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Maite en Buenos Aires
Por Sergio Makaroff
No pocos lectores de estas crónicas están familiarizados
con la figura emblemática y señera de Maite,
la Obrera Filósofa. En su doble condición de
trabajadora y pensadora se ha convertido en guía y
ejemplo para miles de ciudadanos de Cataluña y Baleares.
Y nos consta que sus andanzas son seguidas a través
de Internet por una abultada legión de habitantes de
otras tierras.
Esta vez las vueltas de la vida han llevado
a nuestra protagonista a las lejanas costas de la convulsionada
Argentina, más concretamente a Buenos Aires, la otrora
Reina del Plata, una ciudad de quince millones de habitantes
e incontables –y furiosos- contrastes. Resultará
aleccionador asomarse a las reflexiones y emociones que esta
gran ciudad ha provocado en Maite.
La primera sorpresa llegó del
reino vegetal. “¡Los árboles son gigantescos!”,
exclamó, boquiabierta y maravillada. “¡Mira,
éste es un ficus, como el que tenemos en casa, solo
que el tronco tiene seis metros de diámetro!”
La Obrera Filósofa es tremendamente sensible a la presencia
de todo tipo de plantas (según ella una brizna de hierba
encierra toda la belleza y todo el misterio del universo).
Las calles de Buenos Aires están pobladas de árboles
descomunales que nadie poda. De vez en cuando cae una rama
sobre los porteños y sus pertenencias, pero con la
de palos que les han ido cayendo en los últimos años,
se diría que pasan inadvertidas como gotas en un océano
de dolor.
Maite y su cronista consorte no salieron
de ciertos barrios que forman una enorme isla de bienestar
en la que viven la menguante clase media, la clase alta y
la muy alta. Motivos de seguridad –y otros que no vienen
al caso- así lo aconsejaron. Llegaron una mañana
muy temprano y se movieron de un lado a otro con celeridad.
“Esto me recuerda aquél álbum de Supertramp,
‘Crisis, ¿qué crisis?’”, comentó
al pasearse entre el europeizado gentío y contemplar
las voluptuosas pastelerías y suculentas fruterías.
“Los edificios son altísimos y tienen unas entradas
llenas de mármoles, bronces y sillones de cuero verde
inglés, super elegantes. Casi todas cuentan con porteros
muy solícitos que mantienen las aceras impecables.
¿Dónde está la crisis?”
Al atardecer, cuando las hordas de cartoneros
llegados del extrarradio comenzaron a remover la basura, Maite
encontró, conmovida, la respuesta. Si la Obrera Filósofa
es sensible a las briznas de hierba, lo es mucho más
aún al sufrimiento de los desposeídos.
El barrio de la Boca es una típica atracción
turística. Tanguero, arrabalero y ribereño,
sus viejas casas de chapa ondulada están pintadas de
rabiosos colores primarios. Allá fueron Maite y el
cronista consorte, a cumplir con el consabido ritual de transitar
por la calle Caminito entre cantantes milongueras y otros
reclamos for export. Todo fue muy mono y colorista hasta que
decidieron asomar la nariz un poco más allá,
donde se acaban los colorines y empieza el gris parduzco de
la Boca real, la de la frustración y la guita cero.
Solo cincuenta metros fuera del área turística
fueron suficientes para encender la alarma roja de la supervivencia:
el aire se cortaba con cuchillo, las miradas eran torvas y
los movimientos de los lugareños no presagiaban el
nacimiento de una gran amistad.
Recular es de sabios y Maite lo es; por
algo la llaman la Obrera Filósofa. El siguiente paso
en la exploración de Buenos Aires sería la insólita
Reserva Ecológica de la Costanera Sur. Hace unos treinta
años se iniciaron unas obras destinadas a ganarle terreno
al Rio de la Plata (el más ancho del mundo, ¿viste?).
Por esas cosas que tiene el subdesarrollo, aquellos cimientos
tipo polder holandés quedaron abandonados. Y entonces
la majestuosa naturaleza sudaca dijo su verdad. Plantas y
animales llegados por agua, tierra y aire crearon un ecosistema
exuberante. Hay más especies de aves allí que
en toda Gran Bretaña. Son 350 hectáreas salvajes
en pleno centro de la ciudad, convertidas en una reserva que
se puede visitar y disfrutar de modo gratuito. Y seguro. Con
el escalofrío de la Boca bien presente, Maite y consorte
se detuvieron a charlar con un par de policías/bomberos/eco-guardianes
apostados en la entrada. “Si tienen tres trabajos deberían
cobrar tres sueldos”, supuso ella, tan ingenua como
voluntariosa. “¡Já!”, replicó
el pluriempleado público, “de eso mejor ni hablemos”.
Con el orgullo de los que se saben pobres pero honrados, el
buen hombre pasó a describir las medidas de seguridad
que garantizarían un paseo sin sobresaltos.
Y así fue. Los animales saltaban
a la vista: tortugas de agua, garzas y garcetas, nutrias,
cuises. Y un sinfín de ricinos, la planta-talismán
del cronista, por sobre los cuales sobresalía el skyline
porteño, erizado de rascacielos. Imposible imaginar
un contraste más pronunciado.
A solo treinta kilómetros de la
capital se encuentra la localidad de Tigre. Allí desemboca
el río Paraná, formando un delta de infinitas
islas e islotes. En otros tiempos fue el refugio predilecto
de los fugitivos de la justicia, por lo inextricable de sus
miles de riachuelos y canales. Hoy es una especie de Venecia
agreste y fluvial en la que algunos viven y otros tienen su
segunda residencia. Es un mundo acuático en el que
los autobuses son lanchas y para cruzar la calle hace falta
un bote. Maite estaba embelesada, sumida en uno de sus silencios
místicos, que solo rompió para decir “tú
debes sentir una nostalgia terrible de todo esto...”.
Por algo la llaman la Obrera Filósofa...
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