¿Mensajera?

No, no le exagero. Mi amigo Luis García tenía un kiosko de prensa en Buenos Aires. A su hija le regalaron unos peces de colores. Uno murió. Ella lloró. Luis le compró otro y lo observó. ¿Viviría, moriría? ¿Qué determinaba que se adaptara y sobreviviera o que estirara la aleta? Luis cuidó de ese pez y su vida cambió radicalmente. Siempre le habían gustado los animales. ¿Y a quién no? Se compró una pecera más grande. Al principio capturó peces en su casa de recreo de Tigre, en el delta del Paraná, modificando los anzuelos para moderar el daño. Aprendió a ambientarlos, alimentarlos y curarlos. Dirigió la reproducción de sus cautivos. Se convirtió en un experto. Al cabo de un tiempo se dio cuenta de que sabía más que los espabilados que le vendían los artículos de acuarismo.

En esa época su casa ya era una enorme pecera. No tenía televisión. Miríadas de peces multicolores nadaban en silencio, ondulando como gasas y tules. Él se sentaba en su sillón y los miraba. Esos momentos eran perfectos. Unos años más tarde había enfocado su atención hacia los reptiles. Ofidios, saurios y quelonios le revelaron sus secretos. En los arbustos de su jardín evolucionaban parsimoniosos los camaleones que había logrado reproducir en cautividad. Luego se dedicó a los batracios. Se sintió atraído por los arácnidos. Estudió naturalismo en la Universidad.

Finalmente decidió convertir su pasión en profesión y abrió un local llamado Vivarium. No era la típica tienda de mascotas. En lugar de vender los bichos consabidos y engatusar a los incautos para sacar la máxima pasta posible, encaró el negocio como si todo el mundo fuera bueno y entendiera de verdad en qué consiste la relación del hombre con los demás animales. Tenía pitones como muslos, arañas como manos, escorpiones ambarinos y translúcidos, ranas venenosas rojas, verdes, amarillas y negras. Y peces sutiles, para iniciados en los húmedos misterios del acuarismo. Repartía su sabiduría, regalaba sus consejos.

Así le fue. La puntilla la puso la crisis del 2002. Luis y su familia volvieron a Barcelona, donde habían vivido años. Ahora él trabaja en el Hospital Sant Pau, manipulando las ratas de laboratorio con las que Jaime Kulisevsky desarrolla sus experimentos de investigación neurológica.

Hace pocos días Luis encontró una paloma herida. Era mensajera. Se hizo cargo de ella. La llevó a su casa, la limpió, desinfectó, alimentó y confortó. Puso un par de palabras clave en el buscador Google –como “colombofilia” y “Cataluña”- y se la devolvió a su dueño.

José María Ferreras es policía municipal de Mataró. Y colombófilo de primera. En España hay unos mil poseedores de palomas mensajeras. Una cuarta parte están en Catalunya. Ellos y sus animalitos son uno de los tantos mundos que hay dentro de este mundo.

“La paloma que encontró tu amigo fue probablemente atacada por un halcón. No pienses que por eso les tengo manía. Al contrario, me encantan. Si no criara palomas me dedicaría a los halcones. Cuando te inicias en esto los demás colombófilos se vuelcan, te regalan los primeros casales. Actualmente tengo 75 palomas”.

¿Cómo se hace para que los vecinos de escalera no protesten por tener un palomar gigante en el terrado? “No he tenido una sola queja. Las alimento una vez por día, cuando regresan de su hora de vuelo diaria. De ese modo comen y evacúan dentro de las jaulas. Y si una coge el vicio de pararse en las antenas, me deshago de ella. Los vecinos ni se enteran. Pero si algún día surgiera algún problema, me marcharía con mis palomas a algún sitio donde pudiera tenerlas. Es una afición muy fuerte, una especie de oasis relajante en el que me sumerjo para evadirme de las presiones de la vida cotidiana”.
Las competiciones consisten en sueltas simultáneas de ejemplares que vuelan de regreso a sus hogares. Una anilla conectada a un sistema informatizado permite determinar cuál ha llegado primero. Una campeona mundial puede llegar a cambiar de manos –los compradores suelen ser japoneses- por unos 120.000 euros. El ejército español no solo mantiene sus palomas, con las que concursa como uno más, sino que se encarga de registrar todos los palomares de mensajeras del país. Por lo visto las siguen considerando material sensible, con valor estratégico.
“Pues sí –comenta Ferreras- es más fácil intervenir una llamada telefónica que detectar y neutralizar a una paloma. En París, hasta hace muy poco, algunos laboratorios las usaban, en casos urgentes, para enviar los resultados de los análisis. Una moto puede atravesar París en veinte minutos: una paloma en cinco. Para un trayecto de cien kilómetros, por ejemplo, un par de palomas sigue ofreciendo las máximas garantías. Si un halcón te pilla una, la otra lo consigue, seguro. El mayor peligro, como en todo, es la gente. Los cazadores. Aunque las palomas están protegidas por la ley, muchas veces te llegan con perdigones. Los halcones y los azores, en realidad, son un estímulo natural que hace que tus palomas vuelen más alto, más rápido”.

Permanezcan atentos a esta sección, lectoras y lectores, que pronto contaremos la historia de Buby Vasina, amigo de la infancia, criador de halcones peregrinos y cetrero de pro. No les exagero.

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