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Buscar y encontrar
Por Sergio Makaroff
Que el arte moderno está en crisis es algo en lo que
coincide la mayoría de las voces autorizadas. Yo lo
noto en mi vida cotidiana, en unas ramas del arte más
que en otras. Las artes plásticas son el caso más
serio. Hay poco sitio para lo que no sean instalaciones tan
absurdas como rimbombantes. Todos pretenden ser el vanguardista
más super rompedor del trimestre. Todos quieren fundar
una nueva era, inaugurar una estética revolucionaria
absolutamente segregada de todo lo anterior. Ya no se trata
de conmover sino de sorprender, impresionar, impactar y escandalizar
más que el pionero flamígero de la semana pasada.
Demás está decir que no
lo consiguen. A mí lo que me producen es cansancio,
irritación y frustración. La danza también
sufre esta especie de ansiedad, de huida hacia adelante. Abundan
los coreógrafos que confunden la convulsión
y el espasmo con la vanguardia. También hay un mogollón
de seudo transgresión en el teatro y en la música.
Creo que el error consiste en equiparar la búsqueda
con el encuentro. Agradezco a los experimentadores que se
lancen a los ignotos océanos de la peligrosa Nada en
busca de un maravilloso Algo. Lo digo de corazón. Pero
no intenten venderme el experimento como un hallazgo. Intentarlo
tiene muchísimo mérito: si no lo hiciéramos
jamás lograríamos avanzar. Pero una cosa es
probar y otra acertar. El asunto es que cualquier navegante
que naufragó a la vuelta de la esquina exige ser tratado
como Cristóbal Colón.
El verdadero problema es que hay mucho
mentiroso/caradura/aprovechado que se ha dado cuenta de que
tirándose el rollo eficazmente es posible colar lo
que haga falta y vivir del cuento. Pero esta es una opinión
muy personal. Quizá haya muchos seudo vanguardistas
que pergeñen sus patéticos mamotretos con total
honestidad. Puede que sean honrados cuando llaman “instalación”
a cualquier cúmulo caprichoso de socotrocos del Orinoco.
Pero de buenos propósitos está empedrado el
camino del infierno. No juzgo las intenciones sino que cuento
el efecto que me producen los resultados.
Cuando vuelvo del museo de arte moderno sintiéndome
estafado tiendo a refugiarme en los valores seguros, en el
confort y la caricia de los artistas consagrados. Escucho,
por ejemplo, los dos volúmenes de “The Great
American Songbook”, de Rod Stewart. Un trabajo denostado
por más de un crítico musical de alcurnia. Yo,
en cambio, creo que es fantástico. La voz rota del
golfísimo Rod the Mod les insufla nueva vida a los
grandes temas del repertorio sinatresco. Me recuesto en ese
colchón mullido mientras espero que aparezcan compositores
y cantantes rompedores, músicos revolucionarios que
se conviertan en imprescindibles: necesito arte –mucho
y bueno- para vivir.
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