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Un turco en la neblina
Por Sergio Makaroff
En Argentina existe la
mala costumbre de llamar gallegos a los españoles, tanos (por napolitanos)
a los italianos, rusos a los judíos y turcos a los árabes.
El dicho “perdido como turco en la neblina” se
refiere a los comerciantes sirio-libaneses que atravesaban
las pampas interminables con un carro atiborrado de productos
varios. En ese mar verde hay pocas señales para
orientarse, de modo que un poco de niebla ya les desdibujaba
el rumbo.
Así me siento yo frente a un océano
aún más grande que la pampa: la realidad,
el mundo y la madre que me parió. Sí, amigos,
para qué intentar engañaros. Soy letrista,
articulista, varias veces me han llamado para sumarme a
esas proclamas anti-algo que firman los intelectuales...pero
no tengo ni idea.
Quiero decir que estoy tan confundido como cualquiera
frente a las cuestiones más importantes que se le
plantean a un ser pensante. No he logrado resolver ni uno
solo de los enigmas clásicos de la filosofía.
Soy incapaz de responder ni siquiera a una de las grandes
preguntas.
Por eso me da tanto gustito estar, de vez en cuando,
seguro de algo. No me refiero a fingir seguridad, cosa
que he aprendido a hacer para sobrevivir, como hacemos
todos. No, seguro de verdad, con aquella sensación
cálida y luminosa que se instala a la altura del
plexo solar.
Me pasa sobre todo con la música. ¡Sé exactamente
lo que me gusta! No me dejo impresionar por la publicidad,
las ondas molonas, la fama o las tendencias de la gente
guay.
Por ejemplo Kraig Jarret Johnson. Tocó con
los Jayhawks y unos cuantos más, formó un
grupo llamado The Program y publicó un álbum
solista. Leí una crítica auspiciosa, lo escuché en
Disco Cien y lo compré. No es un genio, no está de
moda, no inventó nada nuevo. Toca rock guitarrero
americano no demasiado estridente. Hay cientos como él.
No podría argumentar teóricamente por qué,
pero me gusta y chau.
Los críticos me ayudan mucho. Ellos hacen
una primera criba, me ponen en la pista de artistas que
puedo chequear. He obtenido mucho placer gracias al foco
de los críticos. Pero solo cuando escucho con mis
orejitas se revela la verdad.
Hay veces que mi gusto va exactamente en la dirección
contraria que la de los críticos. Todos se han cebado
con la trilogía “The Great American Songbook”,
de Rod Stewart. Que si es una horterada, un ejercicio desamorado
de mercadotecnia...¡Tonterías! Las canciones
son geniales, la lija de oro de Rod es la de siempre y
los arreglos son los adecuados para ese repertorio. Ignoro
cuál es el sentido de la vida y eso me jode un montón.
Pero sé que puedo consolarme escuchando la música
que me acaricia el alma.
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