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Cuarenta y ocho horas
Por Sergio Makaroff
¡What a wonderful world!, cantaba Louis Amstrong, y
yo lo suscribo. Neil Armstrong también veía
al mundo maravilloso, desde la Luna. Europa: ¡qué
continente tan próspero y pintoresco! España,
la octava potencia mundial. ¡Quién nos ha visto,
porteros de los franceses, y quién nos ve! Cataluña,
qué lujazo de nación perteneciente a España.
Y Barcelona: imposible vivir en una ciudad mejor.
Tanta dulce perfección estaba
empezando a empalagarme. Por suerte me topé –en
sólo cuarenta y ocho horas- con algunas pequeñas
máculas que sirvieron de contrapeso.
Primera. Estación de Sants. Necesito billete para Flaça.
Hay mucha cola. Pregunto en información. Una de las
máquinas los expende. Pero solo acepta el importe exacto.
Hay una máquina que da cambio. Pero no da monedas de
diez y veinte céntimos, imprescindibles para comprar
ese pasaje. Superado el obstáculo, intento meter el
billete en la máquina correspondiente y acceder a los
andenes. Es ligeramente más grande que el orificio.
Me pellizco. ¿Estoy en la dimensión desconocida?
Corro a información: los billetes para Flaça
no entran en las máquinas validadoras, hay que dar
la vuelta a la zona de taquillas y encontrar a un revisor
para que haga un control manual. Corro al tren. Subo un minuto
antes de que parta, con la lengua afuera y la sensación
de ser portero en Francia.
Segunda. Desembarco total de los Mossos
d’Esquadra en Barcelona, tomando el relevo de la Policía
Nacional. Nueva macro comisaría autonómica en
Travessera de Les Corts, mi calle. Paso por delante, regocijado
por el adelanto en el autogobierno. Unas personas uniformadas
cuidan la puerta. Son seguratas de Prosegur. ¿Será
posible? Escapé a la dimensión desconocida en
la estación, pero la brecha interdimensional –seguro-
me está tragando esta vez. Pellizcándome para
despertar, me acerco a los uniformados. No es una grotesca
pesadilla. La nueva comisaría tiene seguridad provista
por Prosegur. Se dedican al control de accesos y personal.
Hay una explicación, pero es claramente insuficiente
para restaurar la imagen de la nueva policía del barrio.
¿Estos son los que nos van a cuidar a nosotros, los
que no pueden cuidarse a sí mismos?
Tercera. Partido del Barça en
el Camp Nou. Coches y motos aparcados de cualquier manera,
colapsando todo lo colapsable y más. Docenas de motos
invaden los Jardines Bacardí, un parque que hay frente
a mi casa. Ni una multa. ¿Por qué hacer la vista
gorda con estos infractores anunciados y reincidentes? A tres
o cuatro calles del estadio hay mucho más sitio para
aparcar. Los dueños de esos vehículos van a
admirar la potencia de las piernas de los jugadores, capaces
de correr noventa minutos haciendo gambettas fabulosas, pero
son incapaces de caminar tres calles para aparcar sin saltarse
las normas. La policía no debería premiar esa
paradoja, sino castigarla.
Cuarta. Ha muerto Shirley Horn. Vuelvo
a escuchar sus discos y decido homenajearla ( y consolarme)
consiguiendo algunos álbumes suyos que faltan en mi
colección. Acudo a Jazz Messengers, la fantástica
tienda especializada de la Rambla de Catalunya, 99. En el
apartado de cantantes encuentro a Lena Horne, pero Shirley
Horn no está por ningún lado. Subo, bajo, vuelvo
a recorrer el orden alfabético. No puede ser que en
Jazz Messengers no tengan la obra de esta gran vocalista.
Por fin consulto a un vendedor. “Está en la sección
instrumental; como también tocaba el piano...”.
Eso es como poner a Elvis Presley con los guitarristas. En
los discos de Shirley Horn hay algún tema instrumental
–de hecho era una gran pianista- pero el 99% de su reconocimiento
artístico proviene de su increíble manera de
cantar. Provocaba entusiasmo hasta en los que no se dejaban
impresionar fácilmente por los cantantes, como Miles
Davis. Ahora sí que estoy inmerso sin remedio en la
dimensió desconeguda.
Quinta. Si una persona se pone a orinar en la calle probablemente
recibirá una multa y la desaprobación de sus
conciudadanos. Más aun una mujer que un hombre, por
lo aparatoso de la gestualidad y los prejuicios machistas
que todavía marcan nuestras conductas. Pero no pasa
nada si esa persona orina de un modo interpuesto, a través
de su perro. El tema caca está legislado, hay campañas,
algunos dueños de perros van adquiriendo algo de conciencia.
Pero el pis sigue siendo tabú. El pis de perro, ese
gran desconocido. ¿Cuántos hectolitros de este
líquido maloliente se vierten cada año en sitios
donde vive gente? La respuesta flota en el viento mientras
las plantas de los Jardines Bacardí soportan en silencio
la lluvia dorada.
Casi agradezco estas máculas,
recopiladas en solo cuarenta y ocho horas, porque me ayudan
a equilibrar mi visión –a veces demasiado idílica-
de nuestro maravilloso mundo.
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