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Huellas
Por Sergio Makaroff
Antes, hace años, no se podía apoyar la suela
de los zapatos en los bancos públicos. El guardián
del parque –o el revisor del tren- te reñía,
y también cualquier adulto que pasara por allí.
A los mayores ni se les ocurría cometer semejante tropelía.
Era, en el mejor de los casos, una transgresión juvenil,
un gesto de rebeldía.
En casa ni hablar de encaramarse calzado a las sillas o al
sofá. Los padres te explicaban lo obvio: la calle está
llena de escupitajos, pis y caca de perro y quién sabe
cuántas guarradas más. Yo, voluntarioso, completaba
la lista: sangre verde de cucaracha, legañas de murciélago,
cera de oreja de comadreja, pus de gusano leproso, babas de
escuerzo casposo.
Había consenso. La inmundicia se adhería a las
suelas y debíamos evitar que se traspasara a nuestros
cuerpos y pertenencias. Actualmente hay la misma roña
en las calles, pero todo el mundo apoya los pies en los bancos
públicos. Estoy seguro de que, en su casa, la mayoría
se cuida muy mucho de cometer tal estupidez.
Los jóvenes llevan dos generaciones liberándose
del yugo milenario de padres, curas y profesores. La primera
generación dió la batalla (y la ganó).
La segunda empujó el péndulo hasta el extremo
y ahora disfruta del enseñoramiento de lo joven y dilapida
las posiciones conseguidas –por ejemplo- pisoteando
alegremente los sitios destinados a sentarse.
¿Me estaré volviendo viejo? Sï. ¿Tengo
razón? También.
Hace diez años que soy asiduo de los gimnasios de Barcelona.
Pasé por uno privado y dos públicos. En los
tres tuve y tengo que enfrentarme a diario a una realidad
desesperante: los socios se atan los cordones apoyando el
pié en los bancos que se extienden junto las taquillas.
Como el piso de los gimnasios suele estar húmedo, es
habitual que una huella negra e inmunda quede como prueba
de tan descerebrada incivilidad.
¿Harán lo mismo las socias? Si algún
día me pillan espiando el vestuario femenino que conste
que estaba inmolándome por la causa de la antropología.
Según cómo esté de humor, digo algo o
me callo. Últimamente, cada vez más, opto por
tragar sapo y hacer mutis. He tenido muchas experiencias desagradables
por pretender que el otro limpie su marca. El otro no es necesariamente
un joven rebelde, un okupa tardo-adolescente, un miembro de
Jarrai con el coco lavado por los profetas del odio. No, suele
ser un señor con traje que tiene la sana costumbre
de mover el cuerpo. Un tipo cualquiera. Menor de 50, eso sí.
Los mayores conservan ese antiguo respeto que hoy parece una
reliquia.
“Vete a tu tierra si no te gusta”, me han dicho
más de una vez. ¿Qué hacer en un caso
así? ¿Cambiar la natación por el boxeo?
¿Exponerme a ser noqueado por uno de esos cachirulos
que constituyen el grueso de los habitués? No, claro.
Lo que hago es entregarme con mayor pasión a la gimnasia,
destilar la rabia como una toxina más de las que se
eliminan con el sudor.
Y en eso estaba, el otro día, renegando de la Humanidad,
resopla que te resopla, cuando la suela de la zapatilla del
socio de la máquina de enfrente se ofreció ante
mi vista. Era amarilla, negra y plateada. Muy compleja. Y
bonita. Llena de canalillos alambicados destinados a conseguir
una buena sujeción. Además de lograr un buen
agarre, ese diseño estaba pensado para lucir bien.
Era un dibujo high-tech impactante y futurista. Me sumergí
en esa visión y conseguí, de entrada, dejar
atrás el mal humor. Me imaginé el taller de
los diseñadores industriales y me pregunté si
entre los creadores de zapatillas habría especialistas
en suelas. La siguiente escena fue una discoteca acristalada
en una estación espacial: en esa burbuja cósmica
los astronautas rebotaban de aquí para allá
sobre sus bambas luminosas. Pensé que el futuro no
estaba tan mal, después de todo.
La confirmación llegó al día siguiente
en la macrotienda de deportes Decathlon de L’Illa. Dispuestos
en los anaqueles había –y hay, vayan a verlos-
decenas de modelos distintos de calzado deportivo. Cada uno
de ellos se muestra de perfil y también del revés.
Ese despliegue atómico de suelas no tiene nada que
envidiarle a ninguna exposición de esculturas, a ninguna
instalación post-duchampiana-ecléctico-selectiva-deconstructivista
de tres pares de cojones. Arte moderno con mayúsculas,
señoras y señores. Cultura.
Descubrir fuentes inesperadas de belleza me reconcilia con
el mundo.
¿Hacia dónde se dirigen nuestros pasos? ¿Qué
clase de huellas estamos dejando? ¿Qué será
de la Tierra? No lo sé, pero acabo de viajar de la
desesperanza al optimismo montado en las mismas suelas.
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