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Sergio Makaroff » En busca del vuelo perfecto

En busca del vuelo perfecto

Buenos Aires. Encuentro con mi viejo amigo y compañero de colegio Bubi Vasina. Todos los hombres de su familia se llaman Wenceslao, por el santo patrón polaco. Cuando todos se llaman Wenceslao, nadie se llama Wenceslao. Los apodos resultan imprescindibles. Bubi siempre fue un tipo macanudo, que en lunfardo significa enrollado. Era un traga –empollón- pero se juntaba con los quilomberos –gamberros- como este cronista. Una vez hizo de valedor, de garante, para evitar que me expulsaran del colegio. Funcionó: era capaz de muchos desfases, pero no podía defraudar a Bubi.

El trabajo de mi amigo consiste en limpiar los aeropuertos de pájaros peligrosos. Un ave tragada por una turbina puede causar enormes pérdidas de vidas y bienes. Para evitar la onerosa tragedia se emplean muchos métodos: cañones de sonido, pirotecnia, venenos, diversas alteraciones del habitat y…halcones. Bubi Vasina es una autoridad mundial en lo que atañe a los halcones peregrinos y un maestro del arte de la cetrería.

La primera vez que fui a su casa –tendríamos doce años- me lo encontré cosiendo una caperuza de cuero. Tenía un halcón en el jardín y lo estaba amaestrando. Es un lento trabajo por el cual el hombre acostumbra al ave de presa a su presencia y a comer cuándo y cómo convenga al amo.

“Mi primer recuerdo relacionado con los halcones es un relato de mi abuela paterna –austrohúngara- sobre cómo su hermano había atrapado un ave rapaz en el bosque. Tendría seis o siete años y me impactó la imagen del pájaro sobrevolando los árboles. Compré mi primer halcón a los once, en una pajarería que estaba frente al Café de Los Angelitos, en Rivadavia y Rincón”.

La atracción por los halcones es un camino de ida. “Once a falconer, always a falconer”, dicen. El deseo de manejarlos, tenerlos a mano, hacerlos volar, compartir a discreción sus actividades en el campo, es una pócima superadictiva que intoxica a los cetreros de una vez y para siempre.

En las vacaciones todos nos íbamos a la playa. Bubi volaba solo (su padre era oficial de la aeronáutica) a una zona de Chile en la que se suponía que había una gran concentración de halcones peregrinos.“El primero que ví iba en la barca de unos pescadores de marisco, en una caleta perdida. Tenía las alas cortadas. Lo compré. Conviviendo con esa gente descubrí que aprovechaban cualquier ocasión para diversificar su dieta de frutos de mar. Cuando encontraban un nido de peregrinos…¡se comían a los pichones!”

Bubi se licenció en Ingeniería Industrial. Durante 26 años –además- trabajó en el Museo Argentino de Ciencias Naturales, estudiando, entre otras cosas, la conducta de las aves de rapiña.
Aunque la cetrería se puede practicar con águilas, aguiluchos, gavilanes y azores, los halcones peregrinos son los “pura sangre” de esta antiquísima disciplina desarrollada en Oriente. Un halcón en vuelo picado es el animal más rápido del mundo. Puede alcanzar los 400 kilómetros por hora. Los cetreros más exquisitos de Argentina –Bubi y sus colegas- emplean horas y días para lograr las condiciones óptimas de cacería. La situación ideal es una laguna con aves acuáticas. En la provincia de Buenos Aires hay cientos de ellas. Una vez localizada, conviene espantar a ciertos patos; luego conseguir que otros remonten vuelo. En el momento exacto, cuando están regresando a la laguna, se suelta al halcón, que puede elevarse hasta 300 metros. Entonces elige una presa y se lanza sobre ella con vértigo de proyectil. En la naturaleza, una vez derribada su víctima devora sólo los músculos del pecho, los que sirven para volar, y desprecia lo demás. Los halcones cautivos comen lo que sus amos deciden que coma. Pueden premiar o castigar a su socio de cacería, según su desempeño.

El placer de los cetreros radica en contemplar el vuelo de su halcón. Su trayectoria traza un dibujo fugaz en el cielo. Como una pincelada minimalista japonesa o la verónica de un artista del toreo, es algo difícil de explicar a los no iniciados.

Bubi y sus colegas pueden pasar horas comentando tal o cual vuelo. “El cetrero suele ser un tipo soñador, idealista, apasionado. Invierte mucho para conseguir algo efímero, muy etéreo. Su mente viaja por el aire, junto a sus pájaros. Encuentra la belleza en el cielo. Está siempre en busca del vuelo perfecto”.

El Café de Los Angelitos –ya lo dice el tango- está en Rivadavia y Rincón. En la siguiente esquina, Rivadavia y Ayacucho, hay un magnífico edificio de finales del siglo diecinueve o principios del veinte, recientemente restaurado. En la cúpula refulgen los óvalos de unos ventanales abovedados y compuestos, como los ojos de la moscas. Un poco más abajo, en la base de esa cúpula, hay una frase escrita en grandes letras de molde: “NO HI HA SOMNIS IMPOSIBLES”.

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