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Ganando amigos
Por Sergio Makaroff
Soy el tipo más simpático del mundo. También
el más antipático. La naturaleza de la realidad
es dual -ya lo sabes- y los extremos se tocan.
En principio soy encantador. Me levanto
por las mañanas lleno de optimismo y amor por la vida,
dispuesto a darle preferencia al lado positivo de las cosas.
Y con ese magnífico espíritu de paz y amor salgo
a la calle, enarbolando una sonrisa solo superada en tamaño
por mis buenas intenciones. La gente es guapa, talentosa y
civilizada. Las guerras, el hambre, la injusticia y la contaminación
parecen datos lejanos, obstáculos que pueden superarse
en un plazo razonable si todos juntos luchamos por un mundo
mejor.
Oigo campanas celestiales. ¡Ding-dong! ¡Ding-dong!
¡Aleluya, aleluya!
Más que caminar bailo hasta el kiosko y la panadería.
Derrocho un humor luminoso y gasto un mogollón de bromas
con la gente del barrio, hago reír a las chicas de
la tintorería, paso revista a las cajeras del supemercado.
Soy el que hago la compra. Mi mujer trabaja ocho horas por
día, de lunes a viernes, mientras un servidor está
por casa componiendo canciones, escribiendo artículos
y meditando sobre la condición humana.
Por eso me toca mantener a raya a las coladas. No me refiero
a hacer la colada, que también es responsabilidad mía.
No: las señoras que intentan colarse en el super. Desinflo
sus pretensiones pinchándolas con mis más afilados
dardos. Repentinamente he pasado a ser el hombre más
antipático del mundo. Hay cierta solidaridad entre
las demás señoras de la fila. No es que ellas
aprueben el colarse, pero desaprueban los cáusticos,
descarnados y corrosivos sarcasmos que dirijo a la culpable.
El aire se tensa y percibo cómo se llena con los efluvios
del desprecio.
Mientras escribo el Papa está
en Valencia, consolando a las víctimas del metro. Me
pregunto por qué Dios no impidió el accidente,
las masacres entre chiitas y suníes, Darfur, todo el
dolor gratuito. ¿Por qué Dios no impide a Zaplana
y Acebes? Y me contesto: porque no existe. Si un buen día
se apareciese debería contestar un par de preguntas.
Pero ahí está la masa, adorando a uno de sus
presuntos representantes en la Tierra. Si las coladas me irritan,
imaginad ésto.
No solo la religión organizada
me pone de los nervios. La parafernalia futbolera, la parrilla
televisiva, los discos más vendidos, el mal uso –debería
decir desuso- de los contenedores de reciclado, casi todo
lo que hacen mis congéneres.
Y así voy pasando de un extremo
a otro, girando como una peonza, atrapado por un remolino
gigante en el mar del desconcierto.
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