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Es imposible ser menos cool y recibir más burlas por parte –por ejemplo- de los mismos que encumbraron a Lily Allen.

El Canal Satélite Digital emite cada noche el show de Jay Leno, que acaba con una actuación musical en vivo. Hace poco estuvo Justin Timberlake, el ex integrante de N’Sync y ex novio de Britney Spears, el ídolo de las chicas, el producto perfecto de su discográfica, uno de los artistas con menos credibilidad rockera del mundo entero.

Estuvo absolutamente genial. Funky trepidante, rap a cargo de su productor Timbaland, una banda ajustada y vibrante, un tema de nuevo-soul-popero super convincente y coreografías ultra chulas ejecutadas con maestría por ese gran bailarín que es Justin.
Me recordó los mejores momentos de Prince.

A continuación y en el mismo canal, el show de Conan O’Brien. Esa noche estuvo Frank Black, el alma mater de los legendarios Pixies, uno de los tipos con más credibilidad rockera del mundo entero. Está gordo el pobre, no pudo bailar ni nunca lo intentó. Lo que me impresionó fue la canción: fea con ganas, oscura porque sí, rarita de morondanga, seudo indie, seudo experimental, seudo alternativa, sosa, pretenciosa, un muermo de tema.

Cuestión de gustos, claro.
Si hablamos de una chica anglosajona muy marchosa con padre influyente que lanzó hace poco su álbum de debut con un primer single burbujeantemente jamaicanizado, con aires de ska electrónico y ligero….¿nos referimos a Lily Allen o a Paris Hilton?

La primera –hija de un famoso cómico inglés- es super cool, irrumpió desde MySpace y fue recibida con entusiasmo y parabienes por la prensa británica y el público enrollado que consume Arctic Monkeys, Babyshambles, Kasabian, etc. Un exitazo. El tema es sencillo, alegre, bonito, nada del otro mundo…..bien. Me gusta más que el primer single de Paris Hilton, una canción en la misma onda que la de Lily Allen.

Ya conocéis a Paris, la millonaria heredera de la cadena hotelera, personaje del corazón, frívola y descerebrada, famosísima por su interminables ligues, sus vídeos eróticos colados como por casualidad a los medios y su participación en reality shows de cuarta categoría (y máxima audiencia). Es imposible ser menos cool y recibir más burlas por parte –por ejemplo- de los mismos que encumbraron a Lily Allen.
Ahí están las dos, representando polos opuestos en todo. En todo menos en la música. Cualquiera que escuche ambas canciones haciendo votos de objetividad habrá de conceder que –estilísticamente- no media ningún abismo entre ellas.
Recuerdo una época lejana en la que había música progresiva y comercial, una época en la que los buenos y los malos estaban claramente diferenciados. Estaban los revolucionarios y los domesticados, los experimentales y los convencionales, los auténticos y los de plástico, los rockeros de ley y los pachangueros descarados.
Ahora todo está desdibujado. No sé si es bueno o es malo, pero ambos grupos han ido cediendo posiciones y adoptando rasgos de identidad del contrario.
Todos somos del mismo club.
Lo más insólito es que entre el público es posible encontrar personas a las que les gustan simultáneamente Calamaro y La Oreja de Van Gogh, Jaime Urrutia y Bisbal, Jorge Drexler y Paulina Rubio.
Un misterio.

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