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Maite y el Universo
Por Sergio Makaroff
A Maite y a mí nos encantaría conocer todo el
Universo. Es un sueño que compartimos. No sé,
nos hace ilusión......le tenemos cariño. Después
de todo, es el único que tenemos ¿no? Es un
poco así nuestro entorno. Sabemos que conocerlo todo-todo
es imposible. Incluso el 90% es como muy cuesta arriba y tal.
Podemos parecer un par de soñadores, pero el caso es
que somos muy realistas. No perdimos ni un minuto en lloriqueos
inútiles y pusimos manos a la obra. Leímos “El
mundo de Sofía” de Jostein Gaarder y “Más
Platón y menos Prozac”, de Lou Marinoff. Adquirimos
conocimientos básicos de filosofía con el primero
y supimos cómo emplearla para ser felices con el segundo.
Iniciativas de Maite, que es una mujer muy práctica.
Y muy inteligente: si compra un libro de autoayuda no es de
pirámides de cuarzo ni esas chorradas anticientíficas.
Aprendimos grandes verdades, como que
el Universo contiene infinitos puntos. Pero -y aquí
está el truco del almendruco- cada punto contiene todo
el Universo. Algunas escuelas de pensamiento considerarían
a esta última afirmación como voluntarista,
pero el asunto es que a nosotros nos funciona de puta madre.
Si no podemos viajar a las Seychelles, las Maldivas, Venus
y los agujeros negros haremos de Barcelona nuestro punto de
acceso a todo el Universo.
Imbuídos de este espíritu
y montados en sendas bicicletas, nos lanzamos a la aventura.
Lo primero que descubrimos fué una nueva plazoleta,
ubicada al final del Moll de la Fusta, mirando el mar a la
izquierda. Era un atardecer cálido de otoño
y había un solitario señor pakistaní,
rodeado de latas de Voll-Dam. Pasamos frente a él y
soltó “¿porque tú tan viejo y ella
tan joven?”. ¡El Universo empezaba a revelar sus
misterios! El mayor de todos es la mente humana. No pude evitar
observar la mía propia, la intensa actividad que desarrollaba
mientras la vista se perdía en el puente del Maremagnum
y en las aguas aceitosas del puerto. Me sentó mal que
me llamara viejo. Me sentó bien que notara cuánto
más joven es Maite. Sentí solidaridad con el
inmigrante solitario que se refugia en el alcohol, ya que
hace veinte años yo estaba en el mismo muelle, bebiendo
la misma marca de cerveza. Me pregunté qué haría
nuestro insolente amigo de hallarse en Pakistán. ¿A
favor o en contra de Osama? ¿Integrista, policía,
militar golpista, currante que ahorra para emigrar a Barcelona?
La mente, una de las maravillas del Universo.
Gracias a Maite, Gaarder, Marinoff y
las nuevas estaciones de la línea verde del metro pude
conocer el Parque del Laberinto de Horta. Confieso avergonzado
que en 23 años de barcelonés adoptivo jamás
lo había visitado. Podéis estar seguros de que
compensaré ese error con abundantes expediciones de
aquí en adelante. Es un sitio formidable, ideal para
visitar entre semana. Obviamente un explorador intergaláctico
necesita marcar distancias con el público dominguero.
Allí fuimos Maite y servidor, y entre ¡ohs! y
¡ahs! trepamos hasta el límite superior del parque.
Nos llamó la atención que dicho límite
consistiera en una cerca electrificada. Hay por allí
arriba una especie de alberca sobre la que revoloteaban unas
inmensas libélulas de cuerpo dorado y esmeralda. No
hace falta estar iniciado en filosofía aplicada para
admirar a estas cumbres voladoras de la creación. Las
libélulas son máquinas mucho más perfectas
que cualquier helicóptero. Vuelan hacia atrás,
cambian de dirección en una fracción de segundo
y pueden cazar una mosca al vuelo. Son depredadores temibles,
los tiburones del reino de los insectos.
En aquel rincón acotado de la
Sierra de Collserola no se escuchaba el ruido de los coches.
Junto a la alberca de las libélulas mantuvimos uno
de esos silencios idílicos que tanto nos unen. A la
belleza del momento se unía la satisfacción
de comprobar que nuestras teorías eran ciertas. Sí,
es posible recorrer todo el Universo a través de cualquiera
de sus puntos.
Seguimos paseando por el parque y de
pronto me detuve frente a un poco de tierra removida. “Esto
parece obra de los jabalíes”, comenté
dándome aires de naturalista intrépido. “¿Cómo
va a haber jabalíes dentro de un parque público
que está a cuatro calles de la nueva estación
de Mundet de la línea verde?”, contraatacó
esa adalid del sentido común que es Maite. “Es
verdad; pero así deja el terreno el jabalí cuando
holla”, concedí con reparos. Un rato más
tarde nos cruzamos con un honrado y esforzado funcionario
de Parques y Jardines que hacía la ronda walkie-talkie
en mano. Le preguntamos porqué estaba electrificada
la cerca y nos lo explicó. “Ahora está
apagada; la encendemos cuando se cierra, por el tema de los
jabalíes: entran y hacen destrozos”. Para qué
voy a intentar engañar a los lectores de El Pais, que
si eligen este periódico es porque tienen dos dedos
de frente.. Ni los benditos puntos del Universo ni el bello
silencio de las libélulas de oro se pueden comparar
con el gustito que sentí al ver la cara de Maite. La
chavala estaba realmente impresionada. Y no me extraña,
ya que aprendí a reconocer las huellas de los jabalíes
en un periplo solitario por el fin del mundo, charlando con
el guardabosques de un parque natural de la Patagonia, junto
a la Cordillera de los Andes. Los viajes filosóficos
están muy bien, y vamos a profundizar en ellos, pero
no hay como un explorador de verdad para inundar la atmósfera
con el inconfundible perfume de la testosterona.
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