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¿Dónde estás, Margarita
Gras?
Por Sergio Makaroff
Mi madre fue una niña catalana. Entre los cinco y los
doce años pasó más tiempo en casa de
los Gras, jugando con su amiga Margarita, que en el hogar
de los Levín . Los Gras eran barceloneses y hablaban
en catalán, claro. Comían butifarras y tenían
un perro llamado Patufet. Vivían en un caserón
de una planta con un gran jardín que atravesaba la
manzana. Ahí había una higuera, un gallinero,
un loro de nombre ignoto y espacio para corretear. Esto sucedía
en la Buenos Aires de los años treinta, en la mundialmente
conocida Avenida Corrientes. Las dos familias de inmigrantes
vivían puerta con puerta y compartían el afán
de abrirse camino en aquellas tierras remotas. Mi abuela Berta
Gurevich era lituana y su marido Miguel Levín venía
de Besarabia, hoy parte de Moldavia. Margarita y mi madre
habían nacido en Argentina y las unía la patria
más profunda e indeleble que existe: los juegos de
la infancia. Fueron siete años de amistad y hermanamiento.Tenían
la misma edad, iban al mismo colegio, eran inseparables. Mi
madre entendía perfectamente el catalán, conocía
las canciones de cuna, comía los platos típicos,
era como una hija más para la familia Gras. Hasta que
un día, inopinadamente, los Levín se mudaron
y las niñas dejaron de verse. Supongo que las nuevas
amistades y la tormenta hormonal de los doce las distrajeron
y evitaron que la separación adquiriera tintes de drama.
Unos años más tarde mi madre sintió el
vacío dejado por Margarita e intentó encontrarla.
Repasó los listines telefónicos, hizo vanas
llamadas e incluso acudió al Centro Catalán
de Buenos Aires. Para su gran disgusto, Margarita Gras parecía
haber sido tragada por la tierra: jamás volvió
a saber nada de ella Mi madre emitió un suspiro hondo
y la vida continuó discurriendo como un rosario de
latidos y ausencias. La famosa Avenida Corrientes sonó
a tango y también a rock. ¿Hubo algún
tiempo bueno en aquel país del fin del mundo? Seguramente
que sí, pero, por algún motivo, me cuesta recordarlo
. Sé que salí corriendo hacia España,
espantado por la impunidad de las huestes fascistas y atraído
por los relatos entusiastas de los amigos que me precedieron.
Todo lo que contaban era cierto. Pasé de Madrid a Barcelona
en cuestión de meses, arrebatado por el influjo único
de esta ciudad que ahora es la mía. No fué ajena
a ese arraigo inicial una mujer de rasgos mediterráneos
y voz grave de quien me enamoré con locura. Fuí
correspondido, feliz y padre de una criatura que hoy es un
muestrario andante de tatuajes y de piercings. Otra niña
catalana hace su aparición en esta pequeña historia
que no sé bien a dónde quiere llegar. La mente
no lo sabe, pero el corazón sí. Por eso dejo
que me guíe, a ver si llego a buen puerto. Tuve una
familia barcelonesa durante los años que pasé
con la madre de mi hija. Me acogieron con cariño, me
aceptaron y soportaron con grandeza de espíritu mis
horribles defectos. Más fácil les resultó
tratar con mi madre, que ha ido viniendo de visita a lo largo
de todos éstos años, con especial énfasis
desde que nació su nieta catalana. Me imagino lo que
habrá sentido cuando la niña empezó a
hablar. ¿Era la voz de Margarita Gras que emergía
del reino de la bruma para restituir el vínculo trunco?
¿Curó el dulce catalán de la nieta la
herida abierta por aquella mudanza repentina? ¿Puede
restañarse el hierro de una ausencia con una presencia
de oro? Por supuesto que sí. Los devaneos del destino
no siempre deparan naufragios y abismos. Sé que mi
madre lloró de emoción al volver a escuchar
aquellas viejas canciones de su infancia. Se reencontró
con Patufet y con la butifarra. Hizo falta que unos nazis
argentinos aterrorizaran a su hijo para que ella pudiera volver
a los sonidos y los sabores perdidos en un recodo improbable
del tiempo. Sus padres habían huído de una Europa
incómoda en la que el antisemitismo era una amenaza
bien tangible. Un salto transoceánico la colocó
en la rama de una higuera porteña junto a una niña
catalana y ese fué su paraíso particular. Otras
hienas capaces de dar tormento a judíos y cristianos
ahuyentaron a su hijo, que aterrizó en la España
posfranquista y se enamoró de una barcelonesa. Los
hilos de esta trama minúscula se trenzan con hebras
de amor y de odio. La misteriosa espiral que nos contiene
es una caracola galáctica llena de pasillos que se
estrechan y se ensanchan. ¿Me transmitió mi
madre de algún modo –detectable mediante la ciencia
o la poesía- su afinidad con Cataluña? ¿Cuántos
de mis antepasados centroeuropeos fueron judíos expulsados
de España? ¿Elegí vivir aquí o
fué un impulso atávico el que me capturó
y me obligó a volver a Sefarad? Hágase tu voluntad,
Señor, y no la mía.
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