
El barrio
Por Sergio Makaroff
Tiendo a suponer que los lectores de El País son más
cultos que el promedio de los españoles. Un ejemplo:
seguro que muchos de ustedes saben cuál fué
el escritor ruso que dijo aquello de “pinta tu aldea
y serás universal”. ¿Dostoievsky? ¿Tólstoi?
¿Chéjov? El asunto es que me propongo honrar
a mis orígenes eslavos siguiendo esa premisa al pié
de la letra.
Nos hemos mudado a Les Corts. Vivimos
frente al Camp Nou, detrás de los Jardines Bacardí.
Voy a intentar epitomizar (los lectores de El País
suelen saber qué significa esta palabra) el mundo en
que vivimos (caminando lo menos posible).
Cruzando el parque hay un colmado que
pertenece a un joven paquistaní llamado Zahoor, aunque
lo atiende básicamente su mujer, Mariana, nacida en
Ecuador. Y lo hace siete días por semana, hasta las
diez de la noche. Él tiene un locutorio junto al mercado
de San Antonio, o sea que éste es su segundo negocio.
Se conocieron hace dos años, en la parada del bus nocturno.
Luego se fueron viendo por el barrio y la cosa fué
a más, hasta que él “con más ternura
que los chicos de aquí, que te besan directamente”
le declaró su amor. Ella le dijo que sí y por
eso lleva un brillante en la nariz, equivalente a nuestro
anillo de compromiso.
Mariana no se fué de Ecuador escapando
de la pobreza, sino por otros motivos que prefiere no revelar.
Es anestesista diplomada y ejercía esa profesión
en su Guayaquil natal. Como sus padres la educaron “de
un modo bastante tradicional” no le resulta tan difícil
aceptar las limitaciones impuestas por la concepción
del matrimonio que sustenta Zahoor. No puede salir sola de
casa, (“pero él me acompaña siempre que
se lo pido”), no se puede bañar en la playa ni
usar ropa que muestre partes de su cuerpo y en general él
es el que manda.
A Mariana se la ve encantada de la vida y según Zahoor
“ respeta el ayuno del Ramadán y está
estudiando los preceptos del Corán con unos folletos
en español”. Ella no menciona nada –los
entrevisté por separado- respecto a su inminente conversión
al islam. Si nos guiamos por el sonido de su risa –profunda
y musical- Mariana es perfectamente feliz.
A pasitos del colmado multirracial, en
los jardines Bacardí, hay un par de canchas de petanca.
Cada domingo por la mañana acuden dos equipos con sus
respectivas banderas y uniformes. Éstos consisten en
chandals de diferentes colores. Suelen ser verde loro los
de un bando y fucsia Río de Janeiro los del otro. Los
contendientes derrochan entusiasmo. Cuando un jugador consigue
un buen tiro sus compañeros festejan ostentóreamente
el acierto y todos y cada uno se acercan a golpearle las palmas
al estilo de los deportistas afroamericanos. La lluvia no
solo no interrumpe el match sino que le agrega un plus de
morbo, cuando las bolas plateadas caen sobre los charcos provocando
salpicaduras de mercurio. En esto la petanca se parece a la
lucha femenina, que resulta mucho más atractiva sobre
el barro.
A la vuelta de la esquina la Gran Vía
de Carlos III se desdobla y desciende caracoleando hasta la
Ronda del Mig. Es un espectáculo fascinante para el
que le gusten las autopistas, el cemento y el humo de los
motores a explosión. Algún genio del mobiliario
urbano colocó justo ahí un banco fijo -de una
plaza- y un arbolito escuálido. Algún día
ese árbol crecerá y dará sombra. Pero
jamás podré entender qué sentido tiene
propiciar tal contemplación solitaria, como no sea
la de aumentar la tasa de suicidios proveyendo a los indecisos
de una antesala sumamente idónea. Me imagino la escena
en el cielo. Llega un alma y le preguntan de qué murió.
“Estaba que sí, que no...hasta que me senté
en Carlos III con Avenida de Madrid, junto a la entrada de
la Ronda”. Ah, claro.
Rodeando el Camp Nou hacia la Diagonal
está la zona de Las Chicas. Paso cada noche frente
a ellas al volver andando del gimnasio DIR Campus. Me llegan
ráfagas de risas locas y fragmentos de conversaciones
en lenguas eslavas que me remiten a la infancia, cuando escuchaba
a mis abuelos hablar en ruso. Tengo que pintar mi aldea y
ser universal, pero me cuesta ejercer de reportero intrépido
con estas desenfadadas ninfas del este. Por fin junto valor,
trago saliva y me acerco a una morenita de piel blanca como
la estepa siberiana. En ese momento caigo en la cuenta de
que no había consultado precios para eso desde mi primera
vez, hace 35 años, en un lúgubre prostíbulo
de las afueras de Buenos Aires. Me sale aquella voz quebradiza
de adolescente. “Ejem...por si algún día
me decido...¿cuánto cobras por tu servicio?”.
Ella no se inmuta e informa: “En el coche, 30 euros”.
¡Ay! Supongo que luego están los extras, pero...qué
lejos quedan el caviar y las balalaikas; sobre todo si hay
un chulo búlgaro de intermediario.
En fin, este es mi nuevo barrio. Como
en el resto del mundo, la libertad es un proyecto y media
una cuadrita nomás entre la felicidad y el suicidio.
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