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Síndrome
Por Sergio Makaroff
El síndrome post-vacacional: ¡vaya tontería!
A ver si llamamos a las cosas por su nombre.
Si se acabó la fiesta, se acabó y ya está.
No hay que darle más vueltas ni complicar las cosas
sencillas poniéndoles títulos pretenciosos.
Vamos a ver: hace años tenía una novia que vivía
en el extrarradio. La iba a visitar y pegábamos unos
revolcones de campeonato. El viaje en bus de 45’ era
la parte mala. Pero no por eso iba a ir al sicólogo
para decirle “doctor, doctor, que en el bus sufro el
síndrome post-coital...¡cúreme, por favor!”.
La gente está agilipollada perdida, nen. Ya te digo.
Bueno, pues.....estuvimos en Canadá y la mar de bien,
ninguna queja. Gran país.
Un día, en un parque natural de tres pares de cojones,
nos topamos con un chaval que estaba tocando la guitarra y
cantando, él solito. En medio del bosque, como aquel
que dice. Nos acercamos, lo dejamos acabar el tema –onda
neo folk- y le pedí que me prestara la guitarra. El
chaval me la pasó y le regalé una canción.
A él, a Maite (mi mujer) y a los pajaritos, las ardillas,
los ciervos y las comadrejas. A las mariposas, las hormigas,
los árboles y las flores. Le regalé esa canción
al mundo entero y lo hice por placer, porque me gusta dar
mi arte sin pedir nada a cambio. El chaval era neo folk, pero
yo soy un viejo hippie con un ramalazo flower power que te
cagas. ¡Cómo fluia el amor de mi corazón,
cachis en la mar! Aquello eran borbotones y borbotones.
Vale. Ya en Barcelona, un poco mosqueadillo por el fin de
las vacaciones, me encontré con un pavo que es experto
en música electrónica, internet y la madre que
lo parió. Le conté que estaba acabando un nuevo
álbum y que todavía no tenía compañía.
Me dijo “lo primero que tienes que hacer es registrar
las canciones”. Sí, y una polla como una olla.
Si alguien me roba mis canciones, lo mato. Le clavo un bolígrafo
Bic en la yugular, de frente march. Que quede aquí
asentado como advertencia para el público en general.
¿Quién me va a querer robar a mí una
canción? No lo veo probable, pero por las dudas el
que avisa no es traidor. Por las buenas, flower power. Si
me robas mi tesoro más valioso me sale el indio y me
pongo más punk que Sid Vicious, que conste.
Los Arctic Monkeys y Lily Allen triunfaron regalando canciones
en My Space: chachi piruli, nen. Ellos quisieron regalar y
regalaron. Luego vendieron un millón de discos y tropecientas
galas. Pero ve a robarle la guitarra a un Mono del Ártico.
Dejará su helado de banana sobre un témpano
y te la romperá en la cabeza: bien empleado, te lo
habrías ganado por ladrón.
Moraleja: si quiero regalar, regalo. Si quiero alquilar, alquilo.
Si quiero vender, vendo. Pero lo decido YO, porque las canciones
son MÍAS. Llamemos a las cosas por su nombre.
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