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Archive for November, 2008

Black Santa

Monday, November 24th, 2008

Santa Claus existe, amiguitas y amiguitos, solo que no es blanco ni oriundo de Finlandia. Es negro, rapero y se llama Xzibit. Tengo que reconocer que soy adicto a ese absurdo y maravilloso programa de MTV llamado Pimp My Ride. Podríamos traducirlo como Chulea Mi Buga. Para los que no sepan de qué va, un somero resumen. Se detecta a algun joven californiano que tenga un coche hecho polvo. Muy hecho polvo: abollado, oxidado, parachoques cogido con alambre, baúl con colillas. Uno hasta tenía ratas.
El encantador ex delincuente Xzibit se planta en su puerta y le anuncia que su montón de chatarra será transformado por los mejores especialistas del mercado, absolutamente gratis. El afortunado abraza a Xzibit, lo besa: ya sabe lo que le espera. Coche tuneado y quince minutos de fama televisiva. Para una persona joven y sin un duro, obligada a vivir en un mundo –California- en el que sin coche eres un cero a la izquierda, es un regalo de tres pares de cojones.

Xzibit se lleva el descacharrado vehículo al taller de los especialistas. El coche se tunea sin reparar en gastos, teniendo en cuenta los gustos e inclinaciones de su dueño. El mejor sonido, asientos de cuero, DVD, ordenadores, videojuegos, llantas super atómicas, pintura extremada e hiper hortera: todo lo que puede hacer feliz a un joven estadounidense. Si le gusta el cine, se le instala una máquina de palomitas, si le interesa la astronomía, techo corredizo y un telescopio, si le gustan los peces, peceras con especies tropicales. Encuentro geniales los detalles de humor desquiciado que se incluyen en el tuneado.

Soy un intelectual, amiguitos y amiguitas. Mis amistades suelen ser profesores de antropología, académicos de psicopatología y cosas por el estilo. Estoy siendo muy criticado en mi entorno por esta afición. Para muchos de mis pares, por lo visto, es una inclinación incorrecta, una debilidad de carácter, una señal de decadencia inadmisible. ¡Tonterías! Aunque tuvieran razón, me importa un carajo. Me lo paso pipa con mi programa de tuneado.

A veces se vuelve un poco repetitivo, porque siempre es la misma fórmula. Joven sin recursos, coche cochambroso, macro tuneado exagerado por todo lo alto…
Lo que no falla nunca es la traca final. El afortunado llega al taller de los especialistas. Su nuevo buga está cubierto por una lona. Xzibit dice un par de tonterías alusivas y se descubre la obra. La reacción del propietario no tiene desperdicio. Salta hasta el techo, aúlla, se retuerce. Su felicidad resulta contagiosa. Mientras le van mostrando todas las virguerías que le han hecho a su coche no para de flipar y flipar.

Yo, un hombretón curtido y escéptico, siento parte de su alegría y me reacomodo en el sofá. ¡Tocado!

Corbata

Monday, November 24th, 2008

Hoy no tengo gran cosa que hacer. Tocar la guitarrita, leer el periódico, ir al gimnasio, lavar la ropa. Por lo tanto elegiré una buena corbata de seda italiana y la combinaré con la camisa, americana, pantalones y zapatos adecuados. Cuando tengo que trabajar –soy un cantante que viene del rock- no me puedo vestir así. Creo que el público no lo entendería. Para actuar me pongo tejanos y zapatillas. Sucede que la ropa que realmente me gusta es exactamente la opuesta a la rockera. Mis conjuntos corbateros no son tipo Blues Brothers, sino algo en frecuencia mucho más burguesa. De Brian Ferry hacia Durán i Lleida, para entendernos. En eso salí a mi padre, conocido como El Ingeniero, un comunista que iba siempre emperifollado como un dandy. En la vanguardia de la revolución obrera y en la del dandismo, tan frescamente.
De hecho él me legó la mayoría de las corbatas que atesoro. Buenos Aires solía ser, mientras duró el esplendor argentino, una ciudad anglófila, afrancesada, que daba la espalda a su entorno sudaquilla con una indisimulada fascinación por la Vieja Europa. El Ingeniero, ideólogo marxista, se dejaba la pasta en las tiendas de ropa más pijas de la ciudad, que no tenían nada que envidiarle a las de Roma, París y Londres. Esas corbatas son las que suelo ponerme cada mañana.
Entre ellas hay una que es, de lejos, mi favorita. De seda, pero mate, con dibujos tipo búlgaro que combinan el verde oliva con el marron rojizo, el crema y el azul oscuro. ¡Qué joya! Mi padre la compró en Spinetto, uno de esos reductos de la oligarquía ganadera que suministraban indumentaria refinada a los estancieros que explotaban sin piedad a los gauchos de la pampa.
Otro de los tesoros que poseo y que también proviene de Buenos Aires es un buen alijo de discos de la historia del rock argentino. Entre ellos, los más importantes de la obra de Luis Alberto Spinetta, uno de los principales y más prolíficos creadores de la escena local.
Sé que nunca nadie ni nada me obligará a optar por una de esas valiosas pertenencias. Pero, imaginando una situación absurda en la que los malos de la película pusieran al muchachito –yo- en la desgarradora disyuntiva de elegir entre la corbata de Spinetto y los discos de Spinetta, con gran dolor del alma musitaría estas trágicas palabras: “lo siento, Luis Alberto”.

Dear Michael:

Monday, November 24th, 2008

Te escribo estas líneas para intentar echarte un cable. Los del gremio tenemos que ser solidarios. Analicemos la situación, que no cunda el pánico. Has sido absuelto pero sé que estás pasando por un mal momento. Debes unos 275 millones de dólares y tu carrera está por los suelos. Tu imagen pública, no tanto por el cúmulo de excentricidades, que a la basca le encantan, sino por lo de los niños, está bajo tierra.

Vas a tener que empezar de cero. Tranqui, tronqui, será duro pero no tanto: muchos aún te queremos y te respetamos. Eres un tipo talentoso que no ha matado a nadie. No eres un cabrón como tantos que hay por ahí, como Donald Rumsfeld.

Llegaste a Rey del Pop por mérito propio, te compraste una Disneylandia y te transformaste en un muñeco blanquecino. La gente te considera un freak, y no me extraña.
No desesperes, macho: tal como lo veo, la cosa tiene arreglo.

La palabra clave es humildad. Vas a vender el rancho Neverland de los cojones –llamas incluídas- y los derechos de las canciones de Lennon y Mc Cartney. Eso te tiene que alcanzar para pagar tus deudas y aún te quedará para comprarte una casa con un jardín bastante ganso. Una mansión normal, vamos, como la que puede tener Sheryl Crow, que hace años era una de las cantantes de tu coro (según lo que cuenta, tú ni te dignabas a dirigirle la palabra). En vez de cien empleados, tendrás cinco. Podrás tener un perro, un gato y un canario.

Ponte a componer, que tú sabes, y recluta unos músicos de primera. Tíos de esos que tienen un mogollón de soul pero que si hay que tocar una balada medio italiana lo hacen de coña. Ensayáis y os presentáis en un sitio pequeño, como para dos mil personas o así. Buenas luces, buen sonido, pero nada de parafernalia atómica, ya me entiendes. Si se agotan las entradas muy rápido agregáis unos días más, no problemo. Sales, cantas tus temas y a ver qué pasa. Grabas un disco con un presupuesto como el de Solomon Burke, por decir algo. Igual vendes 500.000 ejemplares. Esa pasta alcanza para vivir de puta madre. Solo tienes que echarle humildad. Hazme caso.
Un abrazo.
Sergio.

Arístides Chiérico (pronúnciese “Quiérico”)

Monday, November 24th, 2008

Cuando tenía 16 años y lucía una cabellera tímidamente beatlesca, mis propios compañeros de colegio intentaron cortarme el pelo. Me sujetaron entre varios mientras uno se encargaba de la tijera. Me revolví como un poseso. El resto de la clase se quedó mirando. Recuerdo que les grité, sumamente excitado: ¡”Ayúdenme, malos compañeros!”
Me libré y corrí –desencajado- a la oficina del rector. “¡Señor” –le dije- “me cortaron el pelo!”. Arístides Chiérico -¿cómo olvidar su nombre y su fino bigotillo?- lejos de conmoverse, me espetó: “para empezar, Makaroff, no entre sin llamar; en segundo término, cálmese y vaya a clase, que ya terminó el recreo”.

Fuí a clase, recogí los libros y me largué a casa.
Tuve que pasar por la peluquería. Cuando volví al colegio, al cabo de dos días, me tocó soportar las risitas de los perpetradores y los murmullos complacientes del coro.

Ese incidente colmó un vaso que ya estaba bastante lleno. Abandoné los estudios y me puse a trabajar en una empresa de artículos para tapicería. Era lo que en Argentina se llama “cadete”, o sea chaval para repartos, recados y tareas varias. Me dejé el pelo mucho más largo. Aquél era un mundo adulto y –a pesar de algún comentario aislado- fui respetado por el resto del personal. Ellos me hubieran defendido sin dudarlo si alguien me hubiera atacado. ¡Qué diferencia con aquellos niñatos de escuela privada!

Curro y colegio estaban a pocas calles de distancia. Recuerdo que volvía a casa con el delantal azul y la melena al viento y sentía una satisfacción muy especial cuando me cruzaba con algún ex-compañero. Tenía la impresión de que ellos permanecían en la bruma paternalista mientras yo había salido disparado para orbitar en otra dimensión.
Supongo que alguno de los de la panda de la tijera habrá hecho carrera en la prestigiosa policía argentina. La mayoría, al cabo de un tiempo, se dejó el pelo mucho más largo que yo cuando me lo cortaron.
Pero no puedo odiar a esos pequeños hítleres de pacotilla: su castrante bromita pesada fue un magnífico catalizador. Espolearon mi rebeldía hasta el paroxismo. Gracias a ellos, que eran el reflejo cabal de la muy represiva sociedad argentina, mi inmersión en la cultura del rock fue mucho más radical.

Así fue como llegué –entre otras cosas- al elenco de “Hair” (pelo, en inglés), la primera comedia musical alternativa. Fue un boom y un escándalo en Buenos Aires: nos desnudábamos y cantábamos alabanzas a las drogas, incorporando recursos teatrales que en aquel entonces –1971- resultaban vanguardistas. Los actores bajábamos del escenario y nos metíamos entre el público. Provocábamos a la gente, la tocábamos, nos frotábamos contra ella.
Mi pelo seguía creciendo.

Adivinen quién vino un día a la función: ¡Arístides Chiérico!
Lo detecté y me lancé hacia él en cuanto pude. Sin apartarme casi nada del guión me encaramé a su butaca, aullando como un demonio, y pasé unos deliciosos e inolvidables segundos mirándolo a los ojos, dedicándole una carcajada salvaje.

La Avenida de los Templos

Monday, November 24th, 2008

Dame boca y te contaré cosas. Te llevaré a conocer un mundo mítico, caprichoso y crujiente. Un país de seres extraños que nunca usaron MP3. De melómanos que se resisten a robar canciones. Soñadores absurdos que prefieren la música sin comprimir, extendida en todo su esplendor, con sus matices, tal como la concibieron los artistas.
“Emepetrés contra los Guardianes de la Avenida de los Templos”, entonces. Una fábula urbana radicalmente anacrónica. De rabiosa actualidad.

En Barcelona hay una calle muy céntrica llamada Tallers. Es la Avenida de los Templos. Los creyentes acuden a perpetrar un ritual ancestral: comprar discos. Discos, discos, discos. Los obvios y también los raros, los que nadie conoce, los que nunca se promocionan, los que nunca suenan en la radio.

En la calle Tallers hay una concentración excepcional de tiendas que venden discos. Están Revólver, Music World, Castelló Clásica, Castelló Pop y un montón de templetes más pequeños, algunos agazapados en las callejas transversales.

Hoy la Antorcha de los Guardianes arrojará luz sobre uno de los altares más sacros de la Avenida: Overstocks, santificado sea tu nombre. Donde el malvado Emepetrés pierde la batalla día sí y día también. Los coleccionistas peregrinan para conseguir las joyas que harán palpitar sus corazones. Míralos entrar como poseídos por un fulgor bizarro. Síguelos mientras recorren las bateas con los labios trémulos y la mirada absorta.

En Overstocks hay secciones como Kraut Rock, Rare Groove, Northern Soul o Ítalo Disco. Psychobilly, Doo-wop, Girl Groups, Garage y la gloriosa Surf e Instrumentales. Están Punk 77, Punk/Hardcore y Grupos Oi. Rock Mestizo, Rock Radikal, Southern Rock. Hay Rock Progresivo y Neo-Progresivo. ¡Neo-Progresivo! ¡Bendito sea el Señor del Universo!
En Glam, los que imploran por el brillo de La Verdad se zambullen en discos de Mud, Sweet, Smokie, Raspberries, Steve Harley and Cockney Rebel, Suzy Quatro, Mott the Hoople y por supuesto Gary Glitter y Marc Bolan.

Asómate al rincón del Rock’n’Roll y contempla a los acólitos anhelantes que llegan levitando de toda España y parte del extranjero.
Ahora quiero que me acompañes a mis secciones favoritas: Sixties UK y Sixties USA. Puede que la Trinidad sea Santísima, pero esta Dualidad llena mi alma de regocijo. En el primer oratorio sufro estertores místicos con los cánticos iniciáticos de Peter and Gordon, Amen Corner, Dave Clark Five, Herman’s Hermits, Alan Price Set, Manfred Mann, Marmalade, Searchers y Walker Brothers. En el segundo, los ángeles susurran (y aúllan) al son de Blue Cheer, Association, Electric Flag, Electric Prunes, Moby Grape, Quicksilver Messenger Service, Iron Butterfly, Young Rascals, Turtles, Vanilla Fudge y Sir Douglas Quintet.

¿Ves lo que te quiero decir?
¿Cómo no creer, ante tan contundentes pruebas de Su Existencia?

Buscar y encontrar

Monday, November 24th, 2008

Que el arte moderno está en crisis es algo en lo que coincide la mayoría de las voces autorizadas. Yo lo noto en mi vida cotidiana, en unas ramas del arte más que en otras. Las artes plásticas son el caso más serio. Hay poco sitio para lo que no sean instalaciones tan absurdas como rimbombantes. Todos pretenden ser el vanguardista más super rompedor del trimestre. Todos quieren fundar una nueva era, inaugurar una estética revolucionaria absolutamente segregada de todo lo anterior. Ya no se trata de conmover sino de sorprender, impresionar, impactar y escandalizar más que el pionero flamígero de la semana pasada.

Demás está decir que no lo consiguen. A mí lo que me producen es cansancio, irritación y frustración. La danza también sufre esta especie de ansiedad, de huida hacia adelante. Abundan los coreógrafos que confunden la convulsión y el espasmo con la vanguardia. También hay un mogollón de seudo transgresión en el teatro y en la música.
Creo que el error consiste en equiparar la búsqueda con el encuentro. Agradezco a los experimentadores que se lancen a los ignotos océanos de la peligrosa Nada en busca de un maravilloso Algo. Lo digo de corazón. Pero no intenten venderme el experimento como un hallazgo. Intentarlo tiene muchísimo mérito: si no lo hiciéramos jamás lograríamos avanzar. Pero una cosa es probar y otra acertar. El asunto es que cualquier navegante que naufragó a la vuelta de la esquina exige ser tratado como Cristóbal Colón.

El verdadero problema es que hay mucho mentiroso/caradura/aprovechado que se ha dado cuenta de que tirándose el rollo eficazmente es posible colar lo que haga falta y vivir del cuento. Pero esta es una opinión muy personal. Quizá haya muchos seudo vanguardistas que pergeñen sus patéticos mamotretos con total honestidad. Puede que sean honrados cuando llaman “instalación” a cualquier cúmulo caprichoso de socotrocos del Orinoco. Pero de buenos propósitos está empedrado el camino del infierno. No juzgo las intenciones sino que cuento el efecto que me producen los resultados.
Cuando vuelvo del museo de arte moderno sintiéndome estafado tiendo a refugiarme en los valores seguros, en el confort y la caricia de los artistas consagrados. Escucho, por ejemplo, los dos volúmenes de “The Great American Songbook”, de Rod Stewart. Un trabajo denostado por más de un crítico musical de alcurnia. Yo, en cambio, creo que es fantástico. La voz rota del golfísimo Rod the Mod les insufla nueva vida a los grandes temas del repertorio sinatresco. Me recuesto en ese colchón mullido mientras espero que aparezcan compositores y cantantes rompedores, músicos revolucionarios que se conviertan en imprescindibles: necesito arte –mucho y bueno- para vivir.

Cuatro estaciones

Monday, November 24th, 2008

Tengo un sitio especial para dos ídolos de la canción en mi corazón de fan. No, no son Bisbal y Bustamante. Se trata de Georgie Fame y Nick Lowe. Hace unos años entrevisté al segundo para ésta revista y le pedí que me descubriera algún artista que tuviera tanta calidad como falta de reconocimiento masivo.

Su elección fue Merle Haggard (yo sabía que era un cantante country, pero no tenía ningún disco suyo, cosa que remedié en los días subsiguientes).

Entonces el bueno de Nick me pidió que –a mi vez- le recomendara a alguien de las mismas características. Le hablé de John Pizzarelli: ni siquiera le sonaba.

O sea que no hace falta que os sintáis culpables si no tenéis ni puñetera idea de quién es. Para eso estoy yo, que con mucho gusto os lo contaré.

John es el hijo de Bucky Pizzarelli, el legendario guitarrista de jazz que usaba una guitarra de siete cuerdas y que raramente pulsaba una nota por vez. Lo suyo eran los acordes, el acompañamiento: en sus propios discos la mayoría de los solos los hacen los demás.
Su hijo John continúa la tradición familiar. Es guitarrista de jazz (él sí que hace solos), usa una guitarra de siete cuerdas….y canta. Lo hace con una voz aérea, susurrante, a veces un poco echada p’atrás, como si fuera un cantante de bossa nova. Su repertorio está formado básicamente por standards de jazz, aunque hace afortunadas incursiones en otros campos. Lo mejor que podéis hacer si queréis iniciaros en el culto a este artista semi-desconocido es correr a comprar “John Pizzarelli meets The Beatles”. De lejos las mejores versiones del cuarteto que un servidor haya escuchado nunca. Algunas, me atrevo a decir, tratan de tú a tú al original.

Tengo doce álbumes de John Pizzarelli. Esa docena de joyas constituye una de mis posesiones más preciadas. ¿Por qué todo el mundo conoce a Diana Krall y casi nadie a J. P.? No lo sé. Quizá porque ella es rubia, macizona y canta con una voz más rotunda y poderosa. I love Diana Krall. La descubrí cuando editó su primer disco, aluciné pepinillos cuando la ví en vivo como telonera de luxe de Tony Bennett y no me importa que últimamente haya edulcorado un poco la oferta: su talento aguanta un ligero lavado. O dos.

Cualquiera que disfrute con Diana es candidato/a a gozar con John.
En la entrega anterior de esta sección hablábamos de lo crueles que pueden ser los compañeros de colegio. ¿Os imagináis la de bromitas que habrá tenido que soportar un chaval sensible llamado Pizzarelli?
En fin: apuesto a que se lo pasa bomba actuando con su combo en otoño, primavera, invierno y verano, swingueando por el ancho mundo y viviendo de hacer lo que más le gusta.

Dale Boca

Monday, November 24th, 2008

“Dale boca a una piedra y te dirá que tiene sed”. Así reza el antiguo dicho coreano. ¡Cuánta verdad! Creo que el significado de esta perla de sabiduría concentrada está más que claro. Vamos, que está super clarinete. No seré yo quien insulte la inteligencia de los lectores explicando lo obvio…

No cuela, ¿eh? Pues no: el dicho es perfectamente apócrifo. ¡Dale Boca! es el grito de arenga a Boca Juniors, el equipo de fútbol más popular de Argentina y el que yo seguía cuando era hincha de éste o de aquél.

Los que leemos Efe Eme tenemos dos deditos de frente.
Es una pena que una revista de música tan honesta y vocacional tenga carácter minoritario. Es sintomático del estado de las cosas. El relativo consuelo es que estamos juntos y escuchamos buena música. Somos una elite de melómanos, una especie de club exclusivo. ¡Vaya!
A la crisis cultural generalizada se suma la mía personal.
En los ’80 no tenía un duro –me lo gastaba todo en drogas- y había un montón de discos que me apetecía tener. Solamente me compraba uno por año: el de Prince. El pequeño gran hombre tenía el honor de ser el único artista que me estimulaba más que los estimulantes.
En los ’90 rompí con los enganches: eso me hizo sentir bien. Las cosas comenzaron a irme mucho mejor. A partir de entonces el dinero me alcanza para comprar los discos que quiera. ¡Pero no sé que comprar!

Hay un puñado de artistas cuyos álbumes me agencio a ciegas, o sea a sordas: Rosa Passos, Nick Lowe, Georgie Fame, Jorge Drexler, Snoop Dog, Rubén Rada, Niña Pastori, Tony Bennett, Zebda, Los Lobos, John Pizzarelli, Diana Krall, Ivy, Harry Connick Jr., Wilco, Jay-Z, Leon Russell, Bob Dylan, Andrés Calamaro…..(Ariel me lo regala: desde aquí te doy las gracias, campeón.)

Voy a la tienda de discos con la lista de la compra y muchas veces salgo con las manos vacías. Claro, tengo que comprar los discos allí donde me dejen escucharlos. El otro día fui a Discos Cien, de Barcelona, con tiempo por delante y el noble propósito de investigar a unos quince grupos de rock de tipo indie/alternativo. Este no, este tampoco, este suena a lo de toda la vida, estos creen que han descubierto la pólvora, nada por aquí, nada por allí… ¿Soy yo o son ellos? En mi corazón sigue fresco el deseo de encontrar músicas nuevas que me entusiasmen, pero la cosa está un poco negra.
Al final di con alguien que me gustó: Adam Green, que también toca en una banda llamada The Moldy Peaches. El tío recuerda un poco a Jonathan Richman, aunque su estilo ingenuo y despojado transmite más relax, es más melódico, resulta menos deliberado. Más allá de cualquier comparación, este pibe mola un puñao. Escucho su disco una y otra vez y me va gustando más y más. Altamente recomendable.
Costó, pero la vieja magia volvió a funcionar.

Dream team

Monday, November 24th, 2008

Soy del ’51. Cuando descubrí a los Beatles, Rolling Stones, Kinks y compañía tenía 12 ó 13 años. Poner un disco y gesticular frente al espejo se convirtió en mi juego favorito. Los tubos del aspirador eran la guitarra de Keith, el bajo de Paul o el micrófono de Mick. Antes de aprender inglés ya sabía pronunciar cada una de las palabras de todas esas canciones, sin entender ni jota.

Pasaron unos años y a los 17, estimulado por la vida misma y unas caladas de excelente marihuana paraguaya, compuse el primer tema. ¡Oye, qué divertido!

Componer canciones y cantarlas se convirtió en el eje de mi vida por un motivo de lo más simple: es la actividad más agradable que hay en el mundo.

Aunque no se me escapa el lado oscuro del asunto (cómo somos los artistas, ¡cómo son los mánagers y las discográficas!) sigo firme en la brecha, buscando y encontrando el placer de inventar y cantar canciones. Sigue siendo un juego. El más divertido.

Una variante que antes practicaba mucho y hoy me propongo desempolvar es imaginarme una gira con el grupo ideal. Hace años que actúo con los mismos músicos: Daniel Levy a la batería, Jorge Carrasco en el bajo, Jaume Vilaseca a cargo de los teclados y Marc Quintillá tocando guitarras. Tíos cojonudos y músicos de puta madre.
Pero puesto a soñar como un niño, como hacía cuando era un adolescente deslumbrado por el olimpo rockero, pongamos a Pete Thomas en la batería. El de los Attractions, sí, ese pedazo de genio. En el bajo y coros no puede estar otro que el gran Nick Lowe. ¡Cómo ha mejorado con los años el Maestro! En el órgano Hammond y garganta de oro otro monstruo inglés insuficientemente reconocido: Georgie Fame. ¿Qué tal un pianista vivaz, destacado cantante y alma de todas las fiestas? Demos la bienvenida al bueno de Elton John.
Para completar el dream team un trío de guitarristas/vocalistas del Río de la Plata, mis propios Crosby, Stills y Nash: Ariel Rot, Jorge Drexler y Eduardo Makaroff.

Llegado a este punto me doy cuenta de algo fantástico: Pete Thomas ha grabado con Ariel algunos temas que compusimos juntos, he colaborado con Jorge Drexler y por supuesto Ariel y Eduardo son mis socios habituales. ¡Más de la mitad de mi sueño está dulcemente entroncado con la realidad!

La otra porción sigue siendo una posibilidad remota, pero mi próximo disco podría ser un bombazo y entonces reclutar a Pete, Georgie y Nick sería una cuestión factible.

Todo es posible en la dimensión desconocida.
Lo de Elton lo veo más difícil, la gorda está muy forrada, pero…¿sabéis lo que os digo? Él se lo pierde.

Guay del Uruguay

Monday, November 24th, 2008

Hace unos cuantos años que actúo y grabo con el mismo baterista, Daniel Levy. Es un tipo macanudo, toca de puta madre, es puntual y….es uruguayo. Los músicos argentinos aprendemos pronto que nuestros colegas de la otra orilla del Río de la Plata tienen algo muy especial.

Uruguay es un país chiquito con un montón de músicos increíbles. Encajado entre dos gigantes, Brasil y Argentina, parece que ese hecho funcionara como un estímulo extra para reforzar su propia personalidad. Comparten la herencia africana con Brasil y la tristeza milonguera con Argentina, pero son mucho más que un promedio de las carácterísticas de sus macro vecinos. La música uruguaya es un mundo aparte, un mundo candombero en el que hay que zambullirse de cabeza para disfrutar y disfrutar.

Cuando tenía 14 ó 15 años ví a Los Shakers en directo y eso cambió mi vida. Hugo, Osvaldo, Caio y Pelín. Olvidaré sus nombres cuando no recuerde a John, Paul, George y Ringo. Estaban influenciados por los de Liverpool, sí, pero el que crea que es fácil componer un repertorio que suene beatlesco, pero sin copiar, que se ponga y lo haga. Los Shakers –musicazos- tocaban y cantaban que daba miedo. Hugo y Osvaldo son los legendarios hermanos Fattoruso, de larga trayectoria y profusas incursiones en el candombe fusión, el jazz rock y qué sé yo cuántos palos más.

En esos tiempos los discos de Los Shakers tenían para muchos iniciados rioplatenses el mismo valor que los de cualquier gloria anglosajona.

También compré por ese entonces un single de Los Mockers, otro gran grupo uruguayo en el que militaba Esteban Hirchfeld. Colaboré con este talentoso teclista cuando me acompañaban Los Rápidos. Esteban pasó años con Gabinete Caligari y sigue tocando, produciendo y haciendo mil cosas. Recientemente se encargó de la dirección musical del álbum solista de Jaime Urrutia, esa joya.

Conocí a Rubén Rada cuando ambos integrábamos el elenco de la comedia musical Hair. Hoy es quizá el cantante y compositor más popular de Uruguay. Cada vez que voy a Buenos Aires amplío mi creciente colección de discos suyos: no pararé hasta tenerlos todos. ¡Qué grande es el negro Rada!

Por supuesto que hay que hacerse con el Grandes Éxitos de Jaime Roos, un cantautor formidable, a caballo entre el folklore y el rock. Mejor aún será agenciarse su discografía completa y unas cuantas antologías de candombe y de murga y la obra de Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños y…

Dejo para el final a mi artista uruguayo favorito, un auténtico genio: Jorge Drexler. Opino que no hay en el mundo –hoy por hoy- un cantante y compositor más inspirado. ¡Y cómo toca la guitarra el Dr. Drexler! Claro que es una mera cuestión de gustos, pero quiero que quede constancia del mío.

Por supuesto que todos tenéis mi último álbum y entonces sabéis que podré contarle a mis nietos que yo, una vez, canté con Jorge Drexler.