Whangaruru

He cantado mis canciones en las circunstancias más diversas, pero ninguna tan peculiar como aquella vez en Whangaruru.

Trabajaba en una tienda de artículos para submarinistas en la costa este de la Isla Norte de Nueva Zelanda. El concierto, a pelo y con guitarra prestada, fue anunciado en la radio local. Se desarrolló en la playa, en un escenario improvisado con mesas de madera. El público –unas 60 personas que no entendían el castellano- se acomodó sobre la arena. Fueron atentos y respetuosos. Permanecieron calladitos y aplaudieron al final de cada canción. Mientras cantaba veía romper las olas, desdibujando el reflejo de la luna. ¿Cómo había llegado hasta allí?

No recuerdo si fue en el ’88 ó el ’89. Una época de huída y confusión. Conocí a Muriel una noche y a la semana ya vivía en casa. Los dos éramos igualmente desastrosos. Excesivamente festejadores. Al cabo de un mes de monos y resacas, anunció que se volvía a Nueva Zelanda. “Vente conmigo –dijo- volveré a trabajar con mi padre y nos limpiaremos el coco”. Me dejé llevar: mejor esa espantada que las noches tóxicas non-stop.

Resultó que el viejo de Muriel estaba bastante forrado. Pasamos unos meses recorriendo la Isla Norte, supervisando el acondicionamiento de propiedades que su padre compraba y vendía. Yo era su ayudante: lo cierto es que no daba golpe.

Luego de hacer buena letra un tiempo prudencial, ella se las ingenió para que nos diésemos un garbeo en el yate de unos amigos. Navegamos hasta las inmediaciones de la isla de Poor Knights. Es una reserva natural y no se puede desembarcar, pero la zona es uno de los diez mejores lugares del mundo para la observación submarina, según Jacques-Yves Cousteau. Conocí a varios de los que asistieron a aquél concierto buceando en Poor Knights.

Atracamos para repostar en Whangaruru e hice buenas migas con Pesko, el dueño de la tienda. Un personaje pintoresco –músico aficionado- que iba siempre descalzo, con un sombrero color turquesa.
Fue entonces cuando discutí con Muriel: se emborrachó y me llamó “mantenido”. Hablé con Pesko y conseguí trabajo rellenando tanques de oxígeno y un largo etcétera. Curraba mucho, ahora sí, pero vivía prácticamente en la playa. Había recuperado bastante salud mental, me sentía fuerte y conectado con las fuerzas que rigen el Universo.
Luego descubrí que mi jefe, tan bohemio él, era bastante racista. Despreciaba a los aborígenes neozelandeses y si me tomó como dependiente fue porque me pagaba lo mismo que hubiera cobrado un maorí. Yo era europeo, hablaba inglés, chapurreaba el francés y el italiano, cantaba canciones…

El verdadero paraíso, si es que existe algo parecido en este mundo cruel, es una construcción interior. Aquél concierto en Whangaruru, visto con perspectiva, fue una aproximación a su versión exterior.

Leave a Reply