
Los amigos de Bruno
Por Sergio Makaroff
¿Cuál es el sentido de la vida? Mmmm.........¿Se
supone que tengo que saberlo? No, pero creo que lo sé.
Se trata de disfrutar como un animalito, perpetuar la especie
y cumplir los designios majestuosos y tiránicos de
un poder descomunal que es más grande que el tamaño
y más viejo que el tiempo. El sentido de la vida es
intentar entender lo incomprensible sin ganarse una jaqueca,
sino un escalofrío. Consiste en ser buena persona y
no aburrirse. Yo qué sé. Venía sumido
en estas profundas reflexiones –el otro día-
mientras pedaleaba con Maite hacia el mar. El ejercicio oxigena
el cerebro y entonces no da tanta pereza pensar. Llegamos
al Moll de Barcelona y nos quedamos mirando la torre de hierro
del telesférico.
-¿Has subido alguna vez, cariño?
-Una vez, de pequeña.
-Yo nunca.
-Hala.
Mientras no es más que un clásico
del paisaje la torre es totalmente inofensiva, pero cuando
vas subiendo y sientes crujir las vetustas estructuras con
el viento, resulta amenazante. Recordé que no hace
mucho una cabina se quedó atascada a quién sabe
cuántos metros sobre el nivel del mar. No cayó,
vale, pero seguro que los infelices que quedaron atrapados
envejecieron diez o veinte años...Maite parecía
totalmente relajada y dos teen-agers orientales sonreían
tan panchas: no podía echarme atrás.
El vértigo produce adrenalina y
esta hace que las cosas adquieran un brillo mitológico.
Me gustó llegar por aire a Montjuic, el Monte Judío
de mis antepasados sefaradíes. A unos pasos de la estación
del telesférico se encuentran los Jardines de Mossen
Costa i Llobera, una ladera erizada de cactus suculentos.
Nada más entrar nos encaramos con una esforzada funcionaria
de Parques y Jardines. Le hice dos preguntas.
-¿Hay ricinos?.
La buena señora hizo una mueca de extrañeza
y gruñó un “¿eh?” estridente.
Por lo visto la botánica no era su fuerte, ya que no
le sonaba el nombre vulgar de La Reina de las Plantas.
-¿Verdad que por aquí es fácil que a
uno le den el palo?
Eso lo entendió perfectamente y replicó “¡Sí!
Por esa parte de ahí mejor no vayan y por allá
no se metan mucho tampoco.” Las indicaciones de nuestra
consejera descartaban más de la mitad del parque como
zona para un paseo sin sobresaltos. En ese mismo instante
recogí una piedra del tamaño de un melón
(de los amarillos) y la señora rió, asintiendo:
“¡Já! Con eso irá usted bien preparado.”
A Maite y a mí nos gustan las
plantas. En el salón de casa tenemos un arbolito carnoso
llamado Bruno. Es nuestra mascota. Le damos una vida de rey.
No le negamos ningún capricho. Hace poco nos mudamos
y Bruno viajó más protegido que la cristalería
de Bohemia, la porcelana de Limoges o los jarrones Ming.
Así fué que nos internamos
en el semidesértico parque dispuestos a disfrutar de
las 800 especies que lo pueblan y a vender caras nuestras
vidas y haciendas, en el caso de que los esquilmadores de
turistas pretendieran desvalijarnos. Ya estábamos en
el baile de la adrenalina e íbamos a bailar. Los yonquis
de Can Tunis que se ceban con los guiris deben estar acostumbrados
a sirlar a víctimas pusilánimes, de esas que
entregan sus pertenencias sin rechistar. Maite se crió
en Bellvitge -una selva de cemento- y servidor es un rockero
sudaca que vivió años en el Raval rodeado de
heroinómanos, sólo un escalón por encima
de Can Tunis. Si hoy tomamos el té en porcelana francesa
es porque nos lo hemos currado.
Avanzamos con un ojo en los cactus y otro
en los recodos del camino. Cada mata de arbustos podía
albergar a depredadores emboscados. Teníamos el sol
de frente y una piedra como un melón amarillo en la
mano. Paso a paso nos fuimos adentrando en la zona más
solitaria del parque. El peligro, real o imaginario, deja
un gusto particular en la boca: es el beso del abismo. ¿Cuánto
duró nuestro raid por aquella senda espinosa? No lo
sé. En un momento tuvimos un respiro. En un claro elevado
encontramos una especie de plazoleta con una gran estatua
de bronce que representa a una aldeana haciendo encaje de
bolillos. Intercambiamos chanzas y juegos de palabras para
aliviar la tensión. Pero aún teníamos
que volver a la relativa seguridad de la entrada. Lo hicimos
sin bajas en el pelotón, pero acusando el desgaste
de la disposición atávica para el ataque y la
defensa: vello erizado, pupilas dilatadas, sudor de almizcle.
Todo muy agotador y muy sexy.
Ya en territorio amigo nos sentamos a reponer fuerzas (mentales)
y vimos a una chica con varias cámaras fotográficas
en bandolera. Estaba sola y poco a poco iba derivando hacia
la frontera de la civilización. Nos acercamos para
decirle que tuviera cuidado.
-¿Hablas mi idioma?, le pregunté.
-¡Pero si tú eres el Sergio!
-El Sergio no: Sergio. ¿Nos conocemos?
-Sí, hombre, si soy fotógrafa de El Periódico.
-Ajá. Pues ojo que tus cámaras son peritas en
dulce para los sirleros que acechan en la espesura.
-Ya lo sé: si me han mandado a cubrir justamente eso.
El deterioro del parque, la inseguridad...A propósito...¿os
importaría posar como si fuérais turistas?
-Cómo no.
Y así lo hicimos, solidarios con la compañera
de profesión. Para dar más realismo a la escena
íbamos comentando las particularidades de los cactus.
-Mira, cariño, éste sería un buen amigo
para Bruno.
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