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Archive for November, 2008

Mi barrio es el mundo

Monday, November 24th, 2008

¿En qué mundo vivo? Me lo pregunto porque quiero saberlo. Leo libros y periódicos, veo la televisión, navego por internet, escucho la radio. Recibo una impresión general de la situación, sé lo que está pasando allí fuera. Pero no es suficiente. Necesito conseguir mis propios datos, comprobar la realidad de un modo directo. Quiero saber en qué mundo vivo y abro la ventana todas las mañanas para asomarme, mirar y sentir. La meta final es ver, saber.
Vivo en Barcelona, a pocos metros del Camp Nou. Ayer hubo partido y está todo lleno de basura. Me gusta mucho el fútbol. Es un espectáculo fabuloso. La habilidad combinada de los jugadores produce destellos de auténtica magia. Me gusta tanto ver un buen partido como aborrezco a las masas enardecidas que disfrutan con las buenas jugadas de su equipo pero sufren con las genialidades del contrario. Se diría que, presas de una pulsión primitiva, tribal, nacionalista, son incapaces de gozar del buen fútbol. Solo les satisface el fracaso del contrario. En las gradas del Camp Nou no puedo demostrar que me dan placer los aciertos de Figo, Raúl o Zidane. Tengo que disimular, para evitar ser linchado por la turba enfebrecida. Prefiero que gane el equipo de mi barrio, pero no tanto como para dejar de apreciar el arte del oponente: debo ser un bicho raro.
Hace poco instalaron en la zona los contenedores para residuos orgánicos, identificados con el color naranja. Pusieron anuncios en todos los portales avisando dónde y cuándo funcionarían los centros de información referentes al nuevo servicio. Fuí, me dieron un cubo especial, unas cuantas bolsas y los datos pertinentes. A partir de entonces en casa separamos la basura orgánica y la tiramos donde corresponde. ¡En ese contenedor no he visto ni una sola de las bolsas naranjas y sí montones de latas, botellas, cartones, etc! Al parecer, mis vecinos no están por la labor. ¿Cómo se llamaba aquella película en la que un ama de casa sonriente asesinaba a los vecinos que no reciclaban? No llegaría tan lejos, pero me gustaría decirles un par de cosas. Vivo en un mundo en el que la gente critica por norma a los políticos, dando por supuesto que todos están ahí para enriquecerse y medrar. Pero son incapaces de untar el pan con tomate y reciclar los restos para preservar a nuestro planetita azul del desastre que se nos viene encima. ¡Ay!
Abro la ventana, salgo a la calle, hablo con la gente. Intercambio información insustancial con la panadera y el kiosquero. El texto puede ser anodino, pero el subtexto es material de primera. Las sonrisas de ida y vuelta están hechas de la mejor de las sustancias. En mi escalera hay rumanos, colombianos y argentinos. Se habla catalán y castellano. Vivo en un mundo impuro y me gusta.
Tengo tantas razones para despotricar contra la humanidad como para reconciliarme con ella. Detecto la misma cantidad de señales preocupantes y alentadoras. Pensando en frío, la suma de las estupideces colectivas parece conducir a la debacle. Sin embargo, el intercambio directo con la vida circundante produce un sentimiento cálido que propicia una visión optimista.
No será fácil, pero creo que saldremos de ésta. Es probable que nos aguarde un futuro mejor. Incluso si el Barça no gana la Liga.

El viaje

Monday, November 24th, 2008

Vuelo de Buenos Aires a Madrid. De día: no conseguí pasaje nocturno. Doce horas de viaje. No me puedo concentrar en la lectura, no tengo con quién charlar. Hace más de diez años que no tomo ninguna sustancia de las que alteran la conciencia. No tengo sueño. No hay escapatoria.
Mi miedo a volar no es patológico, pero casi. Vuelo, pero no puedo evitar pensar en lo indefenso que estoy. Me creo capaz de reaccionar bien en un accidente de coche o de tren. Podría saltar una décima de segundo antes de que la chapa se clavase en mi carne. O en caso contrario hacerme un torniquete con un pedazo de camisa y respirar hondo mientras llegan los bomberos con sus grandes tenazas. Creo honestamente que hubiera sobrevivido al tsunami indonesio. Sé nadar, tengo sangre fría. A veces me pongo histérico por gilipolleces, pero en los accidentes sale lo mejor de mí.
En un avión estoy jugado. Soy una marioneta en las manos del destino. Me enfrento a mi condición de mortal, constato mi fragilidad.
Quizá sea posible hacer de este atolladero una experiencia positiva. ¿Qué necesito para lograrlo? En primer lugar, aceptar que estoy en las volátiles manos del azar. Ya está.
Contemplar la posibilad de palmarla me hace sentirme muy vivo. Después de todo, ya sabía que la muerte tiene un lado bueno: le da sentido a la vida. Lo que quieren los inmortales es morir. Eso queda muy claro en el cuento de Borges.
Soy.
Oye, es una sensación agradable. Soy una persona y no tengo miedo. Me gusta ser. No me hace falta pensar en otra cosa. Puedo dejarme invadir por el hecho básico de ser un hombre y disfrutar de la idea como si fuera la primera vez.
No sé si tengo la mente en blanco o de algún otro color, pero me está invadiendo una especie de placidez. El pensamiento parece ralentizarse, pero en realidad es que me estoy relajando. Me parece que puedo elegir en qué pensar, sin ansiedad.
Elijo pensar sobre el pensamiento. Visualizo el yo como un mecanismo luminoso, complejo y ultraveloz que va de aquí para allá, a sus anchas. Es el fenómeno más alucinante del universo y tengo uno dentro de la cabeza. ¡Soy rico!
Mi mente va mucho más rápida que el avión. La mía y la de todos. Detecto dos cosas muy alentadoras: 1) no tengo por qué sacar grandes conclusiones ni redescubrir la pólvora; 2) estoy colocado y no he tomado nada. Voy por buen camino.
Retomo la contemplación de mi propio yo. Soy el protagonista y el observador del aparato más fascinante de la naturaleza. No hay ninguna otra cosa en el mundo que sea más fantástica y misteriosa. Me monto en esa nave electroquímica y de pronto el interior de mi cráneo es un espacio gigante, poblado de estructuras que parecen ciudades de otra galaxia.
Hago un vuelo de reconocimiento: esta es La Memoria, allá está La Imaginación. Aquella especie de fortificación un poco tenebrosa debe ser El Miedo. Puedo acercarme y sobrevolar sus dominios sin temor.
Hacía tiempo que no me sentía tan bien.
Debo haberme quedado dormido, porque están sirviendo la cena. ¿Fue un sueño? No: parece que estoy avanzando un poco en la tarea de llevarme bien conmigo mismo.
Y si ahora están leyendo esto es porque el avión no cayó.

Una batalla interior

Monday, November 24th, 2008

El camino que lleva a ser una persona decente está sembrado de dudas y otras trampas tan oscuras como las noches sin luna.

Me resulta imposible olvidar su nombre: Paisarn Totsanambat. Era un tailandés flaco y altísimo, la estrella del grupo. Éramos un equipo de vendedores -modalidad puerta fría- que viajábamos por Estados Unidos intentando engatusar a la gente para que se suscribiera a las peores revistas del mercado. Las buenas se vendían por su propio peso y las otras necesitaban de los subterfugios que empleaban sujetos como nosotros.

Me tocó compartir habitación con Paisarn. Se cocinaba su propia comida en un hornillo y aquello apestaba. Probablemente el cerdo con cebolla y un mogollón de especias esté muy rico en un restaurante tailandés con mesas de bambú, pero después de golpear puertas y recibir portazos todo el día yo quería tumbarme y descansar. No tardó en surgir el conflicto. Nuestro manager me cambió de habitación y desde entonces Mr. Totsanambat cesó de dirigirme la palabra. Me dirigía, en cambio, unas miradas torvas que no presagiaban nada bueno.

Recordé este incidente el otro día, después de leer dos artículos sobre la entrada de Turquía en la Unión Europea, uno a favor y otro en contra. ¡Ambos tenían razón! Me dí cuenta de que no me resultaba nada fácil hacerme un criterio propio al respecto. Entonces me pregunté, en la soledad de mi habitación. ¿Soy racista?

Por supuesto que presento al mundo un frente políticamente correcto, faltaría más. ¿Cómo va a ser racista un tipo como yo? Soy un mil leches: mis abuelos eran rusos, moldavos y lituanos, con mezcla judía y cristiana. Nací en Buenos Aires, llevo más de media vida en Barcelona. Soy de izquierdas.
¿Cómo va a ser racista un tipo como yo?

No, no soy racista, pero no llego hasta ahí simplemente abriendo una puertita de bondad absoluta que hay en mi corazón de oro. Me cuesta trabajo. Me lo tengo que currar. Dentro mío hay un animal egoísta que le muestra los dientes a cualquiera que se acerque a mi madriguera. Hay un tipo bruto, básico y elemental que desprecia los olores, sabores, sonidos y costumbres de los de un poco más allá.
También albergo un hombre culto y generoso que sabe que las corrientes migratorias son consustanciales a la historia de la humanidad, que disfruta con la diversidad cultural del mundo y que prefiere los reportajes de MAN de mulatas a los de escandinavas.
Estos personajes opuestos están en lucha continua. Es una batalla entre el pasado y el futuro, entre el animal y el hombre, entre el odio y el amor. También es una lucha entre un sentimiento muy simple y muy antiguo y una idea compleja y moderna. Es una película en la que ganan los buenos, pero ese triunfo no es un paseo. Si finalmente no soy racista es porque pienso, porque creo que no está bien serlo. Y porque no bajo la guardia: tengo que mantener la vigilancia de mis conductas para evitar deslizarme hacia la abyección.

No puedo evitar que se cruce por mi mente la sospecha de que los del colmado paquistaní de la esquina podrían estar recaudando fondos para Al Qaeda. Pero me relajo, les compro, converso, sonrío y apuesto por todo lo contrario. Sé que los terroristas islámicos son una minoría exigua. Y que los del colmado han venido a Barcelona buscando una vida mejor: son iguales que yo.

Por una hormona

Monday, November 24th, 2008

Mi viejo es un superdotado sexual, un machote del copón. El hombre no lo ha explotado como Nacho Vidal, no: ha hecho su vida, como aquel que dice. Ingeniería, baloncesto, militancia, amantes a punta pala. No enarboló su don como una bandera. Pero eso marca, claro.
Yo le dí mucho motivo de preocupación. A los 14 pegaba fotos de tíos (Jagger, Richards, Lennon, Mc Cartney) en las carpetas escolares y en las paredes del cuarto. Despreciaba el deporte.
La cosa empeoró cuando me dejé el pelo largo y me puse camisas floreadas y collarcitos de cuentas. Era una época en la que se cuestionaban los valores tradicionales, incluyendo la sexualidad “normal”, consabida. Fumábamos marihuana, hacíamos camas redondas, buscábamos elevarnos a través de la promiscuidad y el arroz integral. Y lo conseguíamos.
Yo mismo dudé. Mick Jagger, mi ídolo number one, parecía bastante mariconcete, para qué negarlo. Se decía que John Lennon había tenido sus más y sus menos con Brian Epstein y que los hermanos Ray y Dave Davies se morreaban abiertamente. Conseguí abrirme paso hasta el elenco de Hair, la comedia musical que ensalzaba los valores del hippismo. Mi personaje, Woof, tenía una escena de amor con un poster de Mick Jagger.
Influenciado por la filosofía imperante en esos ambientes contraculturales me planteé seriamente lo de la bisexualidad. Pero no hubo caso, no podía ser tan moderno y rompedor como David Bowie, por ejemplo. Tampoco estuve muy lejos de alcanzar esas envidiables amplitudes de rol, porque soy todo lo femenino que puede ser un heterosexual. Una hormona más y lo conseguía, pero tuve que resignarme a la monotonía de mujeres, mujeres y más mujeres.
Superada la fase dubitativa, me entregué de lleno a disfrutar del amor libre, el kundalini, el tantra y el kama sutra. Los músicos de rock que tanto admiraba quizá coquetearan con la bisexualidad, pero básicamente se los veía acosados por millones de tías que estaban locas por ellos. ¿Podía imaginarse algo más genial?
La música me gusta, pero a veces me pregunto en qué medida me dediqué a ella por motivos verdaderamente artísticos: lograr que me quisieran –miles de fans entregadas- fue el otro gran factor de peso.
En realidad no importa. Ambas cosas son estupendas.
Pero no pude contentar a mi padre. Que no fuera maricón fue un alivio, pero jamás pudo comprender por qué si quería ser músico no iba al Conservatorio.

Síndrome

Monday, November 24th, 2008

El síndrome post-vacacional: ¡vaya tontería! A ver si llamamos a las cosas por su nombre.
Si se acabó la fiesta, se acabó y ya está. No hay que darle más vueltas ni complicar las cosas sencillas poniéndoles títulos pretenciosos. Vamos a ver: hace años tenía una novia que vivía en el extrarradio. La iba a visitar y pegábamos unos revolcones de campeonato. El viaje en bus de 45’ era la parte mala. Pero no por eso iba a ir al sicólogo para decirle “doctor, doctor, que en el bus sufro el síndrome post-coital…¡cúreme, por favor!”.
La gente está agilipollada perdida, nen. Ya te digo.
Bueno, pues…..estuvimos en Canadá y la mar de bien, ninguna queja. Gran país.
Un día, en un parque natural de tres pares de cojones, nos topamos con un chaval que estaba tocando la guitarra y cantando, él solito. En medio del bosque, como aquel que dice. Nos acercamos, lo dejamos acabar el tema –onda neo folk- y le pedí que me prestara la guitarra. El chaval me la pasó y le regalé una canción. A él, a Maite (mi mujer) y a los pajaritos, las ardillas, los ciervos y las comadrejas. A las mariposas, las hormigas, los árboles y las flores. Le regalé esa canción al mundo entero y lo hice por placer, porque me gusta dar mi arte sin pedir nada a cambio. El chaval era neo folk, pero yo soy un viejo hippie con un ramalazo flower power que te cagas. ¡Cómo fluia el amor de mi corazón, cachis en la mar! Aquello eran borbotones y borbotones.
Vale. Ya en Barcelona, un poco mosqueadillo por el fin de las vacaciones, me encontré con un pavo que es experto en música electrónica, internet y la madre que lo parió. Le conté que estaba acabando un nuevo álbum y que todavía no tenía compañía. Me dijo “lo primero que tienes que hacer es registrar las canciones”. Sí, y una polla como una olla. Si alguien me roba mis canciones, lo mato. Le clavo un bolígrafo Bic en la yugular, de frente march. Que quede aquí asentado como advertencia para el público en general.
¿Quién me va a querer robar a mí una canción? No lo veo probable, pero por las dudas el que avisa no es traidor. Por las buenas, flower power. Si me robas mi tesoro más valioso me sale el indio y me pongo más punk que Sid Vicious, que conste.
Los Arctic Monkeys y Lily Allen triunfaron regalando canciones en My Space: chachi piruli, nen. Ellos quisieron regalar y regalaron. Luego vendieron un millón de discos y tropecientas galas. Pero ve a robarle la guitarra a un Mono del Ártico. Dejará su helado de banana sobre un témpano y te la romperá en la cabeza: bien empleado, te lo habrías ganado por ladrón.
Moraleja: si quiero regalar, regalo. Si quiero alquilar, alquilo. Si quiero vender, vendo. Pero lo decido YO, porque las canciones son MÍAS. Llamemos a las cosas por su nombre.

Ganando amigos

Monday, November 24th, 2008

Soy el tipo más simpático del mundo. También el más antipático. La naturaleza de la realidad es dual -ya lo sabes- y los extremos se tocan.

En principio soy encantador. Me levanto por las mañanas lleno de optimismo y amor por la vida, dispuesto a darle preferencia al lado positivo de las cosas. Y con ese magnífico espíritu de paz y amor salgo a la calle, enarbolando una sonrisa solo superada en tamaño por mis buenas intenciones. La gente es guapa, talentosa y civilizada. Las guerras, el hambre, la injusticia y la contaminación parecen datos lejanos, obstáculos que pueden superarse en un plazo razonable si todos juntos luchamos por un mundo mejor.
Oigo campanas celestiales. ¡Ding-dong! ¡Ding-dong! ¡Aleluya, aleluya!
Más que caminar bailo hasta el kiosko y la panadería. Derrocho un humor luminoso y gasto un mogollón de bromas con la gente del barrio, hago reír a las chicas de la tintorería, paso revista a las cajeras del supemercado. Soy el que hago la compra. Mi mujer trabaja ocho horas por día, de lunes a viernes, mientras un servidor está por casa componiendo canciones, escribiendo artículos y meditando sobre la condición humana.
Por eso me toca mantener a raya a las coladas. No me refiero a hacer la colada, que también es responsabilidad mía. No: las señoras que intentan colarse en el super. Desinflo sus pretensiones pinchándolas con mis más afilados dardos. Repentinamente he pasado a ser el hombre más antipático del mundo. Hay cierta solidaridad entre las demás señoras de la fila. No es que ellas aprueben el colarse, pero desaprueban los cáusticos, descarnados y corrosivos sarcasmos que dirijo a la culpable. El aire se tensa y percibo cómo se llena con los efluvios del desprecio.

Mientras escribo el Papa está en Valencia, consolando a las víctimas del metro. Me pregunto por qué Dios no impidió el accidente, las masacres entre chiitas y suníes, Darfur, todo el dolor gratuito. ¿Por qué Dios no impide a Zaplana y Acebes? Y me contesto: porque no existe. Si un buen día se apareciese debería contestar un par de preguntas. Pero ahí está la masa, adorando a uno de sus presuntos representantes en la Tierra. Si las coladas me irritan, imaginad ésto.

No solo la religión organizada me pone de los nervios. La parafernalia futbolera, la parrilla televisiva, los discos más vendidos, el mal uso –debería decir desuso- de los contenedores de reciclado, casi todo lo que hacen mis congéneres.

Y así voy pasando de un extremo a otro, girando como una peonza, atrapado por un remolino gigante en el mar del desconcierto.

Selektoff

Monday, November 24th, 2008

Si el jacuzzi de tu yate es suficientemente grande y has invitado a un contingente de top models a pasear por el Caribe es probable que la cosa acabe en orgía. La primera vez flipé por un tubo. Las siguientes también: era como tocar el cielo con las manos. Después de unas cuarenta orgías con top models me empecé a acostumbrar, se convirtió en una especie de rutina. Al cabo de un tiempo me deprimí. ¡Salí del jacuzzi deprimido! En ese momento recordé las sabias y premonitorias palabras de Oscar Wilde: “ten cuidado con lo que sueñas porque lo puedes conseguir”. ¡Qué cabrón el tío!
Claro: alcanzar la cumbre es como muy chachi, pero eso te enfrenta al vacío: bien…¡y ahora qué? Puede ser terriblemente angustioso quedarse sin metas, sin nada por lo que luchar. Sin embargo, nuestra naturaleza nos impulsa a seguir y seguir.
Siempre quise tener una columna en Efe Eme, poder hablar de lo que me venga en gana. Pues bien: lo conseguí. Aunque ya no esté mi foto allí arriba esta columnita es otro sueño cumplido.
Como no escarmiento, sigo acariciando ideas en principio inalcanzables, objetivos tan dorados como lejanos. Aprovechando este foro voy a lanzar una propuesta a los cuatro vientos. Me ofrezco a discográficas y grandes empresas (Starbucks, Benetton, Private…) para realizar selecciones musicales. Se trataría de una serie de álbumes temáticos para regalar o vender a la distinguida clientela. ¿Qué tendrían mis selecciones de especial? ¿Necesita el mundo más recopilaciones de esto o aquello?
Sí, amigos, mil y una veces sí.
Cada canción es, además de otro montón de cosas, la posibilidad de un estado de ánimo. Una sucesión de piezas musicales puede excitar, alegrar, adormilar, inquietar, entristecer, etc. Mis selecciones musicales serían………optimistas. Podría hacer yá mismo unas cuantas de Joyas Desconocidas de los Sesenta. No habría ni un solo tema de los que siempre figuran en estas recopilaciones, como “Tambourine Man” de los Byrds, “The letter” de Box Tops o “Baby, now that I’ve found you” de Foundations. En cambio estarían Chris Montez, Classics IV y Hullaballoos.
Otra especialidad de la casa serían los recopilados de country primitivo, incluyendo fantásticas piezas de Carter Family, Hank Snow y Flatt and Scruggs.
La selección de jazz vocal, nuevamente, se alejaría de las canciones típicas y tópicas. Alegraríamos a los oyentes con inclusiones de Johnny Mercer, John Pizzarelli y Georgie Fame.
Las mejores serían las no temáticas, o sea las que irían saltando de estilo en estilo al capricho del señor selector: de Cal Tjader a Leny Andrade, de Lovin’ Spoonful a Big Sandy and the Flyte Rite Boys, de Tim O’Brien a Charles Wright and the Watts 103rd Street Rythm Band.
¿No conocéis a Charles Wright and the Watts 103rd Street Rythm Band?
Es evidente que necesitáis los servicios de un seleccionador musical.

El declive de la canción

Monday, November 24th, 2008

Cuando Penélope Cruz tenía 15 años la entrevisté para la revista MAN. Creo que fue la primera entrevista de su vida. Me contó que sus padres le habían puesto Penélope por la canción de Serrat. Hoy eso sería muy raro. Las canciones ya no significan tanto para la gente. Pero vamos por partes.
Hay una crisis enorme en la industria discográfica, debida sobre todo a lo fácil que resulta robar canciones. ¿Para qué pagar si las puedes robar y la policía no te va a perseguir? ¡Todos los músicos son millonarios, no pasa nada!
Se habla mucho de la piratería –con razón, porque es el problema más grave- pero poco del declive de la canción. Creo que hay por lo menos tres motivos que apuntar: 1) ya no se hacen canciones tan buenas; 2) hay demasiadas canciones y 3) el negocio mató al arte.
Lo primero es difícil de demostrar, ya que es una cuestión de gusto, subjetiva. Lo segundo sí se puede argumentar. Mi teoría es que la canción está muriendo de éxito. En efecto, nunca una forma de arte había proliferado de un modo tan omnipresente, universal y masivo. Una canción ya no es una joya única, algo especial, un evento en la vida de alguien. Escuchamos demasiadas todo el tiempo. Hasta la cosa más preciosa pierde valor cuando se repite hasta el paroxismo. Ya lo dije hace dos meses cuando expliqué que al cabo de unas cuantas docenas de orgías con top models en el jaccuzzi de mi yate la cosa perdió su gracia y me deprimí.
Demasiadas canciones durante demasiados años: el éter está saturado ¿Cuántos millones de canciones puede escuchar una persona antes de deslizarse hacia el hastío y la indiferencia?
El tercer punto es que las canciones populares se han convertido en un negocio fabuloso. Hay tanto dinero para ganar que el cotarro ha sido copado –igual que sucedió con el cine- por los peores tiburones del mar de la codicia. En la época de Sinatra, Elvis y los Beatles los fines de lucro convivían con cierta dosis de amor por la música. Actualmente solo importa la pasta. Si algún artista de calidad encuentra eco es más bien por casualidad. Los que mueven los hilos solo apuestan por los productos más bastardos.
En mi gimnasio hay un hilo musical. Puede sonar desde Mariah Carey hasta Jorge Drexler. Hay un ruido constante de máquinas y además el aire acondicionado atrona como un jet, por lo que resulta imposible disfrutar de la música como tal. Cada día le pido a los monitores que la quiten, ya que en esas condiciones no es más que contaminación acústica. Nadie más, nunca, pide que la suban ni que la bajen. Nadie nota si está o no está. Soy el único que presta atención al tema.
Todo lo que antecede se puede resumir en cinco palabras que servirán de broche de oro: opá, yo viacé un corrá.

El poder de las palabras

Monday, November 24th, 2008

Buenos Aires, 1969. El sello independiente Mandioca se presenta ante el mundo con un concierto en el Teatro Apolo, en la Avenida Corrientes. Los tres primeros fichajes comparten cartel: Cristina Plate, Manal y Los Abuelos de la Nada. Estos últimos están encabezados por el mítico Miguel Abuelo, cuentan con el no menos legendario Pappo a la guitarra, el renombrado Pomo a la batería y un tal Mayoneso en los teclados. Creo que Alberto Lara estaba a cargo del bajo.
Yo ya tenía mi inclinación literaria. Que un teclista que respondía por Mayoneso tocara con Los Abuelos de la Nada me pareció un hecho remarcable. Hasta entonces mis músicos de rock favoritos se llamaban Ray, John, Keith, Bob……Mayoneso era una agradable apertura hacia las sonoridades locales. Lo consideré un hecho auspicioso y me quedé con la copla.
La vida siguió su curso, me hice super fan de Manal, escribí sobre ellos en la revista Cronopios y su guitarrista Claudio Gabis me enseñó la vuelta de blues de doce compases en el bar Politeama de aquella misma avenida.
Monté un grupo de rock con mi hermano Eduardo: Los Hermanos Makaroff. Años después nos separamos y ese mismo día –en la puerta de un concierto suspendido- conocí a un chaval muy espabilado. Decidí venir a España: aquí empezaban a triunfar mis amigos de Tequila. Pusimos en venta los equipos que compartíamos. Aquel chaval nos compró un ampli Vox modelo Beatle. Lo probó con su teclado y pensé “¡qué bien toca este pibe!”.
Unas semanas más tarde, cuando ultimaba los preparativos para el gran salto, me llamó Beto Satragni, el genial bajista y cantante uruguayo. Me preguntó si conocía algún teclista. Recordé al chaval del Vox y le pasé el teléfono.
En Ibiza coincidí con Miguel Abuelo. Cantamos en la calle junto con Miguel Cantilo, otro músico argentino entregado a la bohemia balear. Después volví a ver a Miguel Abuelo en Barcelona. Yo vivía bastante pobremente con otros dos argentinos, pero él era más pobre todavía y a veces venía a casa a comer algo. ¡Qué dura la vida del artista!
Miguel volvió a Buenos Aires y refundó Los Abuelos de la Nada. Exitazo. Me llegó el cassette de “Vasos y besos”. Me gustó; sobre todo el tema “Mil horas”. Desde siempre he estado muy interesado en quién compone las canciones. Aquel cassette era tan cutre que no tenía créditos.
Pasó el tiempo y un día sonó el portero eléctrico. “Somos Andy y Andrés, tu hermano nos dio tu dirección”. Intrigado, les abrí. Eran Andy Cherniavsky y Andrés Calamaro, paseando por Europa. Hechas las aclaraciones pertinentes pasamos el día juntos, fuimos a Sitges…..y me enteré de que aquella recomendación a Beto Satragni había prosperado: condujo al chaval espabilado al grupo Raíces, de donde pasó a Los Abuelos de la Nada. ¡Y era el compositor y cantante de “Mil horas”!
Primero Mayoneso, luego Calamaro. Un paralelismo asombroso, si uno es de los que se rinden al influjo de las palabras.

Hank

Monday, November 24th, 2008

Si te llamas Hank eres vaquero de rodeo o cantante country. Si fueras un artista plástico de vanguardia neoyorquino te llamarías Herbie, August o P2, pero nunca Hank.
El Hank número uno de la mitología cowboy es Hank Williams, figura trágica y señera de la música de raíces norteamericana. Muchacho frágil, quebradizo y longilíneo, su espina bífida lo atormentó durante toda su corta existencia. Bebía cual cosaco, se presentaba tambaleante a cumplir con sus compromisos artísticos y su vida amorosa hacía juego con su salud.
Es sin duda la principal figura de la música country. Compuso “Jambalaya” y otro montón de clásicos del género. Hace cinco años se grabó un homenaje a su repertorio. Participaron –como para constatar la importancia que le dan los del gremio- Bob Dylan, Johnny Cash, Keith Richards, Mark Knopfler, Tom Petty, Sheryl Crow y Beck, entre otros.
Te habrás dado cuenta de que el country, sobre todo su variante más primitiva, está de máxima actualidad. Se nota en los últimos discos de Bruce Springsteen y Van Morrison y en los contenidos de esta columna mensual, verdadero termómetro de lo que se cuece en el panorama de la música popular…
Entonces vas y te compras un Grandes Éxitos de Hank Williams, como hice yo hace ya tiempo. Preferentemente del sello Proper: bueno, bonito y barato.
En mi caso el segundo Hank, de apellido Snow, me llamó la atención por su sombrero vaquero y su nombre de pila. Otro grande del género. Con su dosis de drama vital: su padrastro lo maltrataba, huyó de casa (¡a los doce años!) y se enroló en un barco pesquero. La típica peripecia angustiosa de vivir pero que queda ultra chachi en tu biografía. Compró su primera guitarra por correo: le costó 5,95 U$S. Tuvo una larga y fructífera trayectoria. Otro disco que vale la pena comprar. Insiste con Proper: 28 canciones por 7 euros, céntimo arriba o abajo. Un chollo.
No hay dos sin tres: descubrí a Hank Thompson hurgando en la sección country de alguna buena disquería. Proper y a la bolsa.
Espero que sepas quién es Leon Russell. Si no, lo buscas en Google. Un grande de la música americana. Evidentemente tengo todos sus discos. Para avalar mi teoría, el bueno de Leon se hace llamar Hank Wilson cuando le da por grabar álbumes de country. Sorry, no están en Proper, te costarán una pasta. ¿Pero en qué la vas a gastar si no?
Atento a los Merles. Si te llamas Merle no puedes ser un peluquero de Los Angeles. Tienes que ser vaquero de rodeo o cantante country.