El declive de la canción

Cuando Penélope Cruz tenía 15 años la entrevisté para la revista MAN. Creo que fue la primera entrevista de su vida. Me contó que sus padres le habían puesto Penélope por la canción de Serrat. Hoy eso sería muy raro. Las canciones ya no significan tanto para la gente. Pero vamos por partes.
Hay una crisis enorme en la industria discográfica, debida sobre todo a lo fácil que resulta robar canciones. ¿Para qué pagar si las puedes robar y la policía no te va a perseguir? ¡Todos los músicos son millonarios, no pasa nada!
Se habla mucho de la piratería –con razón, porque es el problema más grave- pero poco del declive de la canción. Creo que hay por lo menos tres motivos que apuntar: 1) ya no se hacen canciones tan buenas; 2) hay demasiadas canciones y 3) el negocio mató al arte.
Lo primero es difícil de demostrar, ya que es una cuestión de gusto, subjetiva. Lo segundo sí se puede argumentar. Mi teoría es que la canción está muriendo de éxito. En efecto, nunca una forma de arte había proliferado de un modo tan omnipresente, universal y masivo. Una canción ya no es una joya única, algo especial, un evento en la vida de alguien. Escuchamos demasiadas todo el tiempo. Hasta la cosa más preciosa pierde valor cuando se repite hasta el paroxismo. Ya lo dije hace dos meses cuando expliqué que al cabo de unas cuantas docenas de orgías con top models en el jaccuzzi de mi yate la cosa perdió su gracia y me deprimí.
Demasiadas canciones durante demasiados años: el éter está saturado ¿Cuántos millones de canciones puede escuchar una persona antes de deslizarse hacia el hastío y la indiferencia?
El tercer punto es que las canciones populares se han convertido en un negocio fabuloso. Hay tanto dinero para ganar que el cotarro ha sido copado –igual que sucedió con el cine- por los peores tiburones del mar de la codicia. En la época de Sinatra, Elvis y los Beatles los fines de lucro convivían con cierta dosis de amor por la música. Actualmente solo importa la pasta. Si algún artista de calidad encuentra eco es más bien por casualidad. Los que mueven los hilos solo apuestan por los productos más bastardos.
En mi gimnasio hay un hilo musical. Puede sonar desde Mariah Carey hasta Jorge Drexler. Hay un ruido constante de máquinas y además el aire acondicionado atrona como un jet, por lo que resulta imposible disfrutar de la música como tal. Cada día le pido a los monitores que la quiten, ya que en esas condiciones no es más que contaminación acústica. Nadie más, nunca, pide que la suban ni que la bajen. Nadie nota si está o no está. Soy el único que presta atención al tema.
Todo lo que antecede se puede resumir en cinco palabras que servirán de broche de oro: opá, yo viacé un corrá.

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