acuarismo. Repartía su sabiduría, regalaba sus
consejos.
Así le fue. La puntilla la puso
la crisis del 2002. Luis y su familia volvieron a Barcelona,
donde habían vivido años. Ahora él trabaja
en el Hospital Sant Pau, manipulando las ratas de laboratorio
con las que Jaime Kulisevsky desarrolla sus experimentos de
investigación neurológica.
Hace pocos días Luis encontró
una paloma herida. Era mensajera. Se hizo cargo de ella. La
llevó a su casa, la limpió, desinfectó,
alimentó y confortó. Puso un par de palabras
clave en el buscador Google –como “colombofilia”
y “Cataluña”- y se la devolvió a
su dueño.
José María Ferreras es policía
municipal de Mataró. Y colombófilo de primera.
En España hay unos mil poseedores de palomas mensajeras.
Una cuarta parte están en Catalunya. Ellos y sus animalitos
son uno de los tantos mundos que hay dentro de este mundo.
“La paloma que encontró
tu amigo fue probablemente atacada por un halcón. No
pienses que por eso les tengo manía. Al contrario,
me encantan. Si no criara palomas me dedicaría a los
halcones. Cuando te inicias en esto los demás colombófilos
se vuelcan, te regalan los primeros casales. Actualmente tengo
75 palomas”.
¿Cómo se hace para que
los vecinos de escalera no protesten por tener un palomar
gigante en el terrado? “No he tenido una sola queja.
Las alimento una vez por día, cuando regresan de su
hora de vuelo diaria. De ese modo comen y evacúan dentro
de las jaulas. Y si una coge el vicio de pararse en las antenas,
me deshago de ella. Los vecinos ni se enteran. Pero si algún
día surgiera algún problema, me marcharía
con mis palomas a algún sitio donde pudiera tenerlas.
Es una afición muy fuerte, una especie de oasis relajante
en el que me sumerjo para evadirme de las presiones de la
vida cotidiana”.
Las competiciones consisten en sueltas simultáneas
de ejemplares que vuelan de regreso a sus hogares. Una anilla
conectada a un sistema informatizado permite determinar cuál
ha llegado primero. Una campeona mundial puede llegar a cambiar
de manos –los compradores suelen ser japoneses- por
unos 120.000 euros. El ejército español no solo
mantiene sus palomas, con las que concursa como uno más,
sino que se encarga de registrar todos los palomares de mensajeras
del país. Por lo visto las siguen considerando material
sensible, con valor estratégico.
“Pues sí –comenta Ferreras- es más
fácil intervenir una llamada telefónica que
detectar y neutralizar a una paloma. En París, hasta
hace muy poco, algunos laboratorios las usaban, en casos urgentes,
para enviar los resultados de los análisis. Una moto
puede atravesar París en veinte minutos: una paloma
en cinco. Para un trayecto de cien kilómetros, por
ejemplo, un par de palomas sigue ofreciendo las máximas
garantías. Si un halcón te pilla una, la otra
lo consigue, seguro. El mayor peligro, como en todo, es la
gente. Los cazadores. Aunque las palomas están protegidas
por la ley, muchas veces te llegan con perdigones. Los halcones
y los azores, en realidad, son un estímulo natural
que hace que tus palomas vuelen más alto, más
rápido”.
Permanezcan atentos a esta sección,
lectoras y lectores, que pronto contaremos la historia de
Buby Vasina, amigo de la infancia, criador de halcones peregrinos
y cetrero de pro. No les exagero.
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