Los amigos de Bruno

¿Cuál es el sentido de la vida? Mmmm………¿Se supone que tengo que saberlo? No, pero creo que lo sé. Se trata de disfrutar como un animalito, perpetuar la especie y cumplir los designios majestuosos y tiránicos de un poder descomunal que es más grande que el tamaño y más viejo que el tiempo. El sentido de la vida es intentar entender lo incomprensible sin ganarse una jaqueca, sino un escalofrío. Consiste en ser buena persona y no aburrirse. Yo qué sé. Venía sumido en estas profundas reflexiones –el otro día- mientras pedaleaba con Maite hacia el mar. El ejercicio oxigena el cerebro y entonces no da tanta pereza pensar. Llegamos al Moll de Barcelona y nos quedamos mirando la torre de hierro del telesférico.

-¿Has subido alguna vez, cariño?
-Una vez, de pequeña.
-Yo nunca.
-Hala.

Mientras no es más que un clásico del paisaje la torre es totalmente inofensiva, pero cuando vas subiendo y sientes crujir las vetustas estructuras con el viento, resulta amenazante. Recordé que no hace mucho una cabina se quedó atascada a quién sabe cuántos metros sobre el nivel del mar. No cayó, vale, pero seguro que los infelices que quedaron atrapados envejecieron diez o veinte años…Maite parecía totalmente relajada y dos teen-agers orientales sonreían tan panchas: no podía echarme atrás.

El vértigo produce adrenalina y esta hace que las cosas adquieran un brillo mitológico. Me gustó llegar por aire a Montjuic, el Monte Judío de mis antepasados sefaradíes. A unos pasos de la estación del telesférico se encuentran los Jardines de Mossen Costa i Llobera, una ladera erizada de cactus suculentos. Nada más entrar nos encaramos con una esforzada funcionaria de Parques y Jardines. Le hice dos preguntas.

-¿Hay ricinos?.
La buena señora hizo una mueca de extrañeza y gruñó un “¿eh?” estridente. Por lo visto la botánica no era su fuerte, ya que no le sonaba el nombre vulgar de La Reina de las Plantas.
-¿Verdad que por aquí es fácil que a uno le den el palo?
Eso lo entendió perfectamente y replicó “¡Sí! Por esa parte de ahí mejor no vayan y por allá no se metan mucho tampoco.” Las indicaciones de nuestra consejera descartaban más de la mitad del parque como zona para un paseo sin sobresaltos. En ese mismo instante recogí una piedra del tamaño de un melón (de los amarillos) y la señora rió, asintiendo: “¡Já! Con eso irá usted bien preparado.”

A Maite y a mí nos gustan las plantas. En el salón de casa tenemos un arbolito carnoso llamado Bruno. Es nuestra mascota. Le damos una vida de rey. No le negamos ningún capricho. Hace poco nos mudamos y Bruno viajó más protegido que la cristalería de Bohemia, la porcelana de Limoges o los jarrones Ming.

Así fué que nos internamos en el semidesértico parque dispuestos a disfrutar de las 800 especies que lo pueblan y a vender caras nuestras vidas y haciendas, en el caso de que los esquilmadores de turistas pretendieran desvalijarnos. Ya estábamos en el baile de la adrenalina e íbamos a bailar. Los yonquis de Can Tunis que se ceban con los guiris deben estar acostumbrados a sirlar a víctimas pusilánimes, de esas que entregan sus pertenencias sin rechistar. Maite se crió en Bellvitge -una selva de cemento- y servidor es un rockero sudaca que vivió años en el Raval rodeado de heroinómanos, sólo un escalón por encima de Can Tunis. Si hoy tomamos el té en porcelana francesa es porque nos lo hemos currado.

Avanzamos con un ojo en los cactus y otro en los recodos del camino. Cada mata de arbustos podía albergar a depredadores emboscados. Teníamos el sol de frente y una piedra como un melón amarillo en la mano. Paso a paso nos fuimos adentrando en la zona más solitaria del parque. El peligro, real o imaginario, deja un gusto particular en la boca: es el beso del abismo. ¿Cuánto duró nuestro raid por aquella senda espinosa? No lo sé. En un momento tuvimos un respiro. En un claro elevado encontramos una especie de plazoleta con una gran estatua de bronce que representa a una aldeana haciendo encaje de bolillos. Intercambiamos chanzas y juegos de palabras para aliviar la tensión. Pero aún teníamos que volver a la relativa seguridad de la entrada. Lo hicimos sin bajas en el pelotón, pero acusando el desgaste de la disposición atávica para el ataque y la defensa: vello erizado, pupilas dilatadas, sudor de almizcle. Todo muy agotador y muy sexy.
Ya en territorio amigo nos sentamos a reponer fuerzas (mentales) y vimos a una chica con varias cámaras fotográficas en bandolera. Estaba sola y poco a poco iba derivando hacia la frontera de la civilización. Nos acercamos para decirle que tuviera cuidado.
-¿Hablas mi idioma?, le pregunté.
-¡Pero si tú eres el Sergio!
-El Sergio no: Sergio. ¿Nos conocemos?
-Sí, hombre, si soy fotógrafa de El Periódico.
-Ajá. Pues ojo que tus cámaras son peritas en dulce para los sirleros que acechan en la espesura.
-Ya lo sé: si me han mandado a cubrir justamente eso. El deterioro del parque, la inseguridad…A propósito…¿os importaría posar como si fuérais turistas?
-Cómo no.
Y así lo hicimos, solidarios con la compañera de profesión. Para dar más realismo a la escena íbamos comentando las particularidades de los cactus.
-Mira, cariño, éste sería un buen amigo para Bruno.

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