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Clubes
Por Sergio Makaroff
El Canal Satélite Digital emite cada noche el show
de Jay Leno, que acaba con una actuación musical en
vivo. Hace poco estuvo Justin Timberlake, el ex integrante
de N’Sync y ex novio de Britney Spears, el ídolo
de las chicas, el producto perfecto de su discográfica,
uno de los artistas con menos credibilidad rockera del mundo
entero.
Estuvo absolutamente genial. Funky trepidante,
rap a cargo de su productor Timbaland, una banda ajustada
y vibrante, un tema de nuevo-soul-popero super convincente
y coreografías
ultra chulas ejecutadas con maestría por ese gran
bailarín que es Justin.
Me recordó los mejores
momentos de Prince.
A continuación y en el mismo canal, el show de Conan
O’Brien. Esa noche estuvo Frank Black, el alma mater
de los legendarios Pixies, uno de los tipos con más
credibilidad rockera del mundo entero. Está gordo
el pobre, no pudo bailar ni nunca lo intentó. Lo que
me impresionó fue la canción: fea con ganas,
oscura porque sí, rarita de morondanga, seudo indie,
seudo experimental, seudo alternativa, sosa, pretenciosa,
un muermo de tema.
Cuestión de gustos, claro.
Si hablamos de una chica
anglosajona muy marchosa con padre influyente que lanzó hace
poco su álbum de debut con un primer single burbujeantemente
jamaicanizado, con aires de ska electrónico y ligero....¿nos
referimos a Lily Allen o a Paris Hilton?
La primera –hija de un famoso
cómico inglés-
es super cool, irrumpió desde MySpace y fue
recibida con entusiasmo y parabienes por la prensa británica
y el público enrollado que consume Arctic Monkeys,
Babyshambles, Kasabian, etc. Un exitazo. El tema es sencillo,
alegre, bonito, nada del otro mundo.....bien. Me gusta más
que el primer single de Paris Hilton, una canción
en la misma onda que la de Lily Allen.
Ya conocéis a Paris, la millonaria heredera de la
cadena hotelera, personaje del corazón, frívola
y descerebrada, famosísima por su interminables ligues,
sus vídeos eróticos colados como por casualidad a
los medios y su participación en reality shows de
cuarta categoría (y máxima audiencia). Es imposible
ser menos cool y recibir más burlas por parte –por
ejemplo- de los mismos que encumbraron a Lily Allen.
Ahí están las dos, representando polos opuestos
en todo. En todo menos en la música. Cualquiera que
escuche ambas canciones haciendo votos de objetividad habrá de
conceder que –estilísticamente- no media ningún
abismo entre ellas.
Recuerdo una época lejana en la que había música progresiva y comercial,
una época en la que los buenos y los malos estaban
claramente diferenciados. Estaban los revolucionarios y los domesticados,
los experimentales y los convencionales, los auténticos y
los de plástico, los rockeros de ley y los pachangueros
descarados.
Ahora todo está desdibujado. No sé si es bueno
o es malo, pero ambos grupos han ido cediendo posiciones
y adoptando rasgos de identidad del contrario.
Todos somos del mismo club.
Lo más insólito es que entre el público
es posible encontrar personas a las que les gustan simultáneamente
Calamaro y La Oreja de Van Gogh, Jaime Urrutia y Bisbal,
Jorge Drexler y Paulina Rubio.
Un misterio.
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