
Con techo (de estrellas)
Por Sergio Makaroff
Primer día. Domingo por la tarde. Maite la obrera filósofa
y su cronista consorte sentimos la llamada del arte. Nos vamos
a la Fundación Miró, en Montjuic. Está
cerrada. Condecoro mentalmente al genio que decidió
que este museo emblemático de Barcelona cerrara sus
puertas justo cuando la gente tiene más tiempo para
visitarlo. La condecoración consiste en una patada
en el culo.
Ya que estamos por ahí decidimos
explorar la zona. Trepamos montaña arriba por unas
escaleras solitarias y encontramos un parque. ¡Otro
parque que no conocía! Los Jardines de Petra Kelly.
Parece un vivero. Confirmado: aquí crían plantas.
No hay un alma. Vamos recorriendo los terraplenes. En un cobertizo,
un alma. Sentado sobre una pila de elementos de jardinería
un señor se agarra la cabeza, mimetizado con el entorno.
Casi tropezamos con él. Parece un vagabundo tetrabriquero,
pero ¿quién soy yo para juzgar a la gente? Emite
un gruñido suave, parecido a un ronroneo. Nosotros
decimos “¡glups!” y nos largamos.
Seguimos paseando. Desde aquí,
la vista de Barcelona no se parece a ninguna otra. Caminamos
entre los invernaderos. Detectamos diversas acumulaciones
de la misma planta. Reflexiono. La diversidad caótica
del bosque es una fuente de belleza, quizá la mayor
de este mundo. La agregación geométrica de macetas
iguales produce otro tipo de impacto. Es una instalación.
El museo estaba cerrado pero el arte está en todas
partes. Aleluya.
Llegamos a unos edificios aptos para
la actividad humana. Hay un comedor. Está abierto.
Husmeamos con excitación y culpa. ¿Estaremos
metiendo las narices donde no debemos? Nos parece que en cualquier
momento aparecerá un guardia jurado para increparnos
por nuestro atrevimiento. Pero no. En nuestro primer día
solo vemos al homeless ronroneador. Y un montón de
recovecos y terrazas en los que tumbarse a leer un libro.
También abundantes lechos de hierba en los que hacer
el amor y no la guerra.
Segundo día. Laborable. El personal
de Parques y Jardines está entregado a sus envidiables
tareas específicas. Sembrar, regar, transplantar, podar,
oler las flores, soñar. Hablo con un hombre de verde.
Me intereso por el tetrabriquero. “Ah, sí. Vive
aquí. No molesta. A veces lo echamos, pero vuelve.
Parece que no sabe hablar. Hace unos ruiditos y nada más”.
Me atiende el biólogo Esteban
Durall, técnico de vivero. Es muy amable, pero insiste
en que mejor hable con el jefe. Le saco el tema del habitante
solitario y confirma todo lo dicho por el subalterno. “Es
inofensivo. Y limpito. Bebe de la fuente, duerme donde puede.
Lo toleramos, hacemos la vista gorda.”
Me encantaría saber la historia
de ese hombre. Supongo que no habrá demasiado romanticismo
en ella. Más bien siquiatría y soledad. Pero
si supiera hablar le tiraría de la lengua. Siento una
fascinación morbosa por los vagabundos solitarios.
Creo que si los hechos se encadenaran con un poco de mala
pata podría acabar así. Después de todo,
soy músico y periodista. Por cada Manolo García
y Luis del Olmo hay 999 como yo.
Sé que no va a pasar, las cosas
van bien, pero...voy apuntando mentalmente los comedores de
beneficencia y los lugares donde pasar la noche después
de vagar por la ciudad. Montjuic es ideal. No hay fieras salvajes,
víboras venenosas ni arañas ponzoñosas.
El peligro mayor para un homeless en Montjuic son los que
tienen hogar pero no tienen corazón, los rapados neonazis
y gente así.
Seguimos recorriendo el recinto. En un
rincón apartado descubrimos a un tío con una
sierra brillante, recién comprada. Está cortando
unos postecillos que, aunque en estado de semi-abandono, se
ve que no son ramas caídas del árbol. Le preguntamos
qué hace. Maite y yo no parecemos guardas forestales
ni mossos d’esquadra, pero el serruchador emboscado
se inquieta. Rompo el hielo con una de mis famosas bromitas.
El menda resulta ser Kyle Relli, oriundo de Filadelfia y residente
en Barcelona. Es pintor. Afirma que expondrá en la
Galería Serilla, de la calle Ferlandina Nº 39,
desde el 27 de octubre. Las maderas de las que se está
apropiando son para los marcos de sus cuadros.
Por fin logro hablar con Juan Serrahima,
maestro jardinero y responsable de todo esto. El Vivero de
Tres Pinos, más el Nuevo Vivero de Tres Pinos y los
Jardines de Petra Kelly son unas instalaciones de doble uso.
Sus casi nueve hectáreas sirven para criar las especies
con las que se repueblan las zonas verdes de Barcelona. Al
mismo tiempo es un parque público, quizá el
menos frecuentado de la ciudad. También funciona una
escuela de jardinería, dependiente del IMEB (Institut
Municipal d’Educació de Barcelona).
Sí, el señor Serrahima es conciente del privilegio
que comporta ir a trabajar todos los días a una colina
llena de plantas ornamentales, con vistas espectaculares de
la ciudad y el mar. Sí, conoce al vagabundo ronroneador.
Coincide con sus dos subordinados. Casi se diría que
están encariñados con mi potencial compañero
de desventuras. Tienen corazón.
El futuro me sonríe.
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