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Corbata
Por Sergio Makaroff
Hoy no tengo gran cosa que hacer. Tocar la guitarrita, leer
el periódico, ir al gimnasio, lavar la ropa. Por lo
tanto elegiré una buena corbata de seda italiana y
la combinaré con la camisa, americana, pantalones y
zapatos adecuados. Cuando tengo que trabajar –soy un
cantante que viene del rock- no me puedo vestir así.
Creo que el público no lo entendería. Para actuar
me pongo tejanos y zapatillas. Sucede que la ropa que realmente
me gusta es exactamente la opuesta a la rockera. Mis conjuntos
corbateros no son tipo Blues Brothers, sino algo en frecuencia
mucho más burguesa. De Brian Ferry hacia Durán
i Lleida, para entendernos. En eso salí a mi padre,
conocido como El Ingeniero, un comunista que iba siempre emperifollado
como un dandy. En la vanguardia de la revolución obrera
y en la del dandismo, tan frescamente.
De hecho él me legó la mayoría de las
corbatas que atesoro. Buenos Aires solía ser, mientras
duró el esplendor argentino, una ciudad anglófila,
afrancesada, que daba la espalda a su entorno sudaquilla con
una indisimulada fascinación por la Vieja Europa. El
Ingeniero, ideólogo marxista, se dejaba la pasta en
las tiendas de ropa más pijas de la ciudad, que no
tenían nada que envidiarle a las de Roma, París
y Londres. Esas corbatas son las que suelo ponerme cada mañana.
Entre ellas hay una que es, de lejos, mi favorita. De seda,
pero mate, con dibujos tipo búlgaro que combinan el
verde oliva con el marron rojizo, el crema y el azul oscuro.
¡Qué joya! Mi padre la compró en Spinetto,
uno de esos reductos de la oligarquía ganadera que
suministraban indumentaria refinada a los estancieros que
explotaban sin piedad a los gauchos de la pampa.
Otro de los tesoros que poseo y que también proviene
de Buenos Aires es un buen alijo de discos de la historia
del rock argentino. Entre ellos, los más importantes
de la obra de Luis Alberto Spinetta, uno de los principales
y más prolíficos creadores de la escena local.
Sé que nunca nadie ni nada me obligará a optar
por una de esas valiosas pertenencias. Pero, imaginando una
situación absurda en la que los malos de la película
pusieran al muchachito –yo- en la desgarradora disyuntiva
de elegir entre la corbata de Spinetto y los discos de Spinetta,
con gran dolor del alma musitaría estas trágicas
palabras: “lo siento, Luis Alberto”.
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