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Alejo Pawloff von Knüpffer
Por Sergio Makaroff
- 11-01-2006
Por más que un cronista se
esfuerce en conseguir buenas historias, nunca será
tan eficiente como el trabajo que hacen las propias historias
en su afán por ser contadas.
Mi señora madre vive en Buenos
Aires. ¿Qué hace cuando se le estropea el televisor?
¿Lo tira y se compra otro? Nones. Lo pone en manos
del experto en electrónica del barrio para que se lo
arregle. Después de años de aparatos recompuestos
ya tienen suficiente confianza como para pedirse favores.
Alejo Pawloff von Knüpffer tiene
una hija que vive en Barcelona. Vino a visitarla y mi madre
le pidió que trajera unos regalitos, entre los que
nunca pueden faltar los alfajores Havanna.
Así fue como conocí a este
hombretón con aspecto de oficial de las guerras mundiales.
Nos tomamos algo en la cafetería del Corte Inglés
de la plaza de Catalunya y me contó su vida.
"Mi padre era de la minoría
rusa de Estonia. Mi madre nació en Moscú, mitad
rusa, un cuarto alemana y un cuarto escocesa. Pavlov, el médico
que describió los reflejos condicionados, era un tío
segundo de mi padre. Por el lado de mi madre hay cierta conexión
con la aristocracia. De ahí viene el Von. El zar Alejandro
II solía recorrer sus dominios y visitar los colegios
de la Gran Rusia. Una vez se quedó prendado de una
estudiante. Hay una película, protagonizada por Romy
Schneider y Curd Jurgens, que se llama Katia y trata sobre
esa chica. Aunque al Zar lo mataron de un bombazo, alcanzó
a tener descendencia con la tal Katia. La nieta de esa pareja
real era íntima amiga de mi madre. Lo de Pavlov no
lo puedo probar, aunque es algo que se sabe en la familia.
La conexión de mi madre con la nieta del Zar, en cambio,
la tengo perfectamente documentada. La nieta de Alejandro
II era pariente de Aleksandr Pushkin, el escritor, y también
se fue a vivir a Buenos Aires. Ya verás cómo
después reaparece en la historia".
"Mi padre escapó del comunismo
y se fue a Alemania a estudiar ingeniería. Mi madre
y él llegaron por fin a Argentina, no sin un sinfín
de peripecias que incluyeron el casamiento por conveniencia,
de ella, con un oportuno polaco. Él consiguió
un trabajo nocturno engrasando colectivos. ¡Era ingeniero
pero no tenía ni un peso y no entendía el idioma!
Sin embargo fue progresando y se colocó en una fábrica
de cemento, cuyo dueño era un amigo de la nieta del
Zar. ¿Ves lo que te decía? Esa señora,
como agradecimiento a unos favores que le hizo mi padre, nos
regaló un samovar de oro, plata y marfil que había
pertenecido a Alejandro II, más dos iconos y alguna
joya de la Zarina. Sé que ese samovar vale una fortuna,
pero no lo quiero vender. Una vez se me ocurrió ir
a tasarlo al Banco Municipal de Préstamo. Me retuvo
la policía hasta que les pude probar que no era robado.
Claro, no tenía la boleta de compra. Volviendo a mi
padre, llegó a ser el encargado de aquella fábrica.
Estaba en la provincia de Buenos Aires, en un pueblo llamado
Olavarría. Yo nací y me crié ahí.
El dueño de la fábrica y los altos cargos, como
mi padre, hablaban en alemán, que fue mi primera lengua.
Mi madre hablaba ruso, alemán, estonio, polaco, francés,
inglés y español. En esa época yo tenía
dos grandes hobbies: la aviación y la radio de onda
corta. A los 16 años tenía licencia para volar,
aunque aún no podía conducir. Mi padre montó
su propia fábrica de hormigones livianos y yo me fui
a hacer unos cursos a Alemania. Prosperamos tanto que llamamos
la atención de un tipo que fue ministro de economía,
un infame llamado Álvaro Alsogaray: los argentinos
lo conocen bien. Le hacíamos competencia y nos hundió.
Nos quedamos en la calle. ¿Qué hacer? Había
que rebuscárselas como fuera. Como sabía algo
de radios empecé a repararlas y a estudiar electrónica
por mi cuenta. Al mismo tiempo me inicié como piloto
profesional, fumigando campos. Actualmente hay aviones especializados,
alguien te guía desde tierra, está muy reglamentado.
Yo lo hacía a pelo, tragando humo y volando solo, a
dos metros de tierra. Después de unas cuantas horas
comienza a ser peligroso. También conseguí un
trabajito en Mar del Plata, en la temporada de verano: escribía
cosas en el cielo, como por ejemplo un 12 al mediodía.
Era todo muy artesanal, practicaba con una bicicleta con una
bolsa de harina detrás. Seguí aprendiendo y
al final me convertí en instructor de una escuela de
vuelo. Con el tiempo abrí mi propio negocio de reparación
de aparatos electrónicos. Me fue bien y aquí
estoy".
El típico argentino. Escuché
sus idas y venidas, subidas y bajadas, absorto en una historia
que es la de mi familia y la de incontables inmigrantes obligados
a ponerse las pilas y hacer lo que sea para sobrevivir.
Al otro lado de la plaza de Catalunya,
en el Triangle, venden alfajores Havanna. Pero no están
tan fresquitos como los que me trajo Alejo Pawloff Von Knüpffer.
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