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El hijo de El Ingeniero
Por Sergio Makaroff
Siempre fuí un metrosexual, o sea un heterosexual “sensible,
con toques femeninos, educado, a quien le gusta el ambiente
de las grandes ciudades.......y coleccionar zapatos”
(Suplemento Domingo de El País, 11 de enero de 2004,
página 9). La ventaja es que ahora sé cómo
se llama.
Habiendo tenido a Mick Jagger como modelo
en la vida no puedo evitar pensar que tales inclinaciones
han tardado decenios en convertirse en un estereotipo, pero
más vale tarde que nunca: bienvenidos al tren.
Poseo tres tipos de cepillos para zapatos de ante y más
perfumes y abalorios que mi mujer, lo cual no es de extrañar
si recordamos que ella es Maite, la obrera filósofa.
Heredé de mi padre -un notorio
dandy comunista a quien todos llaman El Ingeniero- la preocupación
por el destino del hombre y el gusto por la buena ropa. ¿Conocen
a alguien que se haga los gemelos por encargo y que tenga
dos cajones camiseros especialmente adaptados para su almacenamiento?
Comparado con El Ingeniero, soy un eremita.
¿Por dónde pulula un metrosexual barcelonés?
Irá allí donde haya color, pero es fácil
verlo en la esquina de Rambla de Catalunya con Provenza. Subiendo
a la derecha, en Groc, se deja la pasta la izquierda. Subiendo
a la izquierda, en Aramis, suelta los morlacos la derecha.
Tengo cuatro americanas compradas en esa esquina, durante
algún golpe de bonanza. Y otras diez agenciadas en
Humana, la cadena de tiendas de ropa usada. Las primeras costarían
ahora unos 500 euros la pieza. Las segundas, todas juntas,
no sobrepasarían los 180. Y aquí viene lo más
importante: desafío a cualquier árbitro de la
metrosexualidad a que distinga las unas de las otras, cuando
voy todo emperifolladito con mis galas domingueras. Apuesto
un bote de crema hidratante La Prairie a que no lo consigue.
El truco consiste en invertir tiempo
y tener algo de ojo. Por suerte la ropa de segunda mano está
a la orden del día y ni siquiera un cliente habitual
de Aramis se sentiría incómodo buscando chollos
en Humana. Si es un próspero empresario podría
encontrarse con el creativo publicitario que le cobró
una fortuna por la última campaña. Y tan amigos.
Hay más. Una prenda flamante resulta
rígida y desangelada, le falta la chispa de la vida.
Los caballeros ingleses, desde siempre, ceden sus chaquetas
nuevas al mayordomo para que les haga el rodaje. Recién
entonces adquieren la pátina adecuada, la elegancia
digna de un señor.
Recuerden los lectores que soy hijo de
El Ingeniero. Eso significa que por cada alarde de frivolidad
metrosexual habrá una prueba de compromiso candente
con el dolor del mundo, lo cual nos remite directamente a
Lenin. Vladimir Ilich se preguntaba qué hacer. Yo me
planteo investigar qué hace Humana, porque sé
que hay algo detrás de la venta de ropa usada.
Después de tres días de
insistencia logro que el responsable de información,
un biólogo llamado Rafael, se ponga al teléfono.
Y averiguo lo siguiente. Se definen como una organización
humanitaria sin fines de lucro, aunque tienen 160 empleados.
Forman parte de una federación de asociaciones similares,
agrupadas bajo el nombre Humana People to People. En su página
web (www.humana-spain.org) el apartado La Federación
está “en construcción”. Su declarado
fin último es promover proyectos de desarrollo en el
tercer mundo. Actualmente hay en marcha acciones humanitarias
en Angola, Mozambique, Zambia, Zimbabwe e India.
En España cuentan con 17 tiendas
y cuatro mil contenedores para recoger ropa usada. “Tenemos
el monopolio de la ropa de segunda mano”, según
Rafael. También tienen su propia flotilla de camiones
y hace poco han llevado a África, para que vieran la
obra con sus propios ojos, a los alcaldes de unos cuantos
municipios, entre ellos los de L’Atmella del Vallés,
Tortosa, Amposta y San Feliú de Guixols
Los de Humana parecen muy buenos, pero yo no lo soy tanto y por eso desconfío. ¿No serán una empresa comercial que dedica una pequeña parte de sus ganancias a la beneficencia para poder contarlo y quedar como unos santurrones?, le espeto a Rafael.
Con la cadencia casi monótona de quien está acostumbrado a desmentir acusaciones de ese cariz, afirma “aquí nadie se está haciendo rico; una vez pagados los gastos y los sueldos, lo demás se dedica íntegramente a los proyectos de cooperación; tenemos enemigos, claro, gente que sabe que hay un gran negocio en la ropa usada y a la que no le dejamos sitio; los fundadores de Humana son unos maestros daneses que han levantado polémicas en su país por el modo en que funcionan sus escuelas; muchos se aprovechan de eso para criticarnos, pero hacemos dos auditorías por año y ahí están los aproximadamente 900.000 euros que hemos invertido en África en 2003, solo de Humana España”.
Ajá. Me lo creo. Puede que algo huela a podrido en Dinamarca, pero si esa pasta gansa se ha invertido en aliviar en alguna medida la miseria africana (y asiática), no seré yo el que se ponga escéptico, habiendo tantas empresas que no hacen nunca nada por nadie.
Olvidaba comentar que también conseguí en Humana dos gabardinas y un abrigo de 30 euros cada uno que parecen comprados en Furest.
Y a metrosexuar, que son dos días.
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