
Whangaruru
Por Sergio Makaroff
He cantado mis canciones en las circunstancias más
diversas, pero ninguna tan peculiar como aquella vez en Whangaruru.
Trabajaba en una tienda de artículos
para submarinistas en la costa este de la Isla Norte de Nueva
Zelanda. El concierto, a pelo y con guitarra prestada, fue
anunciado en la radio local. Se desarrolló en la playa,
en un escenario improvisado con mesas de madera. El público
–unas 60 personas que no entendían el castellano-
se acomodó sobre la arena. Fueron atentos y respetuosos.
Permanecieron calladitos y aplaudieron al final de cada canción.
Mientras cantaba veía romper las olas, desdibujando
el reflejo de la luna. ¿Cómo había llegado
hasta allí?
No recuerdo si fue en el ’88 ó
el ’89. Una época de huída y confusión.
Conocí a Muriel una noche y a la semana ya vivía
en casa. Los dos éramos igualmente desastrosos. Excesivamente
festejadores. Al cabo de un mes de monos y resacas, anunció
que se volvía a Nueva Zelanda. “Vente conmigo
–dijo- volveré a trabajar con mi padre y nos
limpiaremos el coco”. Me dejé llevar: mejor esa
espantada que las noches tóxicas non-stop.
Resultó que el viejo de Muriel
estaba bastante forrado. Pasamos unos meses recorriendo la
Isla Norte, supervisando el acondicionamiento de propiedades
que su padre compraba y vendía. Yo era su ayudante:
lo cierto es que no daba golpe.
Luego de hacer buena letra un tiempo
prudencial, ella se las ingenió para que nos diésemos
un garbeo en el yate de unos amigos. Navegamos hasta las inmediaciones
de la isla de Poor Knights. Es una reserva natural y no se
puede desembarcar, pero la zona es uno de los diez mejores
lugares del mundo para la observación submarina, según
Jacques-Yves Cousteau. Conocí a varios de los que asistieron
a aquél concierto buceando en Poor Knights.
Atracamos para repostar en Whangaruru
e hice buenas migas con Pesko, el dueño de la tienda.
Un personaje pintoresco –músico aficionado- que
iba siempre descalzo, con un sombrero color turquesa.
Fue entonces cuando discutí con Muriel: se emborrachó
y me llamó “mantenido”. Hablé con
Pesko y conseguí trabajo rellenando tanques de oxígeno
y un largo etcétera. Curraba mucho, ahora sí,
pero vivía prácticamente en la playa. Había
recuperado bastante salud mental, me sentía fuerte
y conectado con las fuerzas que rigen el Universo.
Luego descubrí que mi jefe, tan bohemio él,
era bastante racista. Despreciaba a los aborígenes
neozelandeses y si me tomó como dependiente fue porque
me pagaba lo mismo que hubiera cobrado un maorí. Yo
era europeo, hablaba inglés, chapurreaba el francés
y el italiano, cantaba canciones...
El verdadero paraíso, si es que
existe algo parecido en este mundo cruel, es una construcción
interior. Aquél concierto en Whangaruru, visto con
perspectiva, fue una aproximación a su versión
exterior.
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