
El síndrome de Maradona
Por Sergio Makaroff
Tengo todos los discos de Carlinhos Brown y uno de Timbalada.
Lo ví tres veces en vivo. Vamos, que me gusta un puñao.
Nuestro fogoso bahiano decidió incursionar en el universo
latinoamericano con un proyecto de canciones tropicales/caribeñas
–no tan brasileñas, para entendernos- parcialmente
cantadas en español. Bienvenido seas, majete.
Pero tradujo su nombre y se bautizó
Carlito Marrón. Vamos a ver, señores y señoras:
no es Carlito, es Carlitos. Igual que en portugués,
el diminutivo de Carlos se escribe con ese final. No
me cabe en la cabeza que pueda ser otra cosa que un simple,
llano y craso error. Uno puede llamarse como quiera, puede
salir a cantar pintado de fucsia con un floripondio en el
culo. Viva la libertad. Pero este no es un caso de libertad
artística: es una equivocación. Supongamos que
hubiera escrito “hequibocasión”. Seguro
que no convencería a nadie de que lo mío es
la ortografía creativa.
Entonces me dejo llevar y me pregunto
cómo puede haber sucedido. Me contesto que, probablemente,
nadie se atrevió a corregir al señor Brown con
la suficiente contundencia. Quizá alguien lo intentó.
Tal vez nuestro hiper energético percusionista, compositor,
cantante, productor y predicador cósmico no quiso o
no supo oir las sugerencias. Porque digo yo que alguien en
su entorno tiene que haberse dado cuenta de que en castellano
no se dice Carlito sino Carlitos. Y ahí quedó
esa pifia en letras de molde, para la posteridad.
Convengamos en que Carlinhos no es un
muchacho tímido y humilde. Su actitud es la de alguien
que se tiene mucha-mucha-mucha fé y pretende llegar
bastante más allá de la música. Se proyecta
como un referente, un líder, un aglutinador. En sus
espectáculos aparece como una especie de sumo sacerdote
intergaláctico en sobredosis de guaraná y pega
unas parrafadas seudo filosóficas de aquí te
espero. Los miembros de su banda van uniformados de colores
parduzcos mientras él se enfunda en unas túnicas
abigarradas y fulgurantes que serían la envidia del
Papa en Navidad. El oráculo Rapel no le serviría
ni de monaguillo.
Espero que este gran artista no se crea
realmente el Mesías, o un elegido por alguna civilización
extraterrestre para iniciar una Nueva Era. He visto a más
de uno en ese trance.
Y es que el éxito es muy traicionero y muy mal consejero.
El hecho de que las masas te adoren y te perdonen todo por
ser bueno en lo tuyo, por ser actor, músico o futbolista,
es tremendamente peligroso. Hay que tener un sentido común
y un cable a tierra que pocos tienen para contrarrestar ese
subidón tan bestia y comportarse como un simple mortal.
Un ego agigantado es el camino más
corto hacia la gilipollez y la auto destrucción.
Miren a Maradona si no.
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