
Arístides Chiérico
(pronúnciese “Quiérico”)
Por Sergio Makaroff
Cuando tenía 16 años y lucía una cabellera
tímidamente beatlesca, mis propios compañeros
de colegio intentaron cortarme el pelo. Me sujetaron entre
varios mientras uno se encargaba de la tijera. Me revolví
como un poseso. El resto de la clase se quedó mirando.
Recuerdo que les grité, sumamente excitado: ¡”Ayúdenme,
malos compañeros!”
Me libré y corrí –desencajado- a la oficina
del rector. “¡Señor” –le dije-
“me cortaron el pelo!”. Arístides Chiérico
-¿cómo olvidar su nombre y su fino bigotillo?-
lejos de conmoverse, me espetó: “para empezar,
Makaroff, no entre sin llamar; en segundo término,
cálmese y vaya a clase, que ya terminó el recreo”.
Fuí a clase, recogí los
libros y me largué a casa.
Tuve que pasar por la peluquería. Cuando volví
al colegio, al cabo de dos días, me tocó soportar
las risitas de los perpetradores y los murmullos complacientes
del coro.
Ese incidente colmó un vaso que
ya estaba bastante lleno. Abandoné los estudios y me
puse a trabajar en una empresa de artículos para tapicería.
Era lo que en Argentina se llama “cadete”, o sea
chaval para repartos, recados y tareas varias. Me dejé
el pelo mucho más largo. Aquél era un mundo
adulto y –a pesar de algún comentario aislado-
fui respetado por el resto del personal. Ellos me hubieran
defendido sin dudarlo si alguien me hubiera atacado. ¡Qué
diferencia con aquellos niñatos de escuela privada!
Curro y colegio estaban a pocas calles
de distancia. Recuerdo que volvía a casa con el delantal
azul y la melena al viento y sentía una satisfacción
muy especial cuando me cruzaba con algún ex-compañero.
Tenía la impresión de que ellos permanecían
en la bruma paternalista mientras yo había salido disparado
para orbitar en otra dimensión.
Supongo que alguno de los de la panda de la tijera habrá
hecho carrera en la prestigiosa policía argentina.
La mayoría, al cabo de un tiempo, se dejó el
pelo mucho más largo que yo cuando me lo cortaron.
Pero no puedo odiar a esos pequeños hítleres
de pacotilla: su castrante bromita pesada fue un magnífico
catalizador. Espolearon mi rebeldía hasta el paroxismo.
Gracias a ellos, que eran el reflejo cabal de la muy represiva
sociedad argentina, mi inmersión en la cultura del
rock fue mucho más radical.
Así fue como llegué –entre
otras cosas- al elenco de “Hair” (pelo, en inglés),
la primera comedia musical alternativa. Fue un boom y un escándalo
en Buenos Aires: nos desnudábamos y cantábamos
alabanzas a las drogas, incorporando recursos teatrales que
en aquel entonces –1971- resultaban vanguardistas. Los
actores bajábamos del escenario y nos metíamos
entre el público. Provocábamos a la gente, la
tocábamos, nos frotábamos contra ella.
Mi pelo seguía creciendo.
Adivinen quién vino un día
a la función: ¡Arístides Chiérico!
Lo detecté y me lancé hacia él en cuanto
pude. Sin apartarme casi nada del guión me encaramé
a su butaca, aullando como un demonio, y pasé unos
deliciosos e inolvidables segundos mirándolo a los
ojos, dedicándole una carcajada salvaje.
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